Aunque parezca inverosímil, es cierto. Ahora que se ha quintuplicado la población de Saltillo, con los malestares e incomodidades inherentes al progreso, hay quienes afirman que antaño, hasta la música de las cantinas era agradable al oído de centenares de pobladores de la barriada.
Desde que cerró la cantina El Álamo, en Acuña y Colón, el barrio se volvió agrio e insensible, reconoció con nostalgia doña Angélica Caballero Morín, quien por 50 años vivió en la casa marcada con el número 455, de la calla de Manuel Acuña, precisamente muy cerca del mencionado bar.
Ella, hija del popular relojero saltillense don Wenceslao Caballero Cortés y doña María Angélica Morín, ocupó la misma vivienda de sus padres, que compartió con sus hijos Gerardo, Omar, Karina, José y Agustín, que se ubicaba a cuatro casas al sur del salón El Álamo, negocio que fue propiedad de Abraham Sagaz, quien fuera además destacado músico y organista de la Catedral de Santiago y de San Francisco.
La cantina El Álamo, del señor Sagaz, tenía música permanentemente de día y de noche. La radiola siempre estaba a un volumen moderado, de tal manera que en la noche no causaba problema a los vecinos, que podían dormir plácidamente. Además el ambiente del bar era tranquilo y pocos problemas o broncas se registraron.
Melodías como: Esclavo y Amo, cantada por Javier Solís; Maldición Ranchera, interpretada por la Tariácuri Amalia Mendoza; Creíste, con una magnifica voz la de la soprano Ernestina Garfias, o la bella Elvira Quintana, con Noches Tapatías. Además era sorprendente la música instrumental de las grandes orquestas norteamericanas, como las de Glenn Miller, Ray Anthony, Benny Goodman, entre muchas otras que llenaron el espectro. El cierre de la cantina, hizo enmudecer al barrio.
La anécdota
La calle Manuel Acuña y el barrio en sí, de Colón y Escobedo, tienen su encanto.
Doña Angélica conoció de los llamados “espantos”, que precisamente se le aparecieron a ella. Como aquella noche que regresaba a su domicilio, cuando repentinamente escuchó que una señora lloraba en las escalinatas que comunica al barrio de Santa Anita con la calle Acuña. Se acercó para ver qué le sucedía a la señora, esta soltó el clásico grito de la Llorona” “¡¡¡Ay, mis hijos!!!”, lamento que se prolongaba varios segundos o minutos.
En otra ocasión, cuando regresaba de visitar a su mamá, internada en la Clínica 1 del Seguro Social, vio que en la esquina de Escobedo y Acuña estaba un viejecito, quien a altas horas de la noche pedía limosna. Ella se descuidó por un momento para buscar en su bolso de mano unas monedas, cuando quiso depositarlas en el sombrero del hombre, este había desaparecido. Los vecinos contaban que aquel fantasma era don Isidro Granados, que fue propietario de una gran tienda de abarrotes en dicha esquina, denominado Abarrotes Granados.
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