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El Cerdo de Babel: un juego de 20 años; recuerdos del lugar

  Por Christian García

Publicado el lunes, 26 de agosto del 2024 a las 06:40


Estrenarán documental de uno de los centros culturales más activos de la ciudad con dos décadas de trabajo

Saltillo, Coah.- A las afueras de El Cerdo de Babel cuelga su emblema con una sentencia en latín: “Vino Ac Musica Laetifican Cor”, que se traduce como “el vino y la música alegran el corazón”, pero hay otra máxima que también define el poder del Cerdo: “In Vino Veritas” o, como quien dice, “en el vino está la verdad” . 

Y creo que una de las formas en las que esta se revela es por medio de las coincidencias: dos caminos en apariencia paralelos que terminan uniéndose para conformar un sólo sendero. El día de hoy, por ejemplo, son dos nacimientos: El Cerdo cumple 20 años, mientras que el escritor argentino Julio Cortázar conmemora 110, y ambos, para quien esto escribe, resultan indivisibles son, pues, parte de mi verdad.

La primera vez que recuerdo haber visitado el Cerdo por decisión propia fue hace 10 años, en 2014, y lo recuerdo bien porque fue la primera vez que leí Rayuela, la novela de Julio Cortázar. Yo tenía 20 años (los mismos que el bar cumple hoy). Ahorré durante semanas para comprarla, así que apenas tuve el dinero, corrí hacia la librería Carlos Monsiváis, busque el título detrás de todos los demás libros en donde lo había ocultado (cada tres días lo cambiaba de lugar para que no me lo ganaran), y lo compré. Eran las tres de la tarde de octubre. Crucé la Alameda, me dirigí hacia el Cerdo por la calle de Victoria y bajo la amarilla y pegajosa luz otoñal, me senté en la terraza del Puerco. Pedí una jarra de cerveza y al ritmo del jazz del Cerdo abrí el libro y comencé a leer la primera línea del libro: “¿Encontraría a la Maga?”, si soy sincero fue una decepción.

De la misma forma que Rayuela es una novela que, a su manera, es muchas novelas, mi acercamiento con el Cerdo tiene muchos acercamientos, y cada uno de ellos es también un reflejo de lo mutable que es el Puerco: bar, centro cultural, galería de arte, espacio de reunión, sala alternativa de trabajo. Así que ambos, bar y novela, son sólo dos caras de un mismo concepto: el del juego.

En mi caso, sus macizas puertas con arcos de piedra fueron, entre otras, la entrada a dos hechos importantes de mi vida: la adultez y el oficio de la escritura. 

En 2015, específicamente 16 de junio, conocí a un grupo de amigos con quienes comparto algo más que la amistad: la pasión por las letras. Entre trajes de tweed, sandwiches de negro pan de centeno, jarras de cerveza oscura y la lectura de la novela Ulises, de James Joyce, me acerqué al recién inaugurado Seminario de Literatura Francisco José Amparán, atraído por el aura de bohemia del siglo XIX de esa tarde, la del Bloomsday, pero sobre todo por la necesidad de platicar con alguien sobre el libro que tras ocho meses había estado leyendo con igual pasión y desencanto que años después sentiría con Rayuela. Fue en ese grupo de colegas en donde conocí a Jerónimo Valdés y Sergio Castillo, fundadores del bar, y con el que cimenté de forma certera mi amor por el Cerdo.

Juego

Durante dos años, cada miércoles después de las ocho de la noche, el Seminario que sesionaba en el Centro de las Letras Óscar Flores Tapia de la Secretaría de Cultura, en la calle de Juárez, mudaba su atuendo formal y profesional de taller de literatura, para convertirse en una celebración de Baco y su hedonista sentido del amor. Llegábamos entre reflexiones sobre lo que habíamos escuchado, subíamos las escaleras de madera hacia el segundo piso y teníamos, de forma casi reservada sin que fuera una ley sino más bien un hecho fortuito, una sala con tres sillones, una mesa con los vasos al alcance de la mano, y los baños al alcance de la vejiga. 

