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‘El estrangulador de los cines’; una leyenda en Mérida

  Por Sipse

Publicado el miércoles, 22 de febrero del 2012 a las 22:08


La historia del crimen en Yucatán ha sido diversa e impactante. Los asesinos en serie no son muchos, pero no por ello sus casos.

Mérida, Yuc.- La historia del crimen en Yucatán ha sido diversa e impactante. Los asesinos en serie no son muchos, pero no por ello sus casos han resultado menos estremecedores para la sociedad. Y es que en los últimos días ha corrido la versión del surgimiento de un nuevo criminal serial que podría estar matando jóvenes mujeres en el poniente del Estado, por el rumbo de Maxcanú.

Revisando anteriores expedientes sobre estos hechos, se pueden mencionar seis casos de criminales en serie que resultaron controvertidos y aterradores: el del infanticida de Tizimín, Héctor González Rivera, quien violó, torturó y asesinó a dos niños a principios de la década de los 80; el del ex futbolista Wilbert Jorge Solís Albertos, que mató a tres de sus amantes homosexuales entre 1979 y 1985.

También el del sexoservidor Alfredo Aguilar Cano “El Bunga”, que dio muerte a cinco miembros de la comunidad gay en años más recientes; el del travesti Enrique Medina Arjona “La Verónica” y conocido después de sus horrendos crímenes como “El Caníbal de la Lázaro Cárdenas”, ya que mató a dos hombres, los cocinó y luego arrojó sus restos al sumidero.

El del dipsómano Wílbert Román Gómez Carrillo “El Pájaro”, que asesinó a golpes a tres indigentes como él, por rumbos de “La Plancha” y el Chembech, y el último, entre 2007 y 2008, el del plomero Mario Alberto Sulú Canché, apodado “El Matachavitas”, que bajo engaños “levantaba” a ingenuas muchachas pueblerinas a las que encandilaba con bonitas palabras, las llevaba a lugares apartados, las ultrajaba y finalmente las sacrificaba, abandonando sus cuerpos en parajes solitarios de la zona henequenera de Yucatán.

De estos seis asesinos seriales, el primero ya salió libre y el último, se suicidó ahorcándose en el baño del penal, mientras que el ex futbolista, el prostituto, el travesti y el dipsómano permanecen tras las rejas purgando largas condenas.

Hoy nos ocupamos de otros casos relacionados con los comportamientos criminales y delictivos. Así, constataremos las distintas expresiones del mal entre los yucatecos. Algunos de estos criminales han obrado con mayor sadismo que otros; algunos más quizá permanezcan en la categoría de los mitos, de las leyendas urbanas que la población va formando día con día, sin darle tregua ni pausa a la imaginación colectiva.

Lo cierto es que lo mismo el criminal de los aventones o el temido “Cortanalgas”, como el mito del estrangulador de los cines o el desquiciado que asistía a eventos de gran convocatoria con la única intención de infectar a sus víctimas con una jeringa contaminada con el virus del VIH, constituyen en el presente una parte sustancial de nuestra ignominiosa galería criminal.

El criminal de los aventones

Hace ya unos 30 años hubo un asaltante de la carretera. La descripción de los pocos testigos coincidía. Se trataba de un hombre amable, de mediana edad, sin ningún rasgo representativo; el individuo solía dar “aventones” a los peatones solitarios en las carreteras, “ayudaba” a quienes así se lo pedían, para luego narcotizarlos con pastillas que les hacía ingerir mediante un refresco que les ofrecía a sus víctimas, para robarles después y, finalmente, arrojarlos en el camino. Estas fueron las únicas pistas que tuvo la Policía durante varios meses.

El “modus operandi” de este asaltante, que casi a diario se trasladaba en su automóvil Datsun de color rojo, de Mérida a Motul, era ofrecer un “raid” a personas solitarias que se paraban a la vera de la carretera a esperar el autobús hacia esa ciudad o poblaciones del camino, como Baca.

