Querida persona lectora:
La semana pasada reflexionábamos en este espacio sobre la importancia de tener siempre un Plan B a la mano. Esto es porque, en el camino hacia nuestras metas, puede ser necesario hacer algún ajuste de estrategia. Como ya lo comentamos, tener alternativas y una cierta flexibilidad nos puede apoyar para que, frente a algún obstáculo, o desviación, podamos llegar a nuestro objetivo.
Sin embargo, si bien es importante tener siempre un Plan B, es igual de trascendental nunca convertiste en el Plan B de nadie: ni de ninguna amistad y tampoco de ninguna pareja.
Hay una diferencia abismal entre tener un plan alternativo y ser el plan alternativo de alguien más. Lo primero nos empodera y enriquece; lo segundo afecta de manera directa nuestra dignidad personal.
En la teoría constitucional de los derechos humanos se habla mucho del valor intrínseco de los seres humanos, que se entiende como un nivel de dignidad que no admite ni grados de protección ni condiciones. Si trasladáramos este concepto a nuestra vida privada, deberíamos entender que aceptar el rol de ser segunda opción, sea en una amistad o en una relación de pareja, es algo que vulneraría nuestra esencia.
Nadie merece ser el “mientras tanto no tenga algo mejor”, el “mejor esto que estar solo/a” o, en general, el Plan B que se activa solamente cuando el Plan A falla. Estoy segura de que todas las personas que están leyendo estas líneas estarán de acuerdo conmigo. Pero estoy igual de segura de que todas y todos, en algún momento de nuestras vidas, e incluso quizás ahora mismo, hemos sido, somos y seremos la opción de reserva de alguien.
Muchas veces, especialmente en las relaciones de pareja, nos hemos convencido de que necesitamos tener paciencia y entregarnos más, bajo la falsa convicción de que sólo si esperáramos un poco más o si fuéramos más comprensivos, eventualmente nos convertiremos en la primera opción, en la única elección de aquella persona. Así mismo, en las amistades, nos esforzamos mucho tratando de agradar a alguien con la intención de pertenecer a un cierto grupo, de que te busquen, te quieran y te valoren.
Sin embargo, tanto en el amor, así como en la amistad, quien te quiere como un Plan B en realidad no te quiere, ni siquiera te ve: sólo está buscando un refugio temporal contra su propia frustración, soledad e incluso aburrimiento.
Exigir no ser el Plan B de nadie no es un acto de soberbia. Es más bien uno de los más altos gestos de amor propio. Todas las personas tenemos el derecho a ser valoradas y amadas y, por consiguiente, elegidas como la opción única frente a cualquier otra.
Todos los seres humanos tenemos el derecho de tener vínculos donde nuestra importancia no es negociable. No obstante, también nos corresponde a cada una de nosotras y nosotros la responsabilidad de no negociar nuestro valor y elegir solamente a las personas que nos eligen. Quizás de esta manera nos quedaremos en soledad por un tiempo. Seguramente es una decisión incómoda, pero es la única vía para empezar a ser nuestro propio Plan A y así, elegirnos.
Ser nuestra propia primera elección significa establecer límites claros y entender que nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro afecto son bienes demasiado valiosos para permitir que las demás personas nos traten como su recurso de emergencia. Porqué sí: tenemos el derecho de ser siempre, y sin excusa alguna o justificación, el Plan A.
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