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El estirador

Por Juan Latapí

Hace 2 meses

Cuenta la mitología griega que en las montañas de Ática había una famosa posada atendida por un tipo llamado Procusto, quien se distinguía por su aparente hospitalidad y cordialidad con los viajeros. Pero cuando un viajero llegaba solo, el posadero entraba de noche en su habitación y le ataba las extremidades a las cuatro esquinas de la cama.

Entonces, había dos posibilidades: si el viajero era más grande que la cama, le mutilaba la cabeza y los pies que sobresalían del lecho; y si el huésped era de estatura más corta, entonces le estiraba las piernas y brazos hasta que se ajustaran exactamente a la fatídica cama en ambos casos. El verdadero nombre del posadero era Damastes, Procusto era su apodo, que significa “el estirador”.

La figura de Procusto, desde entonces, se aplica cuando alguien quiere que todo se ajuste –se estire o reduzca- a lo que se piensa o dice, como si se tratara de aquel mítico Lecho de Procusto.

La incapacidad para escuchar y respetar los argumentos de otros, o el temor a ser superado o contradicho por otra persona, es una manifestación de inseguridad y de envidia en la que se prefiere cortar la cabeza y los pies a quien sobresale para ajustarlo a lo que uno cree o piensa para que no le haga sombra.

Conforme se ha ido acentuando la polarización se puede observar a diario cómo los fanatismos de la politiquería de cada bando solo ven lo que les conviene, reduciendo los argumentos a su conveniencia y cerrándose a los planteamientos de los otros. Por ejemplo, quienes no piensan ni coinciden con el gobernante en turno, o candidato -del color que sea-, focalizan sus argumentos para descalificar, ridiculizar y ofender a dicho personaje para que, a base de mentiras, ajustarlo a la medida del lecho de su forma de pensar y sin importar la razón. Ambos bandos pretenden que creamos y nos ajustemos a su versión sin escuchar otras opiniones, dejando de dialogar para simplemente discutir.

Vivimos en una sociedad que cada vez más descalifica al diferente, al otro, a quien no piensa como uno. Nos hemos acostumbrado a dejar de escuchar las opiniones que van en contra de lo que creemos y, por el contrario, pretendemos que los demás se adapten a nosotros y acepten nuestras ideas sin chistar diciéndoles “yo estoy bien, tú estás mal”.

Hacerle sombra a alguien con argumentos razonables es casi una ofensa imperdonable. Vivimos rodeados por quienes se molestan cuando, con razones, se les explican otros puntos de vista. Abundan quienes no se ponen en lugar de los demás ni soportan ver y escuchar opiniones diferentes a las suyas reaccionando de inmediato descalificando y hasta con el insulto fácil.

Basta ver las noticias para comprobarlo, principalmente en la política, donde los errores propios son justificados con diferentes pretextos, ajustándolos a los intereses y conveniencias propias, mientras los errores de los demás son exagerados con dolo visceral para hacer escarnio del rival. Donde los aciertos propios son magnificados de manera absurda y estirados para denostar a los contrincantes, mientras que los aciertos de los otros son ninguneados, amputados y hasta omitidos. Basta observar las actuales campañas políticas.

Sin ir más lejos está el caso del AHMSA en que uno y otro bando sindical se descalifican entre ellos mismos sin escucharse, con ofensas al por mayor, incapaces de sentarse a dialogar para intercambiar ideas, mientras el todavía dueño sigue meciendo la cuna para llevar agua a su molino.

Cada postura antagónica tiene algo de razón y por mínima que sea se debe aprender a escucharla y no reaccionar con el hígado en la boca. Esa actitud visceral rebosada de fanatismo incluso lleva a que familias enteras se fracturen y dejen de hablarse en forma por demás absurda.

Así mismo, la terrible falta de autocrítica -de todos- ha dado pie para que los diferentes fanatismos se multipliquen sepultando la razón. Lo que a uno le conviene lo restira hasta deformarlo para acomodarlo a sus intereses; mientras lo que no conviene -o no se entiende- se mutila para ajustarlo a sus intereses, tal cual lo hacía Procusto en su lecho fatal.

Es por ello que es urgente aprender a escuchar, a dialogar, a ser receptivos y abiertos, cuestionando con fundamento y razones, procurando no seguir recetas ni soluciones prefabricadas y mucho menos repitiendo temas absurdos. En pocas palabras, evitar ser como Procusto y su lecho fatal, estirando o mutilando, lo que nos conviene.

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