“La vida es realmente simple, pero insistimos en hacerla complicada”.
Querida persona lectora, ¿te hace algún sentido esta frase? Según Confucio, a quien se atribuye esta famosa máxima, la esencia de la existencia es sencilla. Todo se sostiene en principios básicos, como la moralidad, el respeto, la responsabilidad y el amor, que permite mantener vínculos humanos sanos.
Sin embargo, las personas tendemos a complicarnos la vida mediante acciones, deseos y pensamientos que generan obstáculos innecesarios. Parecemos “casados” con la idea de que todo debe ser difícil; estamos tan acostumbrados a este ruido mental que muchas personas se sienten incómodas ante la tranquilidad y paz.
Se trata de una tendencia humana arraigada, que se guía por un profundo sesgo de negatividad que nos lleva a priorizar lo adverso.
El cerebro necesita encontrar peligros para sobrevivir, como si viviéramos permanentemente en una selva, bajo el riesgo constante de ser atacado por algún depredador.
A menudo, nuestra mente parece programada para enfocarse más en los posibles desenlaces de la información negativa que recibimos, lo que nos lleva a exagerar inconvenientes de importancia trivial.
No pretendo negar que en la vida enfrentamos desafíos reales. Sin embargo, estos representan un porcentaje mínimo de las batallas que agitan nuestra mente.
Al sentir la necesidad de estar en un estado de constante alerta, incluso en ausencia de conflictos graves, terminamos por crearlos, y reinterpretamos desafíos menores como amenazas existenciales.
Algunas personas lo experimentan con mayor intensidad que otras. Quizás esto sea un mecanismo de defensa generado por el miedo o la ansiedad para anticiparnos a posibles amenazas.
Tal vez sea un exceso de análisis, ese famoso “sobrepensamiento”, donde la mente se dedica a dar muchas vueltas a una idea inofensiva hasta convertirla en un conflicto real. O bien, surge de la necesidad de mantener el control sobre la incertidumbre, y así crear escenarios imaginarios y, por lo general, catastróficos.
Esta actitud tiene un costo elevado. Al magnificar lo trivial generamos un estrés innecesario que desvía nuestra energía de las situaciones que sí requieren atención para que podamos progresar.
También es cierto que hay quienes crean problemas donde no existen para luego resolverlos, y con esto obtienen una sensación de logro o validación que no consiguen encontrar en otros espacios.
El peligro es que estos conflictos artificiales suelen convertirse en una “bola de nieve” que termina en una avalancha que arrolla a otras personas y las obliga a invertir tiempo y recursos en resolver crisis ficticias, restando valor a lo verdaderamente importante.
Es cierto que hay contextos muy específicos, un ejemplo es la gestión de riesgos, donde anticipar posibles problemas es de fundamental relevancia para prevenirlos. Pero inclusive en estos casos, el objetivo que nos guía debe de ser la mejora y no la angustia.
Entonces, ¿cómo podemos evitar generar tormentas en un vaso de agua? Considero que debemos aprender a desarrollar la habilidad de evaluar si una cierta situación potencialmente problemática realmente merece nuestra preocupación y tiempo invertido.
En caso de que la respuesta sea negativa, quizás tenemos que aprender a enfocarnos más en el aquí y el ahora, y así evitar que nuestra dedicación, energía y esfuerzo presente se diluya en un agotador “¿Qué pasaría si…?”
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