La aún “apacible Saltillo” más allá de mediados del siglo pasado, tenía sus noches secretas de lujuria y jolgorio. Mientras la ciudad dormía temprano algunos caballeros de aquel tiempo se daban habilidades para buscar deseo y actividad exacerbados en medio de la penumbra.
La muy persignada ciudad capital de Coahuila contaba con más de una docena de este tipo de sitios, donde la diversión o la fiesta animada y bulliciosa iniciaban en la noche y terminaban en la madrugada del día siguiente.
No había luminosos letreros como en la zona de tolerancia, pero la gente sabía que ahí también se ejercía la prostitución, pero tal vez con más lujos y atenciones que en los tugurios de la llamada ciudad pecaminosa de Saltillo.
Angelina Comparán era la matrona de una de esas casas de cita, como se les llamaba antaño (ahora les dicen moteles), que tuvo la muy provincianita ciudad de los años 50 y poquitos más adelante. El Egipcio fue uno de tantos salones “alegres” del Saltillo, antes de la modernidad.
El antro se ubicaba en Colón y Cuauhtémoc, era el lugar más elegante y distinguido que haya existido en su época. El piso del patio que se usaba como pista de baile era de granito de color negro en forma de triángulo. Las paredes cubiertas de azulejo estilo morisco. Con seis columnas, tres por cada lado.
Al oriente, bajo el techo que sostenían las columnas, se encontraba el bar. Los cantineros y meseros eran Refugio Castillo, así como un individuo a quien apodaban “El Sonsón” (en lugar del Sansón), “La Piedra”, y Juan Jiménez, éste último tendría su cantina, el Salón Madrid, pegadito a la antigua Tesorería del Estado. Se decía primo del cantaautor guanajuatense José Alfredo Jiménez.
Alrededor del patio se colocaban mesas y sillas donde compartían clientes y “las odaliscas”. “El Egipcio” quedaba exactamente frente a un terreno baldío de los Ferrocarriles, denominado “La Planilla”. Ahí se instalaban los circos y los espectáculos que venían a Saltillo, entre otros la carpa del “Chato” Padilla, con su famosa estrella Blanquita Morones, donde ahora hay lujosas residencias y el gimnasio de la Secundaria Nazario S. Ortiz Garza.
Angelina Comparán, la dueña del Egipcio, era una mujer guapa, piel aperlada y escultural cuerpo. No era saltillense. Algunos decían que era de San Francisco del Rincón, Guanajuato, lugar donde en la década de los años 60, las Poquianchis, tres hermanas, cimbraron al país y al mundo con un escándalo social que cobró la vida de varias jóvenes llevadas con engaños y a la fuerza al lugar para ejercer la prostitución en una casa de citas, casi similar al Egipcio. En el Saltillo del ayer había varios lugares como estos. Uno de ellos el California Dancing Club, colindante con los terrenos del Ateneo Fuente. Otros más el de Santa y el de Concha, por citar solo algunos.
Ahí desfilaban mujeres venidas de otras ciudades para deleite de los caballeros de aquel tiempo. Angelina Comparán terminó su vida siendo propietaria de un modesto hotel por Cuauhtémoc, unos pasos hacia el sur de la calle de Colón y muy cerca del famoso Egipcio.
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