Entonces, como en el poema de la Odisea, nos transformábamos de forma casi mágica de navegantes a la piara de cerdos convertidos por Circe y la magia de sus banquetes servido en un menú conocido: papas con salsas negras, tapas de queso de cabra con pepino o champiñones picantes, cerveza y, en ese tiempo, mezcal.

El Cerdo es, ante todo, un lugar de esparcimiento y de sanación, al menos etimológicamente hablando. Ya que se presenta de forma oficial como “restaurant bar”, la primera palabra “restaurante”, proviene del francés y tiene que ver con la restauración. Se supone que el primer establecimiento de este tipo nació en Francia en el siglo XVII. En este, el mesonero Boulanger, tenía en lo alto de la puerta de su taberna un eslogan que rezaba en latín “Venite ad me Vos qui Stomacho Laboratis et Ego Restaurabo Vos”, que puede traducirse como “Vengan a mí todos los de cansado estómago que yo los restauraré”.

Si bien la puerta del Cerdo, con su propia oración, fue la entrada a mi vida adulta, no fue la de la madurez. Al contrario, fue al de una rebeldía personal que tiene que ver con el juego. Y los bares, al ser ese espacio de recreación, permiten dejar de lado el luminoso aprendizaje infantil, y abrazar la oscura sombra que avanza con malicia en los adultos. Un deleitable infierno en el que se visitan de forma intermitente la amargura del vino y la erotización de los cuerpos, la furtiva seducción de las miradas que se desvían, las sonrisas que se cubren al elevar el vaso y beberlo, la sublevación política, la creación irredenta, pero también la simple capacidad de entablar comunicación con el otro.

Es por ello que hace 10 años, cuando era uno de esos lectores que no se permitían abandonar un libro que no le gustaba –como recomendaba Borges–, el Cerdo, bajo la amarilla luz del otoño de Saltillo me vio cerrar uno por primera vez y abrir la puerta hacia un modesto tipo de insolencia.

Memora fílmica

No siempre se cumplen 20 años, particularmente para un establecimiento de este tipo en el Centro de la ciudad, en donde los lugares suelen levantarse y caer con rapidez. Es por ello que durante una semana el Cerdo festejó con toquines y presentaciones de Djs como Audioholic y Alexis Villalpando.

Tampoco dejaron de pasar su tradicional diseño de aniversario, que en esta ocasión creó el fotógrafo Esteban Sosa con una imagen que representa al lugar: un hombre porcino, modelado por el actor Juan Antonio Villarreal, quien derrama una jarra de cerveza en una mesa llena de comida frente a la barra del bar. A esta se suma el Gummy Pig, una escultura efímera monumental hecha por el artista Pako Leza y que se exhibe en la Plaza de la Nueva Tlaxcala.

Pero hoy, el cineasta José Luis Elizalde estrenará un documental que realizó para celebrar, precisamente, al Cerdo de Babel: 20 años de historia resumidas por testimonios de personas que han vivido el lugar de distintas maneras y en distintos momentos y que presentará hoy a las 19:30 horas en el centro cultural.

Para Elizalde, quien apunta que la primera vez que visitó El Cerdo debió de haber sido hace 17 años, comenta que él lo define “como un lugar seguro, eso es para mí. A mí me gusta venir, entrar y sentarme en la barra porque siento que es como entrar al cine: dejar todo afuera, en otro lado”.

El fundador de Arteaga Films también apunta que hace algunos años filmaron un cortometraje en el bar, en donde dejaron una figura de la santa muerte que aún sigue ahí, en el centro de la cava de botellas, vigilándolos a todos los parroquianos que visitan el lugar, a toda la memorabilia que está junto a ella y, quién sabe, quizá esa vigilancia de la muerte es la que hace que el Cerdo goce de tanta vida.

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