Seguridad
Por
Grupo Zócalo
Publicado el miércoles, 15 de octubre del 2025 a las 13:35
Veracruz.— Diana Jael tenía 20 años y un propósito claro: estudiar Psicología y ayudar a los demás. Para cumplirlo, dejó su natal Tamiahua y se mudó a Poza Rica, donde sus padres le consiguieron una pensión a solo cuatro cuadras de la universidad. Aquella casa, pintada de verde turquesa, parecía el lugar ideal para comenzar una nueva etapa. Pero la madrugada del viernes 10 de octubre, se convirtió en escenario de una tragedia.
Las intensas lluvias provocaron el desbordamiento del río Cazones, inundando varias colonias, entre ellas la Morelos, donde vivía la joven. El agua subió con fuerza y atrapó a Diana dentro de su habitación. Cuando los vecinos acudieron para auxiliarla, la encontraron sin vida. La puerta estaba cerrada con llave, y eso impidió que pudiera escapar. Forzaron la chapa, pero ya era demasiado tarde.
El cuarto quedó cubierto de lodo. En las cortinas, dicen, aún se notan las marcas de los dedos intentando abrir la ventana. El silencio en esa habitación pesa como el agua que la anegó.
Diana no murió sola. Su novio, Carlos Eduardo, también originario de Tamiahua y estudiante de Mecatrónica en el Tecnológico de Poza Rica, perdió la vida esa misma madrugada. Según vecinos, salió de su propia pensión para intentar rescatarla, pero la corriente lo arrastró antes de llegar. Ambos fueron hallados sin vida en la misma colonia, convertida en zona de desastre.
Compañeros de la Universidad Veracruzana (UV) organizaron un pase de lista simbólico frente a la facultad para identificar a los estudiantes desaparecidos. Algunos siguen sin aparecer.

Varios alumnos denunciaron que la universidad canceló clases demasiado tarde, cuando la ciudad ya estaba inundada y era imposible evacuar. “La terminal de autobuses estaba colapsada, nadie podía salir”, contó una estudiante.
Un amigo de Diana recordó, entre lágrimas, que habló con ella la noche anterior a la tragedia. “Le pregunté si iba a regresar a Tamiahua, pero me dijo que se quedaría. Nunca pensé que sería la última vez que hablábamos”.
Diana era conocida por su dulzura y su disposición para escuchar. “Era buena amiga, buena persona. Siempre sonreía”, dicen quienes la conocieron. En su habitación quedaron sus cosas: un escritorio, un ventilador y una chancla con forma de vaquita. Tal vez era suya, tal vez la arrastró la corriente. De cualquier forma, duele verla ahí.
Frente a la Facultad de Ciencias de la Salud, compañeros colocaron veladoras en su memoria. Ahí la recordarán siempre: en las clases que ya no podrá tomar, en las conversaciones que quedaron pendientes, y en la promesa de que tragedias como esta no deberían repetirse.
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