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Coahuila

El aire era claro y puro

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 1 año

El Saltillo de no hace muchos ayeres era más agradable que ahora en materia de movimiento vehicular y la lógica contaminación, aunque algunos indicadores señalan que el sureste de Coahuila es moderado, también es para preocuparse, pues no hay una medición exacta de la emisión de las empresas que operan en esta zona. El clima es otro de los trastornos a los que nos afrentamos los saltillenses, pues en pleno noviembre a un paso de la estación invernal, pareciera que estuviéramos en verano.

Hace unos días fui de “paseo” en mi auto por el Centro Histórico (histérico) de la ciudad. El sudor baña mi frente bajo los vidrios de las ventanillas por el calor que genera mi propia máquina y la de los demás que nos movemos pausadamente por Aldama. Habemos choferes muy desesperados, muy nerviosos, sobre todo los taxistas que llevan pasajeros y el accionar del claxon no se hace esperar. Era inútil, los carros no avanzaban. Eso me lleva a platicar con el chofer del auto de al lado, a quien le indico sobre el problema vial de la ciudad y como toda respuesta me dice: Lo que deben hacer, es ampliar algunas calles, agilizar de alguna manera el tráfico, o de plano contratar una empresa para rediseñar el movimiento vehicular de la capital del estado. Le digo: “Va a ser una inversión millonaria y a lo mejor nada resuelva”. Entonces, para que no gaste mucho el Gobierno, “que contrate a estudiantes”.

El semáforo cambió a verde y, cuando quise avanzar, un autobús me ganó el paso. “En vez de aprobar más leyes, primero deberían de meter en cintura a estos ‘chafiretes’”, me dijo el de al lado. Mientras circulaba por la calle Hidalgo, hacia al norte, recuerdo aquella ciudad chiquita, provincianita, la que recorríamos a pie. Seis meses de frio y seis meses de calor moderado. La ciudad la componían unas cuantas cuadras del Ojo de Agua al Ateneo, y ahí terminaba el Saltillo; decir 28 grados de temperatura ya era mucho, ése sí era un clima ideal. Sólo los estudiantes y los obreros mayormente necesitaban los camiones. En mi barrio había tres o cuatro automóviles; era la época de las bicicletas. El aire limpio de ese Saltillo era más claro y puro, que ahora.

A pie íbamos y veníamos a los bailes populares de la Acuña, Zarco de Artesanos, Obreros del Progreso y el patio del deportivo Ojo de Agua, luego a caminar hasta la casa. Las muchachas se quitaban sus zapatos de tacón alto para descansar de la bailada y así nos íbamos, sin que nadie nos molestara. ¡Qué discos ni que nada! Como los de hoy, ¿visitar un antro? menos, pues, en mis tiempos, eso significaba una cantina de mala muerte.

Y esos aromas desprendían las huertas que rodeaban mi ciudad; ¡Qué esperanzas que faltara el agua! Muchos tenían su propia noria.

Nuestras casas, la mayoría de adobe, eran tan amplias que, en la noche, nos daba miedo ir al baño, pues teníamos que cruzar el patio, con peligro que se nos apareciera La Loorona y El Ensabanado. Una buena cobija era todo lo que necesitábamos para aguantar el frío, ya que las paredes mantenían el calor del hogar, y en verano eran muy frescas. Visitar el cañón de San Lorenzo era toda una aventura, pues estaba muy lejos, casi igual que la Narro. Aún recuerdo que nos llevaban la leche a nuestra casa, leche bronca, por cierto, pero muy buena; dejaban las botellas de a litro a un lado de la puerta y ni quién se las robara, pues todos los vecinos nos conocíamos. Ir al mercado a la fruta, eso sí era bonito; regatear al marchante para que le bajara cuando menos unos centavos a su mercancía. La tienda de la esquina era todo lo que uno necesitaba para surtir el mandado de la semana y fiado (a crédito), ni pensar que íbamos a tener como hoy, los grandes supermercados que son unos auténticos pulpos por aquello de los precios, pues no rinde el dinero, como antes que ganábamos mucho menos que ahora. Todavía nos regíamos por la ley de los centavitos.

Una señora o señorita regordeta que dirige el tráfico con el semáforo encendido, “¿Entonces para que los quieren?”, me despierta de mis sueños, de mis recuerdos: “¡Muévase señor!”, grita y con el silbato; quién sabe qué cosas más me quiere decir en forma agresiva.

¡Ya ni siquiera los agentes de tránsito son como los de antes!

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