No mucho tiempo atrás, las familias de abolengo revolucionario tenían cuidado de no inscribir a sus hijos en colegios privados, al menos en los niveles básico y medio; al principio, era como una declaración en contra de la educación religiosa que se impartía en la mayoría de esas instituciones.
Existían determinadas escuelas en las que todo estaba bien, la calidad de maestros, materiales, instalaciones, etc. Muchos famosos políticos de la época incluían en su currículo la primaria en la escuela, por ejemplo, Benito Juárez en Las Lomas, México, Distrito Federal, o en Saltillo, “Escuela Anexa a la Normal”; para los niños era sorprendente ser compañeros de un hijo del rico del pueblo.
Al primer presidente que se publicó que había recibido dicha educación básica en escuela privada fue Miguel de la Madrid, que estudió en un colegio lasallista (aunque las malas lenguas afirman que Echeverría y López Portillo fueron alumnos de un colegio marista).
Con eso, realizaban la prueba popular del mandatario que consume lo que producen sus instituciones.
En esa época no era enorme la diferencia en el aprendizaje entre escuelas públicas y privadas; ahora, desgraciadamente, la diferencia es enorme.
Hace pocos años, se publicó que un ventripotente hijo de AMLO ostentaba un título de licenciado en Derecho expedido por la Universidad de las Américas; los medios no se atrevieron a comprobar si el sujeto realmente asistió a clase, y menos se atrevieron a comprobar si existían registros académicos.
Veremos a muchos hijos de políticos de esta era, aprobados por miedo o conveniencia, por colegios e instituciones privadas de alta exigencia (pero no siempre), algo que, aunque no lo quieran aceptar, abarata la enseñanza impartida de dichos negocios.
En mi época, los hijos de políticos sí eran expulsados por burros en las universidades privadas.
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