Antes de la Revolución Industrial, surgida en Inglaterra, en el mundo de aquel entonces, particularmente en los países europeos, las “profesiones” de los hijos de familias con recursos económicos -que no eran muchas- eran bien vistas si se inclinaban por la milicia o el ministerio sacerdotal. Los recién egresados gozaban de respeto entre las tradicionales sociedades aristocráticas tachonadas de títulos nobiliarios. El empleo casi estaba asegurado al concluir con la carrera o cristalizar la vocación.
En ese mundo, que paulatinamente entraba en la Ilustración y se preparaba para el advenimiento del sistema capitalista en su primera fase, la actividad comercial no era muy aceptada, sobre todo por la Iglesia. Al comerciante se le calificaba como una persona ambiciosa, que anteponía su interés personal por el colectivo, en el sentido de comprar mercancías a un precio bajo, o muy castigado, y venderlas muy por arriba de su precio de adquisición; el margen de ganancia era muy superior al que obtenía el productor agrícola o el artesano. La principal crítica de la clase intelectual, poco escuchada por cierto, era que generaban un valor marginal en las transacciones que hacían como intermediarios entre los productores y consumidores.
Sin embargo, después de los descubrimientos y las innovaciones que trajo la Revolución Industrial, la actividad comercial se revaloró y hasta el propio Carlos Marx la citaba en los textos que escribía sobre el capitalismo. El rol que juega el comercio en el sistema capitalista es uno de sus principales soportes. El comercio adquirió un estatus, guardando las correspondientes distancias, parecido al que tuvo siglos atrás, cuando los árabes y judíos transportaban conocimiento y mercancías a los pueblos y ciudades de Asia y África.
Con el devenir de los años, han surgido teorías que hablan de los beneficios del comercio internacional, dependiendo de circunstancias políticas y económicas en el concierto de las naciones desarrolladas. Antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) prevalecía la apertura de fronteras a la economía, las mercancías y los flujos de capital traspasaban países; después, el modelo económico cambiaba y las exportaciones e importaciones eran muy selectivas entre países, surgían restricciones al comercio exterior y los gobiernos trataban de proteger a su industria de la competencia internacional.
Pero a finales del siglo 20, con los avances tecnológicos, aparece de forma súbita el comercio electrónico, que se ha convertido en un contrincante potencialmente poderoso para el comercio presencial o tradicional. El llamado e-commerce se caracteriza porque las transacciones se pueden llevar a cabo desde el hogar o la oficina, vía internet. Aunque tiene algunos inconvenientes, como el riesgo de que las plataformas sean clonadas y el cliente sea defraudado. Y en el contexto económico más general, al desplazar paulatinamente al comercio presencial, al menos en el corto y mediano plazo, genera destrucción de empleos en el sector formal.
Perspectiva ecológica. Las organizaciones ecologistas que apelan por un consumo sustentable, han presentado algunas propuestas para hacerlo más amigable con la naturaleza. Algunas de ellas son sustituir el embalaje de los productos por materiales menos contaminantes, biodegradables, que disminuyan la emisión de gases tóxicos al ambiente. No obstante, debido a la globalización comercial, un problema que plantea el comercio digital, y que aún es complejo de solucionar, es la contaminación que genera por el uso de diferentes tipos de transporte que usa, desde aviones, barcos y camiones, hasta automóviles y motocicletas, para llevar los pedidos al sitio deseado por el consumidor.
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