Cuando los confiados pasajeros se subían a su coche, el asaltante les ofrecía “amablemente” un refresco, el cual ya estaba preparado con anticipación, con fuertes dosis de tranquilizantes. Esto le producía sueño a los del “aventón”, quienes ya totalmente dormidos eran despojados de sus pertenencias por el conductor del vehículo, quien luego los bajaba a la orilla de la carretera, casi desnudos, pues hasta ropa y calzado les quitaba.

A causa de esto, una de las víctimas murió atropellada cuando totalmente drogada por esas pastillas caminaba en la oscuridad como “zombie” sobre la vía, sin rumbo ni dirección. Y otro falleció por una sobredosis.

Ya alarmada, la Policía intensificó la búsqueda de este criminal, y como tenía que ocurrir, finalmente el “asaltante de la carretera”, como se le conocía, fue atrapado cuando una de sus tantas víctimas lo pudo identificar.

El famoso “Cortanalgas”

Aunque no se trata de un asesino, pero que en potencia sí lo era, allá por los años cuarenta, un misterioso hombre que se transportaba en bicicleta y vestía de blanco fue el terror de las jóvenes con glúteos prominentes.

A este maniático sexual se le conoció como “El Cortanalgas”, porque cuando veía a una muchacha con un llamativo trasero, con un fino bisturí les hacía un tajo en los glúteos.

Oficialmente nunca se dio con el depravado, pero corrió el rumor que sí fue atrapado, pero como era hijo de un prominente galeno de la época, amigo del entonces Gobernador, fue dejado en libertad. El degenerado era un pasante de Medicina que, posteriormente, ya graduado como doctor, tuvo su consultorio por el suburbio de San Cristóbal. (Omitimos su nombre por razones obvias, ya que nunca se le pudo comprobar nada).

El estrangulador, ¿leyenda o verdad?

Corría el año de 1974, era el mes de febrero, en vísperas del Carnaval, cuando empezó a circular en la capital yucateca una alarmante noticia: un hombre, que se hacía pasar por una mujer de avanzada edad había asesinado por estrangulamiento a varias jóvenes meridanas en distintos rumbos de la ciudad. El zoológico de “El Centenario”, por ejemplo, había sido uno de los escenarios criminales, así como los baños de céntricas salas cinematográficas de Mérida.

La primera víctima habría sido una jovencita de unos 17 años, que fue sorprendida en el sanitario del entonces cine “Mérida”, de la calle 62 entre 59 y 61.

La muchacha entró al WC para hacer una necesidad fisiológica, pero al encontrarse sola en el cuarto de baño, donde la supuesta “viejita” estaba escondida esperando a una víctima, fue ahorcada con una media, al estilo del siniestro “estrangulador de Boston”, el infame Albert DeSalvo, que a diferencia del asesino yucateco, tenía preferencia por las ancianas.

Posteriormente fue estrangulada una estudiante de una secundaria nocturna, a espaldas de la entonces Penitenciaría Juárez, por el muro poniente del lúgubre edificio, calle que siempre se encontraba en penumbras y en la más absoluta soledad.

La tercera mujer asesinada fue encontrada en el parque de La Paz, siempre por el mismo rumbo.

La cuarta víctima, que supuestamente “salvó el pellejo”, habría sido atacada por el estrangulador cuando se disponía a abordar un autobús en la avenida Itzaes, a la altura del hotel que fuera casa del ídolo Pedro Infante. Esta joven fue la que describió al sospechoso, indicando que se trataba de un hombre de unos 45 a 50 años de edad, de tez morena, baja estatura, complexión regular, con la cara ajada y vestido de mujer y que, entre otras cosas, llevaba un bulto femenino en el que escondía sus “armas”.

La quinta mujer atacada por el estrangulador fue hallada en el baño del cine “Rex”, ubicado frente al parque de Santiago. El macabro cuadro que el intendente de la sala descubrió poco después de que concluyera la última función no podía ser más desconcertante. Con total sadismo el asesino había acabado con su víctima, la cual aún tenía los ojos abiertos, enseñando en sus últimos momentos de vida una expresión de terror.

