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Coahuila

El agua, signo de vida de la humanidad

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Cuando los españoles y portugueses llegaron al valle del Saltillo, además de la pequeña cascada que se formaba entre El Ojito de Agua y el arroyo La Tórtola, había 624 manantiales bien distribuidos en la parte alta del valle, que convertían a este solar en un buen campo para el cultivo.

Era nuestra región rico espacio de hortalizas, frutales y granos alimenticios, como el trigo, el maíz y el frijol. Imaginemos aquel hermoso valle con sus manantiales y arroyos de aguas cantarinas y claras que alegraron a los colonizadores, que decidieron quedarse, y de soldados y conquistadores se convirtieron en labriegos, el oficio de trabajar y cultivar la tierra.

Han transcurrido casi 450 años de aquel primario acontecimiento, que por más de tres siglos se conservó en un hermoso vergel, donde españoles y portugueses, posteriormente los tlaxcaltecas, hicieron “sus residencias” en medio de huertos con olor a membrillos, perones, higos, nogales, granadas, uvas, tejocotes y los otros vegetales que el esfuerzo y la tierra les regalaron para la subsistencia humana.

Los manantiales del Saltillo original y muchos años después fueron vida y bendición para los conquistadores y sus familias y las de los hijos de tata Xicoténcatl, de quienes decían descender los tlaxcaltecas traídos aquí por Francisco de Urdiñola, para dominar a los indios salvajes dueños de estas tierras, que con toda razón defendían, acaparadas por los intrusos europeos.

La abundancia del agua favoreció además a la industria textil traída por los extranjeros que se instalaron principalmente en la zona urbana denominada La Aurora, donde instalaron sus fábricas y donde otorgaron mano de obra de decenas de saltillenses. Varias corrientes de potentes aguas denominadas entre otras La Navarreña, La Arizpeña, servían para mover los molinos de harina de trigo y las fábricas de textiles denominadas La Libertad, La Hiberna, El Labrador y La Arizpeña.

Pero el propio hombre se encargó de acabar con esta bendición. Para 1900 quedaban sólo 13 manantiales. A mediados del siglo 20 estos manantiales se agotaron por el gran número de norias o pozos para riego que se abrieron indiscriminadamente y al arbitrio de señores feudales, o por la decisión de personas que a capricho, en su forma de actuar, no obedecieron los principios dictados por la razón, la lógica y las leyes.

Pronto el valle dejó de ser un bello oasis, para dar paso a la mancha urbana que ahora ha crecido en forma desmesurada y algunas veces desordenada. De aquellos manantiales y arroyos caudalosos sólo queda el recuerdo sepultado por el pavimento.

Para nuestros tatarabuelos y abuelos esos acuíferos les parecían inagotables, pero no fue así, lamentablemente los dejaron agotar, y de aquel florido vergel, el rostro físico del valle es ahora árido e improductivo, con una población que casi rebasa al millón de habitantes, que se sustenta de pocos pozos intensamente sobreexplotados.

La conformación topográfica de nuestra ciudad era propicia para que el agua rodara naturalmente por arroyos y cañadas desde la parte más alta, donde afloraron la mayoría de los acuíferos, origen de aquellos manantiales. La zona se comenzó a poblar, tal como ahora la conocemos tanto en la parte más alta como en el declive, con casas empinadas construidas sobre barrancos que son características del barrio del Ojo de Agua y hacia el sur.

En 1898 comenzó la introducción del primer servicio de agua potable de Saltillo, cuyo cuadro abarcaba al norte la calle Lerdo de Tejada, al sur Ramos Arizpe, al oriente General Cepeda y al poniente Manuel Acuña, obras que concluyeron en 1903. Repentinamente el sistema de agua y drenaje creció exponencialmente, el agua del manantial del Ojo de Agua era insuficiente, el Ayuntamiento adquirió el líquido de la Mesa de Arizpe y de la Hacienda de Buena Vista, ahí donde al principio del Saltillo, eran tierras del fundador y primer alcalde Alberto del Canto y Diez Viera.

En la era moderna se registró una cadena de perforación de pozos por gobiernos sucesivos. Sí es cierto, el líquido se desperdiciaba, y tuvieron que surgir los medidores y Aguas de Saltillo, ¡aguas!

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