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Coahuila

El derecho a decir No

Por Irene Spigno

Hace 7 meses

Querida persona lectora:

¿Cuántas actividades desarrollas a lo largo de tu día? Imagino que muchas. Y, ¿cuántas de ellas disfrutas y haces porque de verdad quieres, y cuántas, en cambio, las realizas por obligación, compromiso o simple inercia? La respuesta a esta pregunta puede variar mucho dependiendo de la actitud que cada persona tenga al enfrentarse a la vida.

Hay quienes trabajan en sí mismos para construir y mantener una actitud positiva y así encontrar el lado positivo en todo momento. Seguramente, estas personas tienen la gran habilidad de disfrutar todo, o casi todo, lo que hacen: ya sea su trabajo, una aburrida reunión de condominio o una cena familiar con parientes que no les caen muy bien.

Al mismo tiempo, hay personas que, por actitud, carácter o educación, tienen la tendencia a concentrarse en los aspectos negativos de las situaciones, magnificándolos. En este caso, la mayoría de las actividades que realizan pueden convertirse en una auténtica y permanente tortura.

A pesar de inclinarnos más hacia el primer grupo de personas o el segundo, es cierto que en nuestra cotidianidad hay actividades y situaciones que nos pueden gustar más o menos que otras, que disfrutamos más o que simplemente sobrellevamos.

Sería muy bonito poder realizar solamente las actividades que nos gustan e interesan, ¿verdad?

Sin embargo, el simple hecho de vivir en sociedad y convivir con otros seres humanos nos obliga a aceptar situaciones e incluso relaciones que no nos gustan y que nos pueden hacer sentir incómodos. Hay, sin duda, un margen de tolerancia que implica que cada persona tiene que aguantar situaciones y hechos que no le gustan.

Este margen es más amplio cuando se trata del camino que estamos recorriendo para alcanzar un objetivo: ya lo dijimos también en otras ocasiones: cumplir con nuestros sueños requiere un gran compromiso y disciplina, lo que implica aceptar más retos y desafíos, salir más de nuestra zona de confort y enfrentar la incomodidad. Nuestros sueños lo ameritan.

Sin embargo, ese margen de tolerancia tiene un límite, y nos corresponde a nosotros mismos ponerlo. ¿Cómo? Actuando con responsabilidad y aprendiendo a decir que no cuando hay algo que sentimos que nos lastima, potencialmente nos puede poner en peligro o simplemente nos aleja de lo que es nuestro proyecto de vida.

Sin embargo, dar una respuesta negativa no es una solución mágica que nos exime de las consecuencias. Al contrario, implica estar conscientes de que nuestra negación a hacer algo va a tener sus efectos: quizás cambiará la relación que tenemos con una persona, podríamos generar alguna decepción o incluso perder una oportunidad importante.

Tenemos que aprender a decir que no, desde la madurez y con sentido de responsabilidad para que podamos asumir las consecuencias de nuestras decisiones, sin culpar o responsabilizar a otras personas.

Y al mismo tiempo, tenemos que aprender a actuar con responsabilidad cuando alguien más nos da una respuesta negativa por algo que no quiere o incluso no puede hacer. Pero de esto hablaremos en otra ocasión.

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