Coahuila
Hace 2 años
La ciudad del pasado está llena de recuerdos, de hechos, de cosas, de bellos paisajes, de legendarios cines, cafés de chinos, restaurantes de edificios coloniales e históricos que ahora no quedan ni la huella.
¿Quién recuerda al restaurante México Bello? Donde dos valientes y simpáticos jóvenes eran los meseros –“La Osa” y “El Firo”–, ubicado sobre la callecita del Padre Flores, frente a una de las tres entradas que tiene el templo de San Esteban, allí donde posteriormente se instaló el Ennos Quing Lunch, pequeño negocio que inicialmente ocupó el ala sur de la entrada a la primera estación de autobuses que tuvo Saltillo, ubicada en Abbott y Padre Flores.
El Café Victoria (sobre esta misma calle), de un chino de apellido Lee, donde se preparaban ricas viandas y el atractivo principal era una mesera chaparrita de nombre Josefina. O el Guadalajara, de las calles Aldama, donde otra fémina hacía suspirar a los varones, de nombre Belén.
Sin embargo, si volviéramos a recorrer las mismas calles no encontraríamos ni un solo vestigio de esos negocios, de muchos otros que tuvo la ciudad de nuestra niñez y juventud.
Las taquerías de antaño son otro boleto. Sobre la calle Padre Flores se instalaba con un anafre (un pequeño asador de lámina con carbón para calentar las vísceras de cerdo), y sobre este una repisa de tijeras de madera con una canasta repleta de tortillas recién hechas. Era el negocio de “Manos Prietas”, que se ganó el mote porque “con la mano pelona” sacaba de un bote de cuatro hojas sobre el anafre, las fritangas de las vísceras de cerdo con que elaboraba ricos tacos, rociados con una salsa muy picosa hecha en casa. ¡Me da una orden con todo, por favor! Los tacos de oreja de puerco de la Especial de los Solís, los taquitos de Ángel Reyna, los rojos de la Alameda, las flautitas de carne y frijoles de Acuña y Lerdo de don Leocadio.
El taco era todo, alimento, mantel, plato y servilleta, como tenedor los dedos, que luego chupados concluían la degustación. Ya queda sólo el recuerdo, pues pronto nos invadieron los hot dogs, las hamburguesas, las pizzas y en últimas fechas la comida china ¿o vietnamita? Hay una plaga de taquerías, que en algunas ocasiones una orden cuesta más cara que una “comida corrida” (de tres tiempos).
Y si de la clase popular se trata, el restaurante Saltillo, de Chuy Martínez, en Pérez Treviño, casi esquina con Padre Flores. Para la gente más pudiente el restaurante Huizache.
Las Coquetas en Juárez y Arteaga, que hacía el mejor menudo del mundo. Su dueño, Emilio Cedillo, se sacó el premio gordo de la lotería.
Ese día regaló todo el menudo a clientes y amigos y mandó a las cantinas cercanas. Tristemente este hombre perdió su fortuna con inversiones mal planeadas.
El Espejo número uno de Eustolio Valdez y el Espejo número dos de Andrés Valdez; el restaurante Principal, de don Braulio Cárdenas, y el Café Viena, de don René Molina, único de los antiguos que sigue vigente, con muy buena comida y buena clientela.
El Veracruz, a un lado del Cine Florida, donde la dueña era una frondosa señora (saludable, fuerte, hermosa), aparentemente originaria del puerto veracruzano, donde comían algunos peloteros de los Saraperos.
La lista puede resultar interminable, pero mejor ahí le paramos porque ya me dio hambre, ¡voy por unas “palomitas” de harina con ternera al Viena!
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