Y empezó a circular el rumor que el asesino era un sujeto que residía por el rumbo de la colonia Mulsay, ya que la mayoría de sus ataques eran en ese perímetro del poniente de la ciudad, por lo que la Policía ya había puesto un cerco para atrapar al infame criminal, que aprovechaba los días de las carnestolendas para salir disfrazado de anciana.

Pero lo extraño de todo esto es que ningún periódico de la época hacía referencia de tan sonado caso. No se publicó línea alguna sobre este temible multihomicida. La “noticia” había causado tanto revuelo que hasta en la radio se empezaron a dar “flashes” informativos sobre el aterrador suceso. En tono explicativo, casi didáctico, los locutores recomendaban a las adolescentes no exponerse durante las noches.

Fue entonces que una ola de pánico se apoderó de las jóvenes meridanas, que ya temían salir a la calle cuando entraba la noche. Y no era para menos, después de sumarse un sexto feminicidio, al ser hallado el cadáver de una chica en un sector apartado del parque de “El Centenario” y a plena luz del día, lo que estaba indicando que el sádico criminal ampliaba su horario de acción y podía atacar a sus víctimas en cualquier momento.

Así fue que las estudiantes de las facultades de Medicina y Odontología, ubicadas en el campo de operaciones del asesino, dejaron de asistir por unos días a sus clases, temiendo por su seguridad.
Los reporteros de la fuente entrevistaron al entonces jefe de la Policía Judicial, Gilberto Pech Pech, quien negó todo al respecto y señaló que se trataba de una patraña inventada por algunos “graciosos” que “no tenían nada qué hacer”.

La nota aclaratoria sobre el caso del “estrangulador de los cines” se publicó tanto en “Novedades de Yucatán” como en otro medio, donde se pedía la calma a la ciudadanía y se negaban los hechos.

Pero, ¿fue todo un simple invento que corrió como pólvora por la urbe o fue realidad y la Policía lo ocultó para tapar su incapacidad al no poder dar con el asesino?

Al parecer todo se originó de una supuesta agresión a una joven en el baño de un cine y la noticia fue creciendo de tono al pasar de boca en boca, hasta convertirse en esta terrorífica historia. Una historia que con los años quedó como una leyenda urbana de la Mérida del siglo pasado.

Las jeringas con sida

El último caso de potenciales asesinos en serie, pero que terminó sólo como un rumor, ocurrió no hace mucho tiempo. No obstante, existen versiones que ubican a mediados de los 90 el antecedente más remoto de este caso. Para unos sucedió hace varios años, para otros es todavía un incidente mediato.

Pero eso es lo de menos. Lo importante es el hecho en sí mismo. Se trataba del hombre -o de los hombres- de la jeringa con sida. Cuando el rumor circuló en forma intensa, la versión señalaba que uno o varios individuos, procedentes de Cancún y enfermos de VIH, solían inyectar a los comensales o parroquianos de algún sitio atestado, con jeringas infectadas con el virus del “mal del siglo”.

La gente recuerda que estos malévolos sujetos aplicaban “piquetes” a las personas cuando éstas se encontraban en lugares aglomerados, como en bailes, discotecas, cines; también en calles muy transitadas por peatones.

También los periódicos publicaron que todo se trataba de un “cuento chino” que algún ocioso se había encargado de inventar. Poco más adelante, Villahermosa, Monterrey, Guadalajara, Culiacán, Distrito Federal y otras importantes ciudades de la República se sumaron a esta psicosis colectiva que, incluso, propició que mucha gente anduviera con miedo por las calles y en los sitios públicos y concurridos.

En la capital sinaloense, de acuerdo con publicaciones de la época, un periódico llegó a difundir un retrato hablado de los hombres que inyectaban el virus del Sida en las discotecas.

Una leyenda urbana más que queda para la posteridad.

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