Querida amiga, querido amigo:
¿Eres de esas personas que se rinden fácilmente o de las que siguen insistiendo hasta conseguir lo que quieren?
Vivimos en un contexto social y cultural en el que nos enseñaron que rendirse es algo negativo. Desde la infancia escuchamos que es necesario luchar por nuestros sueños, superar los obstáculos que encontramos en el camino, levantarnos cada vez que caemos y esforzarnos siempre un poco más para conseguir mejores resultados.
“No te rindas” es una frase que escuchamos constantemente. Y seguramente la perseverancia es una gran virtud: yo soy la primera persona que, por tener una gran determinación y tenacidad, está firmemente convencida de que, cuando queremos algo de verdad, debemos seguir intentándolo una y otra vez, hasta conseguirlo. Porque muchas de las cosas más importantes de nuestra vida requieren esfuerzo, paciencia y constancia.
Pero, como en casi todo, hay límites. Porque quizás no todos los obstáculos que se cruzan en nuestro camino deben ser superados. No todas las puertas que se cierran necesitan que toquemos una vez más y quizás no todos los caminos difíciles conducen necesariamente hacia el lugar al que queremos llegar.
No siempre es necesario intentarlo una vez más o esperar un poco más. No siempre es necesario tener más paciencia o dar otra oportunidad.
Quizás a veces tendríamos que preguntarnos si estamos insistiendo en algo porque todavía existe una posibilidad real de construirlo. O tal vez tendríamos que considerar la posibilidad de que estemos insistiendo simplemente porque nos cuesta aceptar que ese camino no conduce a ninguna parte.
Y, si llegamos a esa conclusión, quizás también tengamos que aceptar que ha llegado el momento de rendirnos.
En este caso, rendirse significaría más bien tener la flexibilidad necesaria para cambiar de rumbo cuando descubrimos que el camino que habíamos elegido ya no funciona. No es un fracaso, sino una corrección de ruta y de objetivos.
Quizás haya proyectos profesionales en los que hemos invertido años y que algún día dejan de tener sentido. O sueños que pertenecían a una versión anterior de nosotras y nosotros.
Y hay también relaciones que seguimos sosteniendo mucho después de que han dejado de sostenernos.
Por supuesto, no tendríamos que rendirnos solamente porque algo es difícil. Porque la gran mayoría de las veces, las cosas importantes no son fáciles de conseguir.
Quizás tendríamos que rendirnos cuando lo que perseguimos ya no va de la mano con lo que somos, porque llega un momento en el que continuar luchando por algo o por alguien significa empezar a abandonarnos a nosotras y nosotros mismos.
Y es justamente en ese momento cuando no sólo podemos rendirnos, sino que, además, tenemos derecho a hacerlo. Podemos dejar de insistir. Podemos cambiar de camino. Podemos dejar de sostener solos y solas lo que necesitaría ser sostenido también por alguien más.
Es un acto poderoso de humildad reconocer y aceptar que algo no funcionó tal y como lo teníamos planeado y permitirnos empezar a caminar hacia otro lugar sin convertirlo en un fracaso personal.
Porque algunas veces rendirse no significa dejar de luchar, sino dejar de luchar contra una realidad que ya no podemos cambiar.
Rendirse puede significar reconocer que hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, aceptar que no todo depende de nuestra voluntad y dejar de invertir nuestra energía en sostener aquello que ya no funciona.
Quizás la verdadera valentía no consista siempre en resistir un poco más. A veces consiste en aceptar que un camino terminó y concedernos la libertad de elegir otro, de cambiar de rumbo, de dejar atrás lo que ya no funciona y de dirigir nuestra energía y nuestros esfuerzos hacia aquello que todavía puede crecer.
Tenemos derecho a hacerlo
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