Sucedió hace tiempo.
La señora del asiento contiguo en el avión, le preguntó al joven señor, vestido con camisa negra deslavada, barba sin arreglar, y alza cuello, de mirada abierta y perspicaz:
– ¿Es usted jesuita? (Le preguntó con súbita emoción).
(El hombre se quedó pensando: si le contesto que no, va a pensar que soy un sacerdote poco preparado, y me tirará a león; si le contesto que soy sacerdote legionario y resulta que es de izquierda, no me la voy a acabar; si le contesto que soy franciscano, no me la va a creer porque no traigo hábito ni capucha; y si le contesto que sí, y resulta que es de derecha, me va a empezar a cuestionar, que por qué tan liberales, etc.) Así que decidió arriesgarse y contestar:
+No, no lo soy.
-Ah qué pena, dijo ella, lánguidamente (desinflada de la emoción)..
+ ¿Y usted a qué se dedica? Alcanzó a preguntarle el padre.
-Yo soy académica jesuita y activista social, pro derechos humanos y defensora de la madre tierra.
+¡Ah, qué bien! Yo soy activista en mi parroquia, tengo 9 misas sólo los domingos, y bautizos, quinceañeras y bodas los sábados, y una que otra exequia
-Ah, muy bien (dijo la dama, sin inmutarse, y acomodándose para leer el libro que traía en sus manos: estudios ignacianos).
Notando el cambio de semblante, se atrevió a preguntar ahora el padre.
+Antes de que se ocupe, ¿le puedo hacer una pregunta?
-Sí claro, por supuesto, -contestó cortésmente.
+ ¿Sabe usted cuál es la diferencia entre un jesuita y un diocesano
-No, ¿Cuál es?
+ El fundador de los jesuitas es un hombre que se hizo santo.
-Lo sé, ¿y el de los diocesanos?
+Es un Dios, que se hizo hombre.
-¡Ah! Entonces, ¿usted es diocesano?
+Of course, my lady.
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