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Coahuila

El fin del trumpismo

Por Gerardo Hernández

Hace 1 hora

“Imaginen que estoy en las malditas boletas”, arengó el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en uno de los últimos mítines a los que asistió para incitar el voto por los candidatos republicanos. Sin embargo, ni la retórica más incendiaria podía contener la indignación social ni evitar la debacle del pirómano, de su partido y de su movimiento MAGA en las elecciones del 3 de noviembre. Los estadunidenses respondieron a la provocación. En las papeletas no sólo vieron la imagen insolente e iracunda de Trump, sino también los múltiples ultrajes y las repetidas ofensas contra ciudadanos de su propio país. Otro motivo para votar azul fue por el trato cruel e inhumano que su Gobierno brinda a los migrantes y el desdén por el sufrimiento causado al pueblo palestino. La guerra en la franja de Gaza ha provocado la muerte de más de 21,000 niños, de acuerdo con Save the Children y Unicef.

Trump no es político ni demócrata. Quienes se han forjado en la arena política cometen aciertos y errores, pero la mayoría procura el bienestar y la armonía del pueblo, no su destrucción. Los estadistas saben que “gobernar significa rectificar” (Confucio), mas también descontentar, de acuerdo con Anatole France. El aforismo de Samuel Johnson según el cual “Un país gobernado por un déspota es como un cono invertido” se aplica hoy con rigurosa exactitud a Estados Unidos y a su Presidente.

Enrique Tierno Galván no puede faltar en este recorrido intelectual. “Los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal”, advertía el primer Alcalde de Madrid después de la dictadura franquista. Los estadistas saben también que gobernar sin equilibrios y creer, desde el poder, que las convulsiones del pueblo son de gratitud (Tagore) vuelve odioso a cualquier Gobierno e irremediablemente lo conduce al precipicio. Estados Unidos ha tenido en su historia buenos presidentes, además de cultos: Jefferson, Roosevelt, Adams, Clinton, Obama…, pero también bastante ignorantes, entre los cuales destaca Trump por mucho. Sin embargo, reconocer la ignorancia propia es el primer paso para superarla. Pero cuando la soberbia le gana a la humildad, todo está perdido.

Trump tenía fuentes donde abrevar. Ya en su primer mensaje de investidura, pronunciado en 1861, Abraham Lincoln reflexionaba sobre la legitimidad del poder político y la soberanía popular frente a los conflictos internos: “Cualquier sección de este país, habiéndose constituido en mayoría, puede revocar y sacudir su propio Gobierno existente, así como sus instituciones actuales, siempre que lo haga de acuerdo con la ley constitucional misma”. Dos años después, en Gettysburg, durante la consagración del Cementerio Nacional de Soldados, el Presidente que abolió la esclavitud consagró la definición definitiva de la democracia: “el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Frente a este principio, Trump violó todas las normas cívicas, políticas y morales. Mintió, amenazó e insultó, mientras se enriquecía a expensas de un país que cargaba con el costo de sus aventuras belicistas y el encarecimiento de la vida derivado de sus arbitrarias políticas arancelarias. Cosechó el despreció que sembró odio. Si gobernar implica rectificar, las urnas brindaron la oportunidad de enmendar el rumbo mediante una contundente “ola azul” impulsada por legiones de ciudadanos que salieron a las calles bajo la consigna de “No kings” (No a los reyes). Reconocer la voluntad expresada en los comicios no constituye una graciosa concesión, sino un mandato ineludible. Para los efectos políticos e históricos, la etapa de Trump ha llegado a su fin.

 

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