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Coahuila

El drama de Dios

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 1 semana

Para hablarnos de la vida, del mundo y de la Iglesia, Dios utiliza la imagen de la viña (Mt 21,33), por la que el hombre debe esforzarse y trabajar laboriosamente para prepararla y lograr que dé mucho fruto, incluyendo el sacrificio y el dolor que implica custodiarla.

Sin embargo, también utiliza otra imagen: la de un banquete de bodas (Mt 22,1), como diciendo: el Reino de Dios no es solo fatiga y dolor, sino también una invitación a una fiesta, donde hay alegría y regocijo, camaradería, cantos, baile y música; una celebración en la que se trata de ser felices y disfrutar.

Dios prepara un banquete. En principio, pareciera que el hombre es quien debe hacer algo por Dios; sin embargo, con esta imagen, paradójicamente, es Dios quien hace algo especial por el hombre.

Y lo peor que le puede pasar a Dios es que nadie vaya a su fiesta, que quede desairada, que nadie quiera disfrutar y compartir su alegría y que, por tanto, se quede triste y solo. Esto también podemos sentirlo nosotros en nuestras propias fiestas y celebraciones, pero también al contemplar una iglesia vacía, un catecismo sin niños, una Eucaristía sin cantos, una misa sin monaguillos, una liturgia insípida, las lecturas que nadie escucha, una homilía pronunciada al vacío o cuando no hay nadie a quien darle la paz.

La imagen del banquete nos enseña que también debemos aprender a disfrutar la vida, como en muchos pasajes del Evangelio en los que vemos a Jesús compartiendo banquetes y mesas con todo tipo de personas, especialmente con los pecadores, como en casa de Mateo, de Zaqueo o en las bodas de Caná, por ejemplo.

De manera particular, llama la atención la insistencia del rey, figura de Dios, que manda no una, sino tres veces a sus criados a salir a las calles y a las encrucijadas de los caminos para invitar a buenos y malos a que lo acompañen a su fiesta y compartan con él.

Pero ¿de qué se trata? ¿Qué quiere este rey? Desea que, por ningún motivo, el salón dispuesto y adornado quede vacío. Por eso, no se da por vencido y abre, amplía y multiplica la invitación.

Pero hay algo importante: Dios no invita a la gente para que lo sirva, para que le lleve regalos o para que le rinda honores. De ninguna manera. Él lo que quiere es servir a las personas, hacerlas sentir dichosas, felices y atendidas. Él necesita gente que se deje servir por Él, gente que lo deje ser Dios.

Pero ¿con cuál de los invitados me identifico yo? ¿Soy acaso de esos malos o, por ventura, soy de los buenos?

Yo soy ese, sin duda, encontrado a la vera del camino, tal vez en una encrucijada, quizá a la deriva, al mismo tiempo bueno y malo, pero que ha escuchado la llamada y ha aceptado ir a la fiesta para compartir su alegría.

Sin sentirme más que los demás, pero tampoco menos; tan solo encontrado e invitado, por la gratuidad de ese rey, a asistir a su banquete, igual que los otros.

La última parte del Evangelio es también un drama, y atañe no al rey que invita, sino al hombre que responde. Nos habla de la posibilidad de fallar, de rechazar la invitación, de no compartir la alegría y la esperanza.

La única condición que se pide es llevar un traje apropiado para la fiesta. Y el hombre que al final es echado fuera no es mejor ni peor que los demás, ya que buenos y malos se mezclan en el banquete. Sin embargo, este hombre no participa, no hace comunión, no se integra. Está ahí, aislado, como un extraño, como si estuviera en otra parte, identificándose más bien con quienes no quisieron asistir y rechazaron la invitación.

Quizá este hombre pensó que un rey solo invita a sus pares, a los ricos y poderosos, y nunca creyó en un rey capaz de invitar a los pobres y pecadores. Mucho menos en uno capaz de servir a estos últimos y, de manera inconcebible, de dar la vida por ellos.

Lo peor que le puede pasar al hombre es equivocarse sobre Dios. Por eso, a Dios primero se le ama, como los niños; luego se le conoce, como los adultos; pero quizá solo al final de la vida se le empieza a comprender.

Para terminar, el traje de fiesta del que habla la parábola del banquete hace referencia a la vestidura que portamos de niños al bautizarnos, y cuya oración expresa:

«Eres ya una nueva criatura y has sido revestido de Cristo. Que esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano».

Que, con nuestro esfuerzo y dedicación, esta vestidura se mantenga siempre así y que, con la ayuda de nuestra familia, nuestros amigos y de toda la Iglesia, podamos portarla, mostrarla y custodiarla con alegría y dignidad, hasta que el Señor nos llame a su presencia.

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