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Coahuila

El clóset de la vida y el orden que necesitamos

Por Irene Spigno

Hace 1 mes

Querida lectora, querido lector: ¿Cómo tienes tu clóset? Por supuesto, no me refiero a si es grande o chico, si tienes ropa cara o no, si los muebles son de diseño o sencillos. Me refiero, más bien, a su organización.

Quizás eres de esas personas que disfrutan ordenarlo por temporadas y seguir el ritmo de las estaciones. O, tal vez, prefieres el criterio cromático, y creas un degradado visual donde cada prenda encuentra lugar en su familia de color. También existe quien organiza este espacio por estilos y funciones: de un lado, los atuendos formales para la oficina; del otro, el textil técnico para las actividades deportivas; en otros estantes, la ropa relajada para una salida con tus amistades y, en un lugar especial, aquel vestido o traje que guardas para las grandes ocasiones.

O tal vez, por el contrario, eres de quienes no cuidan mucho la logística del armario. Simplemente acumulas las cosas allí donde encuentras un hueco, sin más criterio que la inmediatez. Puede que te falte tiempo, que la moda te parezca una frivolidad innecesaria o que hayas adoptado un “uniforme personal” para ir a golpe seguro y no gastar energía mental decidiendo qué ponerte cada día.

Sin embargo, estoy convencida de que el clóset es uno de los elementos más importantes de nuestro hogar. Es el espacio que contiene lo que posamos sobre el cuerpo cada día. Es nuestra segunda piel y nuestra primera carta de presentación ante el mundo.

También es cierto lo que dice el dicho italiano: “L’abito non fa il monaco”. Se suele usar esta expresión para decir que lo que llevamos puesto no define nuestra esencia, siempre que sea “decoroso” para el espacio en el que nos desenvolvemos. Sobre este punto podríamos debatir largamente desde la ciencia jurídica y reflexionar sobre donde termina el decoro y empieza el derecho de cada persona al libre desarrollo de su personalidad. Porque, al final de cuentas, también nos expresamos a través de nuestra vestimenta.

Pero, más allá de la imagen externa, en la intimidad de nuestro clóset habita algo más profundo: al ser un espacio privado que nadie externo ve (a diferencia, por ejemplo, de la sala o del recibidor), el armario se convierte en el reflejo más honesto de nuestra personalidad. El orden o desorden que allí reside funciona como una metáfora de lo que hemos resuelto o de lo que seguimos arrastrando.

Pensemos, por ejemplo, en la ropa que ya no nos queda, pero seguimos guardando, por si en algún momento queremos volver a usarla: ¿será que nos estamos aferrando a viejas versiones de nosotras y nosotros mismos o a etapas que ya cerraron?

Aquello que conservamos “por si algún día se ocupa” podría ser el eco de relaciones o compromisos que mantenemos por obligación o miedo al cambio. O cuando simplemente seguimos acumulando sin criterio, podríamos estar viviendo en modo supervivencia. En la confusión del desorden se pierde más tiempo para encontrar lo que estamos buscando: quizás estamos viviendo lo mismo, una vida desorganizada y frenética que nos drena energía cuando intentamos buscar claridad en medio de decisiones postergadas.

Quizás podríamos empezar a pensar que tener un clóset organizado no es un acto de vanidad, sino que es el punto de partida para poner orden también en nuestras vidas. Al decidir qué se queda, qué se va, qué necesita ser reparado o qué merece ser regalado, estamos tomando consciencia y el control de nuestra existencia. Estamos estableciendo el orden que necesitamos.

Así que, querida lectora, querido lector: ¿qué hay hoy en tu clóset que ya no pertenece a esta etapa de tu vida? Quizás haya llegado el momento de abrir las puertas, ventilar rincones y vaciar estantes para dejar espacio para recibir todo lo nuevo que está por venir.

 

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