¿Qué significa, en nuestra cultura, que una persona transexual sea vista por un auditorio de millones en la televisión pública, en un canal otrora estelar e influyente, y en el horario de mayor audiencia, durante 71 días consecutivos?
¿Puede alterar la percepción de la identidad sexual? ¿Se debe normalizar este tipo de producciones como ejemplo de pluralidad y diversidad?
Si los libros de texto ‘ideologizan’ (toda lectura por definición lo hace, con lo cual esa batalla está perdida de antemano si se pretende argumentar lo anterior en contra de su difusión), ¿la televisión qué hace?
Naturalmente, los contenidos educativos van dirigidos de manera obligatoria para los menores de edad inscritos en el sistema cuya rectoría tiene el Estado, y un reality show televisado no se dirige a ellos, aunque de facto también sean telespectadores con anuencia o no de sus padres o tutores.
El punto es la incongruencia propia del género humano, en este caso, mexicano: preocupación por un lado, displicencia por el otro.
Sin embargo la participación de Wendy en La casa de los famosos no es un asunto de guerra intergeneracional. Tampoco se trató de reivindicaciones acerca de la dignidad humana o la justicia social, ni siquiera la deconstrucción del discurso de género, aunque de toda experiencia se pueden sacar enseñanzas. Lo ahí expresado es más estrategia de comunicación que de política identitaria.
Es entretenimiento, concretamente un objeto de entretenimiento.
Por consecuencia no motivará reacciones políticas pese a las históricas cifras de audiencia y votación vinculadas al concurso. Difícilmente habrá cambios legislativos, más allá de que algunos representantes intenten congraciarse de manera temporal con un hipotético electorado al subirse al tren de moda.
Morena, por ejemplo, tiene dentro de su bancada en la Cámara de Diputados a un transexual identificado como María Clemente, más conocido por sus escándalos y exabruptos que por sus propuestas legislativas.
El fenómeno Wendy radica en un personaje que se sitúa ante la audiencia para ser observado. Es hedonismo. Narcicismo. Excentricidad.
Fuera de la pantalla su aceptación es distinta. Hay entonces un doble discurso que define su trascendencia en el espacio público, aderezado por esa nueva forma de censura que ahora se llama ser políticamente correcto.
A diferencia del pasado, donde las fórmulas y dinámicas de representación que se valen del recurso de la comedia grotesca, espacio al cual estaban restringidas las personas transexuales en la televisión, era el denominador común, en este caso no fue utilizado, pero sí exacerbó el morbo por vigilarle tras unas cámaras de videovigilancia que funcionan las 24 horas del día.
Habrá más transexuales, seguramente. Unos menos simpáticos y carismáticos que otros, hasta que la euforia pase. Y el personaje de Wendy en otras producciones televisivas hasta el límite del choteo, una vez llegó a México luego de por lo menos una década de proliferar en series de televisión cuya difusión se realiza mediante plataformas digitales de streaming (distribución bajo demanda).
Orange is the new black (Netflix, 2013-2019), y su versión española, Vis a vis, o Las chicas del cable (Netflix, 2017-2020) son ejemplos de visibilización. Otras producciones como Sense 8, o Edén, también del educador favorito (Netflix), o más atrás en el calendario, remontándose a concursantes de Gran Hermano, en España (Telecinco), o la serie Farmacia de Guardia (Antena 3, 1991-1995), son paradigmáticas.
Un participante ganador de Eurovisión 2014, Conchita Wurst, representante de Austria, también generó polémica en su día. O Laverne Cox, actriz que se convierte en la primer persona trans en ser portada de la revista Time Magazine. Posteriormente nominada a los premios Emmy.
Si bien los hábitos de consumo indican un repunte de la televisión a partir de la pandemia, como ha documentado el Inegi, Wendy se convirtió en uno de los fenómenos más vistos de la producción televisiva mexicana en las últimas dos décadas, tiempo en que irónicamente todo ha sido decadencia de contenidos y repetir el internet en la pantalla.
Su mérito ha sido atraer un target group distinto al consumidor tradicional y que hace años no sintonizaba la televisión abierta.
Un negociazo, también.
Cortita y al pie
¿Dónde sí es relevante? En visibilizar que se trata de un colectivo presa de los crímenes de odio y discriminación. Así como alguien podrá señalar que la violencia de género aumenta (o crecen las denuncias, más bien) y la violencia generalizada está disparada con más de 163 mil homicidios dolosos en lo que va del sexenio del Obradorato.
¿Es un fenómeno de mass media, un ícono LGBT, un parteaguas de la cultura popular?
La última y nos vamos
No. Aquí tampoco habrá trans-formación.
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