Seguridad
Por
Ruta Libre
Publicado el martes, 26 de mayo del 2015 a las 00:14
Cansada de esperar promesas que jamás llegaron, Marce tomó el cuchillo con el que dio un sangriento punto final a una relación llena de violencia Aturdida por la pesadilla que vivía, la bailarina tomó a su hijo de la mano para correr al taxi donde huyó de una realidad que ya estaba escrita, porque fue aprehendida por la Policía cuando intentaba esconderse en una casa cercana pese a defenderse con “el escudo” de la legítima defensa.
Vida miserable
Suspirando por la añoranza de la felicidad que nunca llegaría, Marce reacomodó el espejo y animada por una extraña sensación se observó fijamente de pies a cabeza, habían pasado ya tres años desde que unió su vida a la de Víctor, pero nada había cambiado.
Pensativa por el futuro que divisaba incierto, su mente se postró en la tarde que por primera vez pisó Saltillo con la emoción de un porvenir que parecía común, pero que se acabó cuando el tiempo corrió haciéndole saber que viviría una triste odisea.
Y es que en su andar por estas tierras, la oaxaqueña conoció al franelero que la martirizaría por siempre, porque en el intento de crear la familia perfecta lo atrapó con su belleza sureña, ignorando que con ello atraía al peor de sus verdugos para evocar a la desgracia que ella misma concretaría años después.
Aún así, la fortaleza de su pequeño Jonathan la animaba a seguir adelante, mientras la pobreza que sufrían la alcanzaba sin piedad para atormentarla en silencio, porque prefería callar en vez de mostrar la debilidad económica que la consumía inevitablemente, rodando por la ciudad en las cantinas donde rentaba su cuerpo en 10 pesos la rola.
Por su parte, Víctor aprovechaba el estacionamiento de un centro comercial para lavar carros en un intento por agradar a su novel mujer, aunque en realidad buscaba dinero para perderse en el mundo ficticio que le producía su afición al vino, desatando con ello una guerra de pareja que parecía no tener fin.
Fatídico encuentro
Entre la oscuridad de la madrugada que se dibujaba trivial, la treintona salió del bar en turno y caminó por las calles vacías ignorando que su destino la perseguía con la hoz de la maldad, porque en una esquina divisó lo que no imaginaba, ahí estaba su consorte sentado en el charco de sus propias desdichas.
Bañado en el hedor que le producía el licor, Víctor se detenía en la pared de la mercería donde tramitaría el principio del final, porque nublado por su adicción comenzó la gresca que lo mandó al otro mundo casi inadvertidamente.
Bajo la farola del comercio que atestiguaba sus agrias diferencias, los amantes intercambiaron reclamos pasando de las palabras a los puñetazos, aunque fue el franelero quien sacó ventaja de su condición física pese a estar completamente embrutecido por la botella.
Despertando el morbo de los transeúntes que pasaban por el lugar, el escuálido borrachín tomó a su mujer por los cabellos para arrastrarla a mitad de la calle, empujándola hasta la vivienda de ambos, ante la mirada indolente de quienes presenciaban tan salvaje acto.
Siniestro final
Traicionado por el furor del momento, el peleonero irrumpió en el domicilio azotando la puerta mientras vapuleaba a la mujer, que suplicando perdón intentaba zafarse del yugo de su victimario para no sufrir más los estragos de la violencia familiar.
Exigiéndole dinero para comprar más bebidas, Víctor escuchó el rotundo no que lo hizo estallar en odio, tumbándola al suelo para patearla con rencor, mientras las circunstancias comenzaban a fraguarse para conspirar en su contra.
Aprovechando un descuido de su atacante, Marcelina se paró del suelo y con la ropa llena de tierra se aproximó a la mesa donde estaba el cuchillo que había usado durante la tarde, aunque en su intento por hacerse del arma fue sometida por el desenfrenado agresor.
Soportando la lluvia de puñetazos que le estaban dando, la mujer aprovechó un descuido del lavacarros y virando el cuerpo rápidamente tomó la daga, lanzando el tajazo que hizo blanco en el pecho de su victimario, quien cayó con la vida en suspenso ante el asombro de la fémina.
Impresionada, la bailarina corrió al cuarto y tomando a su hijo de la mano se dirigió a la casa de una hermana para esconderse, mientras el sacrificado salía a la calle para rogar por ayuda, siendo elementos de Cruz Roja quien lo auxiliaron sin éxito, porque murió mientras era trasladado a un hospital.
Minutos después Marcelina era aprehendida por la Policía, que resolvió el crimen sin problemas recetándole cinco años de prisión, aunque ésta aseguró en todo momento haber actuado en defensa de su vida y la de su hijo.
Por: Rosendo Zavala / Saltillo, Coahuila.- Con el cuerpo aún lleno de la tierra que se estaba tragando a patadas, Marcelina viró y con fuerza inaudita recogió el cuchillo que estaba en la mesa, lanzando un tajazo que destrozó el corazón del hombre que pagó de contado los excesos de una vida escandalosa.
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