La tarde de un día tranquilo se posa sobre la sala de mi casa. El silencio es un regalo que aprecio como algo valioso en estos tiempos de ruidos de toda índole. Junto con el tiempo, el silencio es uno de los últimos lujos que quedan. De pronto, me dispongo a romper el silencio. Es momento de llenar el lugar de música. El sonido comienza a emanar potente, trágico.
Dos octavas en forte seguidas de dos acordes que me colman y un trino como solo el genio de Bonn puede darnos: doloroso, enérgico, con el sino ineluctable como una sombra sobre nosotros. La sonata número 32 es su última sonata, acabada más de cuatro años antes de la muerte de Beethoven. Un testimonio de su genio, de su capacidad de síntesis, aunque a muchos pudiera parecernos paradójico en él. Dos movimientos, en lugar de tres, componen esta sonata y no hizo falta más.
Su segundo movimiento, tan en contraste con la tormenta del primero es un adiós a la sonata como forma, como género. Luego de esta obra, ya nada será igual para el piano, ha traspasado los límites, los ha empujado a horizontes insospechados.
La calma de la Arietta, el tema principal del segundo movimiento es un adiós seguido de seis variaciones de una belleza tan refinada, que nos extrañaría en un Beethoven joven, pero estamos ante un genio en plena madurez, inmerso en sus propios mundos que la sordera le ha dejado. La pulcritud de este movimiento es tal, que pudiera un oído distraído, pensar en algo sencillo a la ejecución y sin embargo estamos ante una partitura de enorme dificultan no solo interpretativa, sino técnica.
La sonata Op. 111 número 32 es un tesoro que guardo desde hace años como muy mío. Alguna vez la toqué, ilusionado por quimeras que se han esfumado, pero el amor por la sonata sigue intacto y lo que es capaz de producirme cada vez que la escucho se acrecienta con los años. Pero en esta ocasión es un genio que desde los 2 años ya había brillado con tal esplendor que nunca más dejó el piano, siempre ejecutándolo con un amor infinito, inagotable, incondicional.
Evgeny Kissin, 25 después de no grabar un álbum con Deutsche Grammophon, graba la última sonata de Beethoven, entre otras obras del autor, en una audición pública donde la contundencia y exactitud técnica de Kissin se une a una interpretación más madura del genio intérprete. Nada se escapa de sus manos, de su intención musical. Su paleta sonora es enorme ahora, a sus 50 años, y estoy siendo testigo de ello desde la sala de mi casa.
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