El mundial de futbol está a punto de comenzar. Como el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos, los ocho años desde que se anunció que seríamos sede mundialista pasaron volando. Ahora la competencia está a la vuelta de la esquina y nos ha sorprendido con los preparativos a medias: el metro en construcción y el monorriel sin terminar, las escuelas sin definir el fin de cursos.
Como en esta columna hablamos de ajedrez, nos enfocaremos en nuestro tema. El pasado octubre, se realizó en Monterrey un nacional abierto en coordinación de la FENAMAC y México Chess Talent. El torneo salió bien, a pesar de varios detalles logísticos como el cambio repentino de sede, la falta de estacionamiento o incluso la mala impresión de las papeletas de anotación. Pero como no hay muchos eventos de tal magnitud en este lado del país podríamos atribuir dichas fallas a la falta de pericia de sus organizadores.
Se volvió a anunciar una segunda edición para abril del 2026 y desde el año pasado comenzaron a publicitarlo y a ofertar preinscripciones con tarifa preferencial. Aquí su inocente pobre amiga, en noviembre tuvo la grandiosa idea de volverse a inscribir por $1,700 y confiar.
¿Qué tiene que ver todo esto con el mundial? Bueno, pues apenas con un par de semanas de antelación, se anunció que el torneo se reprogramaría para otra fecha a futuro. Aunque nunca fueron claros con los motivos del cambio, en chismes de pasillo se comentaba que no se realizaría porque ahora todos los regios debían enfocar sus energías en el futbol y en el próximo arribo de los extranjeros a la fiesta pambolera.
Volví a confiar mi inscripción creyendo que el torneo se realizaría después, pero al paso de los meses un nuevo correo urgía a los inscritos a traspasar su inscripción a otro evento en alguna otra ciudad y encima de ello a pagar las cuotas por diferencias de categoría o evento. Quisiera sentirme sorprendida, pero debo confesar que fue una tontería de novata.
La Federación de Ajedrez lleva una larga lista de deslices monetarios: torneos sin pagar premios y cancelaciones de último momento como sucedió con el Nacional de Mazatlán, cuyas inscripciones tampoco han regresado a los jugadores; y tampoco debería uno fiarse de los empresarios que justamente son los expertos en hacer maniobras con dinero prestado más si el préstamo se consigue sin intereses con la ingenuidad de algún ajedrecista inexperto.
El mayor arte que poseemos en México es el de la improvisación. Es algo así como las quinceañeras de pueblo, basta con anunciar el evento y confiar en que sobre la marcha las cosas se irán dando.
Veremos qué tal sale el mundial. Y esperemos que alguno de estos días quienes nos inscribimos a uno de esos torneos fantasmas podamos recuperar la inscripción.
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