Es una desgracia que nunca se me hubiera ocurrido tomarme una foto con una de las personas más significativas de mi vida, el hermano Carlos, el primer maestro, el más importante y fundacional. Me enseñó de hecho, la noción de lo que es ser un maestro verdadero, porque aunque podía ser un compa, siempre mantuvo una férrea distancia de autoridad y de respeto, de enseñanza y aplicación. No era un improvisado de nada y estaba atento de todo.
Por desgracia su oficina quedaba casi pegada al baño de las mujeres. Cuando íbamos a fumar ahí, sin duda él daba un tiempo prudente como para resolver nuestros asuntos de alivio corporal, y luego iba a tocar la puerta con la palma de la mano y se vaciaba el gallinero. Las sacaba a todas, como si hubiese hecho un conteo previo de quiénes estaban adentro. Lo más seguro era que su secretaria era la que le avisaba. De hecho él me enseñó a que siempre tratara bien a su secretaria y me encomió a hacer lo mismo con todas las secretarias.
Una vez alguien quemó su oficina. La leyenda dice que el alumno de primero B incendió una cortina que estaba fuera de la ventana de la coordinación y todo se prendió. Fue una quemadera bárbara y fue una zona de desastre por breve tiempo. No sé si mi memoria elabora, pero lo que yo recuerdo es al hermano Carlos transitando por la vida con una inusitada elegancia como siempre, imperturbable, pero sin duda ya ahora más alerta. El sabía todo.
Pasaron unos días y nada pasó. No hubo castigos, ni interrogatorios, no hubo bronca, no se señaló a nadie directamente. Tiempo después expulsaron al alumno de primero B porque a todos lados a donde iba se presentaba como el que había incendiado la oficina del hermano Carlos. Ahí es donde me vino clara la expresión “irse de hocico”. Qué feo es cuando nos pasa, pero a tierna edad ver esas manifestaciones de estupidez, te dejan muy marcada.
Como además de dar clases, fungía como gendarme entre los salones, fueron muchas las cosas que encontró en sus andares de vigilancia. Me da ternura pensar en todas las parejas que despegó el uno del otro, a los que sacó de los bamboleantes carros. Muchos de ellos que fueron novios en aquellos días, se casaron y aún están juntos.
Una vez encontré a Carlos de regreso, ash, del sitio en donde sabía que una amiga y su novio iban a fajarse. Yo vi su cara de que ya había regañado a alguien, y me dijo: los que van a la iglesia y no salen de ahí, luego son los novios más pervertidos. Y en efecto, el novio de mi amiga era una rata de iglesia. El hermano sabía todo de nosotros, lo cual también era un poco terrorífico.
A todas las personas que me importan, me he ocupado en decirles que les respeto y les amo, y por fortuna con Carlos no fue la excepción. Estábamos en una de las comidas de nuestro retiro previo a la graduación, fue un fin de semana ocupado. Lo detuve dos minutos, porque entre todos trabajábamos en servir la comida y, le dije lo mucho que su mentoría significaba para mí, que había aprendido mucho con él y me había vuelto más sabia (eso dije, bien oronda) y que lo respetaba profundamente. Me contestó: lo sé.
En el marco del primer día del maestro y la maestra, recordando al hermano Carlos Rosas Villarreal. Y a mi abuelo Manuel y mi abuela Virginia, maestros normalistas ambos.
Más sobre esta sección Más en Coahuila