Coahuila
Hace 4 años
Uno de muchos hijos (pues en verdad no sé cuántos), que procreó don Sotero Ramos, el famoso carnicero del Mercado Juárez, sobrevivía del oficio que le heredó su señor padre.
David Ramos López, con sus 80 años a cuestas, se mantenía de un modesto negocio, casi arrinconado del famoso centro de abastos de la ciudad, que vino de más a menos. Ahí, como otros de su especie, vendía menudo de res y cuero de cerdo.
El mercado de mi niñez y juventud contaba en su segunda planta con más de 20 negocios, entre carnicerías, tiendas de abarrotes y hasta puestos de mariscos, como el del señor Ramos, que era todo un atractivo, sobre todo para quienes tuvieron una noche deliciosamente amorosa o para quienes se fueron de parranda.
Los ostiones y los camarones eran los preferidos de estas personas. Don Sotero traía directamente de Tampico los productos del mar, entre otros, pulpo y pescado. La época más buena era en Semana Santa. No había aún pescaderías en la ciudad y el hombre fue por muchos años el número uno.
Los cocteles de ostiones y camarones “no tenían madre”, creo que ni padre, pues los servía de manera muy especial, con su respectivo toque de vinillo blanco de mesa. Los crudos pedían más alcohol que mariscos. Ya ostiones y camarones no son como antes. No surten el efecto afrodisiaco deseado, ahora te atiborran de colesterol. ¿Todo tiempo pasado fue mejor?
David Ramos López, uno de sus hijos, a sus 80 años, trabajaba en las entrañas del icónico edificio mercantil que está lleno de historia y de tradición.
De su padre precisamente heredó el localito. Don Sotero tenía otro en la parte central del mercado, denominado Carnicería y Pescadería Miramar, donde ofrecía productos frescos, no refrigerados, de las playas de Pueblo Viejo, Tamaulipas. Su fuerte era venta de carnes de res, cerdo, cordero y cabra.
Ramos López llevaba la mayor parte de su vida trabajando en el lugar. Era sin duda alguna el de mayor edad en el centenario centro de abastos de la ciudad.
Con nostalgia y dolor recordaba el día en que carniceros y abarroteros y los dueños de las tiendas de ropa de la planta baja lo perdieron todo. Un voraz incendio a mediados de 1950 acabó con la mercancía y parte del edificio. Se le atribuye a un cortocircuito. Los comerciantes instalaron improvisados puestos de madera en torno a la Plaza Manuel Acuña, en tanto era reconstruido el inmueble.
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