Todas las personas queremos algo en nuestras vidas. Quizás sea sobresalir en algún deporte u otro tipo de actividad (cantar, bailar o tocar algún instrumento musical), conseguir un título universitario o ejercer la profesión de nuestros sueños. Posiblemente también queremos formar una familia, tener una pareja, casarnos y tener descendencia. O tal vez nuestro proyecto de vida sea diferente y optemos por la soltería o por un tipo de familia que esté fuera del concepto de familia tradicional.
Algunas personas querrán tener un auto de lujo, ser propietarias de uno o más bienes inmuebles, coleccionar obras de arte o bienes de valor, o viajar por el mundo. Cada uno de nosotros tiene sueños y deseos. Sin embargo, no todas las personas estamos en las mismas condiciones sociales y económicas para conseguir lo que queremos.
Quizás hay quienes tienen la suerte de nacer en familias con muchos recursos que les permiten tener con facilidad todo lo que desean, mientras que otros viven en contextos más difíciles y vulnerables, donde la mayoría de los esfuerzos familiares se dirigen a sobrellevar la vida más que a realizar grandes sueños.
Sin embargo, todas las personas, independientemente de las condiciones concretas en las que nacemos y nos criamos, así como de nuestra nacionalidad, sexo o género, orientación política o religiosa, preferencia sexual o condición social y económica, debemos contar con la posibilidad de acceder en condiciones de igualdad efectiva y sustancial a todas las situaciones jurídicas que nos permitan realizar nuestro proyecto de vida.
Justamente, los derechos humanos y fundamentales existen para que cada persona pueda vivir su vida con dignidad, plenitud y con la total libertad y conciencia del valor que su plan de vida tiene. ¿Hay deseos, sueños o planes de vida más importantes que otros? No, todos los proyectos de vida tienen el mismo valor, siempre y cuando sean los que nos hacen felices y nos brindan paz interior y tranquilidad (y siempre que no tengan como finalidad o consecuencia lastimar o generar daño a alguien más).
Y entonces, ¿por qué, como sociedad y colectividad, pensamos tener el derecho y el poder de decidir lo que es bueno para las demás personas? Por supuesto que hay excepciones: pensemos, por ejemplo, en la educación de los niños. Muchos niños no quieren ir a la escuela (nosotros también, muy probablemente, cuando éramos niños hubo días en los que no queríamos ir a la escuela). Pero siento que es importante que, desde la infancia, las personas se formen justamente para que, en el momento oportuno, puedan tomar las decisiones personales que consideren adecuadas, incluso en temas personales como la identidad de género.
¿Quiénes somos nosotros, e incluso el Estado, para decidir que los niños tienen que jugar con las maquinitas y las construcciones y las niñas con las muñecas? ¿Quiénes somos nosotros para decidir que una mujer (o incluso un hombre) que toma la decisión de no procrear no está cumpliendo con su función social? O mejor dicho, ¿con la función que creemos que debería tener en la sociedad? ¿Quiénes somos nosotros (sea como sociedad o como instituciones) para decidir qué vida debe tener cada persona?
Cada persona debe contar con todos los derechos necesarios para cumplir su proyecto de vida (que incluye sus sueños y deseos más profundos), y no hay tribunal, congreso u otro poder del Estado que pueda decidir lo que debemos o podemos querer.
El derecho a poder realizar nuestros sueños es nuestro, lo tenemos en cuanto seres humanos. Pero con este derecho viene también la responsabilidad sobre lo que queremos realizar. No podemos esperar que alguien más haga el esfuerzo por nosotros. En lugar de dedicar esfuerzos a pensar en lo que deberían hacer las demás personas, mejor dediquémonos a construir la vida de nuestros sueños.
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