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El arte de mirar sin poseer: Ruth D. Lechuga y el arte de habitar

  Por Sin Embargo

Publicado el lunes, 10 de agosto del 2026 a las 12:55


Ruth no se limitó a observar, miró con atención que pocas veces ejercemos sobre lo que tenemos cerca.

Ciudad de México.- La revista-libro No. 100 de la editorial Artes de México Los otros rostros de México, dedicado a Ruth D. Lechuga, abre con una reflexión de Margarita de Orellana que no solo introduce el volumen, sino que instala una inquietud que recorre de principio a fin: ¿qué significa amar a México en su multiplicidad?

La figura de Ruth D. Lechuga aparece como una presencia que incomoda cualquier noción fija de identidad. Llegó a México de Austria en 1939, en medio de la violencia que sacudía a Europa, pero su historia no puede leerse únicamente como la de una migrante que encuentra refugio, sino como la de alguien que decide arraigarse, transformarse y en ese proceso, construir una relación profunda con el país que la recibe.

Una forma distinta de habitar un territorio

Margarita de Orellana plantea una pregunta que, más que provocadora, resulta inevitable: ¿es posible considerarla más mexicana que muchos mexicanos? La fuerza de esa interrogante no radica en establecer comparaciones, sino en evidenciar una forma distinta de habitar un territorio. Ruth no se limitó a observar, recorrió el país con una curiosidad persistente, aprendió lenguajes, se acercó a comunidades, coleccionó objetos que encontraba a su paso y, sobre todo, miró con atención que pocas veces ejercemos sobre lo que tenemos cerca. Su trabajo se sitúa en un punto donde la fascinación personal se encuentra con una sensibilidad etnográfica, aunque sin someterse del todo a sus rigores.

Danza del pochó. Boca de la Sierra, Tabasco. 1988. Ruth D. Lechuga

No buscaba documentar o clasificar, su impulso parecía más cercano al asombro que al orden. Esa diferencia es fundamental para entender el valor de su archivo, en un tiempo donde la experiencia de viajar suele confundirse con la idea de conocer, la vida de Ruth D. Lechuga propone una pausa. Hoy es común pensar que un país puede recorrerse en unos cuantos días, basta con transitar sus calles principales o visitar sus espacios más visibles para afirmar que se le ha comprendido. Sin embargo; conocer un lugar implica algo más complejo, más lento y más exigente, supone escuchar sus ritmos, entender sus silencios y reconocer las capas que lo conforman.

Desde la práctica fotográfica, esta idea adquiere un peso particular, documentar un entorno no significa agotarlo, incluso después de años de trabajo, lo que se alcanza a ver es apenas un umbral. Siempre queda algo que se escapa, algo que no termina de revelarse. Quizá por eso la labor de Ruth D. Lechuga resulta tan significativa; porque asumió esa imposibilidad de abarcarlo todo y, aun así, decidió permanecer en la búsqueda.

Una historia en potencia

El libro no reconstruye su trayectoria, considero que eso sería una tarea titánica, pero si abre una ventana a su vasto acervo fotográfico, que supera los veinte mil negativos. En esas imágenes aparece un México múltiple, fragmentado y al mismo tiempo conectado. Máscaras que condensan lo humano y lo animal, lo sagrado y lo profano, danzas que activan memorias colectivas, gestos que sobreviven al paso del tiempo.

Hay en estas fotografías una cualidad narrativa que no depende de las palabras, cada imagen parece contener una historia en potencia; no se impone una lectura única, al contrario, se invita a quien observa a completar los vacíos, a imaginar lo que ocurre antes y después del instante capturado. En este sentido, resulta pertinente recordar la idea de Martin Heidegger, quien sugiere que la belleza ocurre cuando el ser de las cosas se desvela. El trabajo de Ruth D. Lechuga no se trata de revelar una esencia definitiva, sino de permitir que ciertos aspectos emerjan, aunque sea de manera parcial.

La belleza aparece entonces como un destello, como algo que se insinúa sin agotarse.

La diversidad geográfica que recorre el libro no se presenta como un catálogo ordenado, sino como un entramado vivo: de Chihuahua a Oaxaca, de Michoacán a Tabasco, de San Luis Potosí a Guerrero y otros territorios donde la tradición se sostiene en prácticas cotidianas, las imágenes dialogan entre sí. A pesar de las distancias, hay una continuidad que se percibe en los materiales, en los gestos, en las formas de entender al mundo.

Semana Santa cora. Jesús María, Nayarit. 1970. Ruth D. Lechuga.

Un arte vivo

Frente a las dinámicas del arte contemporáneo, donde con frecuencia son las instituciones o el mercado quienes determinan qué es relevante, la mirada de Ruth D. Lechuga adquiere una dimensión particular. Jacques Thuillier advertía sobre el riesgo de que lo subversivo termine definido por estructuras oficiales. En contraste, el trabajo de Ruth se mantiene cercano a lo que escapa de esa lógica. Su interés no era transformar estas expresiones en piezas legitimadas por un sistema, sino entenderlas en su contexto, en su función, en su vida cotidiana.

Ella misma lo expresó con claridad al hablar del arte popular, lo definía como un arte vivo, en constante transformación; como un arte de uso, ya fuera cotidiano o ritual; y como un arte comunitario, cuya forma ha sido depurada a lo largo de generaciones. Esta manera de entenderlo desplaza la discusión hacia otro lugar, donde la estética no se separa de la experiencia ni de la vida colectiva.

La revista-libro Los otros rostros de México funciona, en este sentido, como algo más que un homenaje. Es una invitación a mirar de otra manera, a cuestionar la idea de que conocemos lo que nos rodea, a reconocer que incluso aquello que nos resulta familiar sigue guardando zonas de opacidad. Quizá ahí radica una de sus mayores virtudes, no ofrece respuestas cerradas ni pretende agotar su objeto de estudio. Más bien, abre un espacio de duda, de curiosidad, de atención, un espacio donde mirar se convierte en un acto más lento, más consciente y, en última instancia, más cercano a la experiencia de habitar.

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