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Coahuila

¿El antídoto? Es muy sencillo: el amor

Por Irene Spigno

Hace 3 años

Yo no sé si ustedes tienen la misma percepción que yo, o quizás en los últimos tiempos me he sentido más sensible, pero me parece que, a nivel colectivo, existe mucha histeria. Muchas personas en sus comunicaciones – físicas y verbales – deciden (o quizás no tengan otra opción) ser groseras o groseros y, también, hasta ofensivos y discriminatorios. En la gran mayoría de las veces, sin ninguna (por lo menos aparente) explicación.

No quiero decir “justificación” porque nunca se pueden justificar las groserías y las ofensas. Se puede transmitir el mismo contenido, que puede ser perfectamente legítimo (una queja, una dificultad, una diferencia de opiniones, una crítica, un reclamo, etc.), de manera distinta: amable y respetuosamente.

La gran mayoría de las veces, cuando las personas mantienen este tipo de comunicaciones, el problema nunca está en la persona a la que se dirigen. Cuando nos hablan de manera agresiva u ofensiva, nuestra reacción normal es percibirlo como si fuera un ataque personal, pero la verdad es que ese ataque es el reflejo de un problema personal de quien lo profiere y que se puede

desencadenar por muchas razones que muy poco tiene que ver con quien tienen en frente.

La agresividad, la poca tolerancia, las faltas de respeto son todos síntomas de una enfermedad mucho más profunda que se llama: odio. Odiar puede tener múltiples formas y facetas. En sus modalidades más extremas puede llegar a exterminar poblaciones enteras (basta pensar en los discursos de odio que han fundamentado muchas políticas genocidas, como la que llevó al Holocausto).

Pero el odio puede asumir también fórmulas mucho más sutiles como las que circulan en redes, donde “odiadores”, los famosos “haters”, profesionales se esconden detrás de unas pantallas para atacar y ofender sin asumir la responsabilidad de sus palabras. Muchas veces, ni siquiera conocen a la víctima de su odio. Atacan e insultan a las personas solo porque pertenece a un grupo con ciertas características (mujer – y especialmente las mujeres con una cierta proyección pública, integrantes de la comunidad LGBTIQ+, migrante o extranjero, miembro de alguna comunidad religiosa o de una minoría racial o étnica, etc.).

El odio es un veneno muy peligroso que nos afecta, no solo a gran escala (porque sí, otro Holocausto es posible), sino que también en la cotidianidad y en nuestras vidas personales. El odio no es otra cosa que falta de amor. Quien odia no sabe amar. No saber amar o amar de manera disfuncional no es de por sí una culpa. Es algo que nos deriva de las heridas y de los traumas que vivimos y sufrimos desde las primeras etapas de la vida, por algo que hicieron o dejaron de hacer – consciente o inconscientemente – nuestros padres o cuidadores.

No había mucho que podíamos hacer… cuando éramos niñas o niños. Pero, como ya dije la semana pasada: no hay excusas. Una vez que seamos adultos es nuestra responsabilidad hacernos cargos de nuestra vida, lo que implica encargarnos también de sanar nuestras heridas y traumas. Nada puede justificar que nos movamos por el mundo lastimando a los demás. No podemos permitir que las heridas del pasado vayan arruinando nuestro presente y el de las personas a nuestro alrededor.

¿El antídoto al veneno del odio? Es muy sencillo: el amor. Primero que nada, tenemos que cultivar el amor hacia nosotros mismos (cosa que, como ya se dijo en repetidas ocasiones, nadie nos enseñó a hacer). No podemos obligar a los demás a cambiar. Cambiar y ser mejores personas es un trabajo – muy difícil y pesado, por cierto – de cada uno.

Lo que cada uno de nosotros sí puede hacer es trabajar en sí mismo, ser su mejor versión y así tratar de ser un modelo para inspirar a las otras personas, no solamente con las palabras, sino también con los comportamientos. Y solo así, después de haber aprendido a amarnos (que es muy diferente al ser egoístas), podemos amar a los demás y transformar el odio en amor.

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