“Acaba de fallecer nuestro amigo Fausto en Barcelona… Bruno y yo estamos muy tristes”. Al leer lo anterior no pude más que entristecerme por mis amigos y por la desaparición de un historiador cuya obra me había enriquecido tanto. Además, yo le estaba profundamente agradecida por haberme presentado a mi coautora del libro “La Mariscala”, la historiadora Verónica González Laporte. Gracias a los consejos de Fausto, Verónica y yo trabajamos arduamente durante 18 meses en la novela que sucede en la época de la intervención francesa de 1862 y el Segundo Imperio Mexicano apoyado por Napoleón III, novela de la cual, por cierto, Verónica acaba de terminar la traducción en francés y que ya está lista para ser editada en Francia. Nadie como Fausto Zerón-Medina conocía este periodo del siglo 19 tan complejo y romántico a la vez. Como editor colaboró en series televisivas como “Maximiliano y Carlota” (1965), “Senda de gloria” (1987), “El Carruaje” (1972) y otras más que alcanzaron mucho éxito. En 1991 fundó junto con Enrique Krauze la editorial Clío.
Para saber aún más acerca de nuestro personaje, me permito citar un fragmento de una espléndida entrevista que le hiciera la historiadora michoacana María Elena Álvarez Herrera: “Mire, yo nací en la Ciudad de México en 1947, vengo de una familia del poblado de Teocaltiche de los Altos de Jalisco, pasé mi niñez y adolescencia en Guadalajara, después me fui a Ciudad de México a estudiar Ciencias Políticas (…), poco tiempo después estudié Relaciones Internacionales y al mismo tiempo Derecho, en la Facultad de Derecho de la UNAM. Mi pasión siempre fue la Historia, pero me pasó lo mismo que suele suceder a la mayoría de los jóvenes que se quieren dedicar a esta profesión, mis papás se opusieron terminantemente… Al finalizar la preparatoria, mencioné en mi casa que quería estudiar Historia y mi papá rápido me contestó: ‘eso se hace en la vida en los tiempos libres, no es una carrera eso de Historia’ [risas], así que me fui a estudiar Ciencias Políticas y pasó el tiempo y me dediqué más a la Historia, [luego] me fui con David Brading. El tiempo de Cambridge fue para mí una etapa muy fuerte por múltiples razones: una porque Brading era un tipo fabuloso… los Brading están enamorados de Michoacán al grado de que su hijo vino a casarse a Tzintzuntzan. [En mi caso], viví mucho tiempo allá, mi esposa es moreliana y quiero mucho al estado, siempre que puedo me voy para allá”.
Era tan modesto nuestro querido Fausto que, en la entrevista mencionada, no menciona que después de haber sido subdirector de la fundación cultural Banamex, bajo Fernando Gamboa, fue el primer secretario ejecutivo de la Comisión Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural de México (creada en 1989 con el fin de proteger y conservar la riqueza cultural e histórica del país).
Tengo el privilegio de conocer a su esposa, Josefina Laris, también una gran promotora de nuestra cultura especialmente en Michoacán. Ambos trabajaron mucho para el programa “Adopte una obra de arte”, y juntos restauraron iglesias increíbles de la meseta tarasca, como por ejemplo el Templo de Santiago Apóstol (Tupátaro), conocido como la “Capilla Sixtina Michoacana”, recinto del siglo 16. También se ocuparon del Templo (colonial) de Nuestra Señora de la Asunción (Santa María Huiramangaro) y de muchos retablos coloniales, entre ellos el de la Virgen de Guadalupe, sobre el cual Fausto realizó un libro cuyo título lo dice todo: “Felicidad de México” (1995), con 150 magníficas estampas a todo color y que vendió millones de ejemplares. Ahora que los mexicanos nos sentimos tan infelices, hay que leerlo.
Ayer recibí un mensaje en X de uno de los mejores amigos y alumnos de Fausto Zerón-Medina, el cual decía textualmente: “El embajador Bruno Figueroa, actualmente nuestro representante diplomático en Portugal, conoció a Fausto Zerón-Medina desde sus años de estudiante en El Colegio de México. Esto me dijo: ‘Fausto, siempre discreto, siempre intransigente consigo mismo, tenía profundas reticencias para publicar lo que escribía, fuera historia o literatura. Abrigo la esperanza de que haya dejado en un arcón, como Fernando Pessoa, muchos escritos que podamos recuperar y que se conviertan en una especie de Libro del desasosiego mexicano’”.
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