Coahuila
Hace 1 mes
Durante muchos años hemos acostumbrado a medir el éxito de un estudiante por un número. Un nueve, un diez o, en ocasiones, una calificación reprobatoria parecen resumir meses de esfuerzo, dedicación y aprendizaje. Sin embargo, quienes hemos dedicado nuestra vida a la educación, sabemos que una boleta nunca contará la historia completa de un alumno.
Las calificaciones son importantes.
Permiten evaluar conocimientos, identificar áreas de oportunidad y dar seguimiento al proceso de aprendizaje. Pero cuando se convierten en el único objetivo, corremos el riesgo de olvidar el verdadero sentido de educar.
La educación tiene un propósito mucho más profundo.
Después de más de 26 años trabajando con adolescentes, he visto alumnos con promedios sobresalientes que enfrentan dificultades para trabajar en equipo, resolver conflictos o tomar decisiones responsables. También he conocido jóvenes con calificaciones promedio, que destacan por su liderazgo, creatividad, honestidad y capacidad para superar la adversidad.
Eso me ha llevado a una convicción que comparto con frecuencia: formar personas siempre será más importante que formar expedientes académicos.
Vivimos en una sociedad donde el éxito suele medirse por resultados inmediatos. Desde pequeños, muchos estudiantes sienten que su valor depende de una cifra escrita en una hoja de papel. Celebran cuando obtienen un diez y se desaniman profundamente cuando el resultado no es el esperado.
Pero una calificación no define a una persona.
No mide la empatía, la perseverancia, la responsabilidad, la solidaridad ni la capacidad para levantarse después de un fracaso. Tampoco refleja el esfuerzo que algunos estudiantes realizan para llegar todos los días a la escuela enfrentando circunstancias que pocos conocen.
Por eso debemos enseñar a nuestros jóvenes que aprender vale más que aprobar.
Cuando un estudiante estudia únicamente para obtener una buena nota, el conocimiento suele desaparecer poco tiempo después del examen. En cambio, cuando aprende por curiosidad, por interés o porque comprende la utilidad de lo que está estudiando, ese aprendizaje permanece y se convierte en una herramienta para toda la vida.
Como director de una Escuela de Bachilleres, he tenido la oportunidad de ver egresar a miles de estudiantes. Con el paso de los años, muy pocos recuerdan el promedio con el que concluyeron el bachillerato.
Lo que sí recuerdan son los maestros que creyeron en ellos, las amistades que construyeron, los valores que aprendieron y las experiencias que marcaron su forma de ver el mundo.
Eso también es educación.
Las escuelas tenemos la responsabilidad de preparar a los estudiantes para enfrentar un examen, pero, sobre todo, debemos prepararlos para enfrentar la vida.
Necesitamos formar jóvenes capaces de pensar con autonomía, de actuar con ética, de trabajar en equipo, de respetar las diferencias y de asumir con responsabilidad las consecuencias de sus decisiones. Esas competencias difícilmente pueden medirse con una calificación, pero son las que determinarán su futuro personal y profesional.
Las familias también juegan un papel fundamental.
Celebrar el esfuerzo antes que el resultado envía un mensaje muy poderoso. Cuando un hijo comprende que sus padres valoran su dedicación, incluso cuando no obtiene la nota esperada, desarrolla una autoestima más sólida y aprende que equivocarse también forma parte del crecimiento.
Educar con propósito significa mirar más allá del siguiente examen.
Significa preguntarnos qué tipo de ciudadanos queremos formar y qué huella deseamos dejar en quienes pasan por nuestras aulas.
Después de tantos años en la educación, sigo creyendo que las mejores escuelas no son aquellas que solo presumen altos promedios.
Son las que logran que sus estudiantes salgan preparados para vivir con honestidad, servir a los demás y enfrentar los desafíos con carácter, sensibilidad y esperanza.
Porque al final de la vida, nadie será recordado por la calificación que obtuvo en un examen.
Será recordado por la persona en la que decidió convertirse.
Y ese, estoy convencido, es el verdadero propósito de la educación.
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