“Eso te sacas”, te decían los grandes y los amigos metiches, cuando algo no salía bien y pretendías culpar a los demás o al destino, pero muy en tu interior, te calaba saber que tenían razón.
A México lo único que le ha sobrado son discursos, y nos han sobrado en todo gobierno populista.
En los peores momentos históricos de México, empezando con Santa Ana, gran ladrón destructivo, quien propició que primero nos quitaran el territorio de Tejas, hoy Texas, ese evento fue una muestra de lo que seguía en la historia bélica de México: un ejército insuficiente, mal preparado y dirigido. “Heroicamente”, el presidente Santa Ana dirige un ejército a pie, y algunos a caballo, 1300 kilómetros, saqueando pueblos para alimentarlos; llegando a San Antonio, hace una masacre de lugareños, se retiran y festejan con una borrachera; unos mercenarios gringos los sorprenden borrachos y dormidos, capturan al presidente y lo hacen entregar el territorio a los lugareños.
El gobierno mexicano persiste sin mejorar su ejército; era más interesante comprar armamento dado de baja en Europa que no fuera compatible con los otros armamentos mexicanos, y persiste el hábito de robarse el dinero entregado para los haberes de la tropa, y nunca pagar el adeudo: malos salarios, pobre capacitación. Sabiendo eso, el gobierno de Estados Unidos, inventando una agresión, declara la guerra al gobierno de México; después de muchos discursos y poca resistencia, invade México, gobierna nueve veces al país. En esos días, un grupo de notables chilangos hace un banquete en el que ruega al regente, el general Winfield Scott, que se quede como presidente de México; este declina, él quería ser presidente de Estados Unidos.
Pocos años después, en una de las múltiples guerras entre masones, se hacen las guerras de Reforma, entre liberales y conservadores; el adeudo a las naciones europeas del gobierno mexicano revienta, y esas naciones deciden intervenir en suelo mexicano para cobro de la deuda. Todo eso se aprovechó para ofrecer al hermano del emperador austriaco el ser emperador de México; eso fue bien visto por muchos mexicanos, considerando que los poco más de 40 años de república solo malos momentos se habían experimentado, a diferencia de la calma del virreinato.
Las dos batallas memorables de esa época fueron cerca de Puebla: la del cinco de mayo de 1862, ampliamente mencionada y festejada, y la del 2 de abril de 1867, en la que el coronel Porfirio Díaz, héroe de las dos batallas, derrotó finalmente al ejército francés.
Todas esas guerras pudieron haber sido evitadas si se hubieran tenido gobiernos enfocados a la producción, al trabajo, pero siempre esos gobernantes derrocharon discursos, manteniendo engañado al pueblo, creyendo que nuestro ejército tenía con qué hacer frente a “cualquier extraño enemigo” y, si se hubiera deseado, cuando menos, debieron haber actuado para poderlo hacer.
Con un ejército mal preparado, mal equipado y mal pagado, solo ridículos se hicieron.
“Las armas nacionales se han cubierto de gloria”.
“Si hubiera parque, no estaría usted aquí”.
Emocionan al lector esas frases, pero son solo un bálsamo para una humillante derrota y el precio que conlleva.
“La soberanía nacional no se negocia”; esa frase solo a un idiota puede emocionar, considerando que la mayoría de los gobernantes, incluyendo la presidente, tienen reservaciones en cárceles de Estados Unidos por delitos relacionados con estupefacientes, saqueo de recursos nacionales, desaparición de personas; que saquearon las arcas nacionales y han dejado solos a enfermos y productores agrícolas, y un enorme etcétera.
La moraleja es: si te dedicaras a cumplir con tu obligación de gobernar, y tu aspiración fuera la suma de tus salarios y prestaciones legales, y no sucumbieras a la tentación del dinero del erario y el dinero del tráfico de drogas, no tendrías por qué negociar la soberanía del país que mal gobiernas, porque bien gobernado, probablemente, habría recursos para que pudieran nuestras fuerzas armadas defendernos.
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