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Coahuila

El arte del dejar ir…

Por Irene Spigno

Hace 2 años

Somos una sociedad que apuesta por la abundancia. Siempre queremos más de lo que tenemos y nos comparamos constantemente con los demás, muchas veces deseando y queriendo lo que otras personas tienen y nosotros no. En este ejercicio de comparación con los demás, se nos olvida mirarnos a nosotros mismos, ver y agradecer lo que tenemos, como si nunca fuera suficiente.

Envidiamos, por ejemplo, a un amigo o amiga por tener una linda pareja cuando nosotros estamos solteros o solteras, sin pensar que tener una relación implica un cierto tipo de compromiso al que no siempre estamos dispuestos, porque implica dialogar, negociar, entender a alguien diferente a nosotros, empatizar con la otra persona y, a veces, hacer renuncias. Lo que me parece normal, siempre y cuando se haga en términos de reciprocidad, cuando nos relacionamos con alguien más.

También podemos envidiar a nuestro vecino de oficina porque consideramos que trabaja menos y quizás gana más que nosotros, pero quizá nuestra idea sea solo una forma de juzgar algo de lo que tenemos una imagen parcial. También podemos enojarnos cuando, por ejemplo, nos concentramos en las injusticias que sentimos haber sufrido, sin pensar que al mismo tiempo hemos disfrutado y gozado de muchos privilegios, dándolos por sentado y considerándolos ya como derechos adquiridos.

Claro que es justo y sano tratar de mejorarnos y buscar continuamente mejores condiciones. Es parte del proceso de evolución y transformación que todas las personas deberíamos experimentar, en la búsqueda permanente de nuestra mejor versión. Es un proceso sin fin, que no significa estar descontentos con lo que somos en algún momento o con lo que tenemos. Significa mejorarnos como personas, individualmente y, por consiguiente, como colectividad.

Sin embargo, cometemos un error muy común. Pensamos que alcanzar nuestra mejor versión implica tener más cosas: más dinero, más poder, más privilegios, más vestidos, más amigos y amigas, más coches, etc. Buscamos llenar nuestros vacíos con más cosas.

Pero no nos detenemos a pensar que muchas veces tenemos demasiado y no todo lo que tenemos nos beneficia. Les daré un ejemplo muy claro: pensemos en un armario. A todas las personas nos gusta ver nuestro armario lleno de prendas bonitas con las que nos vemos bien y que estén en orden. Supongamos que nuestro armario está lleno, pero las prendas que hay en él ya no nos quedan bien o ya no nos sentimos cómodos con ellas y está muy desordenado.

¿Qué deberíamos hacer? Deshacernos de todo aquello que ya no nos hace sentir bien o, quizás, apartarlo y guardarlo en alguna caja por si algún día queremos volver a usarlo. O quizás, mejor aún, regalarlo a alguien más que pueda disfrutarlo más.

Lo mismo ocurre con nuestras vidas: nuestra vida es como un armario. Seguramente todos hemos tenido en nuestras vidas situaciones, trabajos, relaciones (amistades y quizás parejas, pero incluso familiares) con las que ya no nos sentimos cómodos y que no nos benefician, que quizás nos quitan energía y paz mental.

Si nadie duda de que debemos sentirnos cómodos con nuestros atuendos, ¿por qué seguiríamos en situaciones que por una infinidad de razones nos hacen daño? Y no, no estoy comparando a las personas con los vestidos. Simplemente estoy invitándonos a reflexionar sobre la necesidad de eliminar de nuestras vidas todo aquello que no nos hace sentir en paz y que nos quita tranquilidad. Se trata de establecer límites sanos y de proteger nuestro bienestar emocional.

Claramente, hay cosas que son más fáciles de soltar y otras a las que nos aferramos porque en el fondo de nuestro corazón mantenemos la esperanza de que se puedan arreglar y resolver. Es como con las prendas que seguimos guardando con la esperanza de que algún día nos vuelvan a quedar bien.

Y en muchos casos es cierto: sí se pueden arreglar y resolver. Pero no a costa de nuestra serenidad. Y cuando perdemos nuestra tranquilidad, deberíamos hacer una pausa, en lugar de llenarnos de más. Esta pausa es necesaria para dejar ir todo lo que ya no deseamos y generar el espacio adecuado y suficiente para que llegue lo que realmente nos hace sentir bien.

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