He releído con mucho placer la Carta Encíclica del Papa Francisco de feliz memoria, publicada el 24 de octubre del 2024, que nos habla sobre el amor humano y divino del corazón de Jesús, que nos recuerda la urgencia de rescatar el centro de la persona, volver a recuperar el corazón, como lo más íntimo, lo más sagrado, el núcleo más importante y operativo, decididor de nuestra vida.
Es uno de los documentos magisteriales más espirituales que he leído en mucho tiempo y que nos habla de una manera sencilla, profunda y bella del corazón de Jesús. Lo que más llamó mi atención son los números 151-163, que hablan del consuelo y compasión que damos a Jesucristo, para poder recibir la compasión y el mismo consuelo de Dios.
Y se refiere a esas imágenes que abundan en nuestras tradicionales iglesias de México, en tantos pueblos especialmente del Bajío, centro y sur del país, donde vemos a los cristos dolientes, llenos de sangre en su cuerpo, su cabeza con el pelo maltratado, seco y sucio, su frente taladrada por las espinas; y con los rictus de dolor, reflejado en su rostro de madera o de yeso. Su figura siempre encorvada y marcada con penetrantes heridas en pies, manos, piernas y costado. Que manifiesta la entrega absoluta y total por nosotros que implicó un intenso y enorme sufrimiento. Todo ello lleva al creyente a conmoverse y compadecerse por el Cristo crucificado, ante quien se postran, expresándole íntimamente su cariño y su amor, y a querer permanecer en los templos interminables horas con él, no importa que sea de día o de noche, o acompañarlo en inagotables procesiones, ofreciéndole sus lágrimas, que sienten y expresan su profundo dolor.
Estas formas de devoción, propias de nuestro pueblo sencillo, expresan mucha más sabiduría, amor y verdad, que las formas frías, distantes y conceptuales de los que creemos tener una fe más reflexiva, racional y madura, y que traducimos en mínimos actos de amor.
Pero sólo expresando esta compasión por el Señor, es que misteriosa y místicamente, nosotros mismos experimentamos, su consuelo y su compasión.
Hay un entendimiento en el creyente, de que si Jesús padeció por nosotros y su gracia y perdón nos alcanza, también nuestra compasión y consuelo, de alguna manera llegarán hasta él. Porque si nuestros pecados de hoy contribuyeron a su muerte, también nuestro arrepentimiento y compasión de hoy podrán mitigar un poco su dolor.
En esta compasión ofrecida al Corazón de Cristo, entregado hasta el extremo por nosotros, nosotros mismos somos consolados. El dolor que sentimos en el corazón abre paso a la confianza plena y, lo que queda en nuestra alma es gratitud, ternura y paz; queda su amor reinando en nuestra vida.
De esta forma, nuestro dolor se une al dolor de Cristo en la cruz, pues como dice el apóstol San Pablo, cuando soportó padecimientos por los demás, “completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1,24). Por lo que deseando consolarle, salimos consolados.
La riqueza final de este texto a guardar en el corazón y a aplicarlo en nuestra vida es: “Pero, si Dios nos consuela, es para que nosotros podamos ofrecer a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios”.
Así sea…
Más sobre esta sección Más en Opinión