Querida amiga, querido amigo:
¿A ti también te pasa que hay días, semanas o, más en general, momentos de la vida en los que tratas de encontrar una explicación a lo que está sucediendo, pero parece que nada tiene sentido?
Puede ser que te hayas preguntado por qué, después de haberte preparado tanto para conseguir algo, las cosas no salieron como esperabas: o por qué una oportunidad que esperaste durante tanto tiempo llega justo cuando ya habías decidido tomar otro camino.
O quizás te preguntas por qué aquello que durante meses parecía imposible, de repente, se resuelve sin mayor acción o esfuerzo de tu parte, mientras que algo que parecía muy sencillo se complica hasta límites absurdos. O quizás te hayan tocado personas que en algún momento fueron muy cercanas, con quienes compartías diariamente charlas, aventuras, proyectos, así como momentos felices y tristes, y que, de repente, se alejaron de tu vida sin ninguna explicación.
Es cierto que hay días en que la vida fluye como si estuviera siguiendo un plan perfectamente diseñado, mientras que hay otros en los que parece que estamos viviendo dentro de una película dirigida por un duende distraído y muy juguetón, al que le encanta hacernos bromas.
Un duende que pierde algunas páginas del guion, cambia de género a mitad de la película, introduce personajes sin ninguna explicación, elimina a otros justo cuando empezaban a tener un papel importante y, de repente, nos coloca en una escena que no tiene absolutamente nada que ver con la anterior.
Y nosotros, mientras tanto, tratamos de manera casi desesperada de encontrar la lógica narrativa de la película de nuestra vida. Porque así somos los seres humanos: necesitamos entender y construir una explicación que nos permita sentir cierta tranquilidad. Entender nos proporciona una sensación de control sobre una realidad – la nuestra – que, en realidad, no controlamos en absoluto.
Cuando sucede algo que nos desconcierta, empezamos a actuar como si fuéramos investigadores de la policía: queremos reconstruir los hechos, repasamos conversaciones, decisiones y circunstancias. Buscamos señales que quizás no vimos en un primer momento e intentamos descubrir qué podemos haber hecho mal y qué podríamos haber hecho distinto. Armamos un rompecabezas de miles de piezas como si existiera una pieza escondida que, una vez encontrada, nos permitiría completarlo y finalmente entenderlo todo.
Pero quizás esa pieza no existe. O quizás la pieza que falta no está afuera, sino dentro de nosotros mismos: tal vez consiste en aceptar que no todo tiene una explicación o, al menos, no una que nos resulte clara, lineal y satisfactoria. Hay cosas que pasan por decisiones ajenas que no podemos controlar y que, muchas veces, ni siquiera podemos conocer. Otras, por circunstancias inesperadas o por azar. Algunas son el efecto de la acumulación de pequeñas causas imposibles de reconstruir por completo.
La verdad es que no necesitamos entender todo para poder soltar aquello que no salió como esperábamos, aquello que nos decepcionó o nos dolió, para darle la vuelta a la página. Hay un momento en que es necesario dejar de atormentarnos preguntándonos qué pasó y por qué, para concentrarnos, más bien, en preguntarnos qué queremos hacer con lo que nos pasó.
No es nuestra responsabilidad entenderlo todo, porque no siempre está en nuestras manos hacerlo. Y también porque comprender las razones detrás de ciertos actos y decisiones no necesariamente los convierte en razonables, aceptables o menos dolorosos.
Tenemos el derecho a no entenderlo todo, a dejar algunas preguntas sin contestar, algunas historias sin un final feliz y algunos rompecabezas con una pieza faltante. Porque muchas veces la paz y la tranquilidad no llegan cuando encontramos todas las respuestas: a veces llegan cuando dejamos de necesitarlas.
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