Lo extraño, lo insólito, hubiera sido no atiborrar de gente el Centro Histórico de la Ciudad de México. Se desbordó el Zócalo, El Ángel, la Alameda, El Caballito, la Glorieta de la Palma y las calles adyacentes a Palacio Nacional.
Con todo el impresionante aparato del Estado puesto a su servicio, podríamos pensar que la contramarcha de ayer en apoyo al presidente López Obrador ha sido el más monumental de los sinsentidos de la 4T.
Pero esta vez no se trata de un disparate, de una ocurrencia de dimensiones descomunales. Por el contrario, se trató de un calculado acto de poder, de egolatría; una manifestación para dejar en claro a propios y extraños quién detenta el poder.
Al más puro estilo de Echeverría o López Portillo, la maquinaria de movilización fue puesta al servicio de un demagogo sin ninguna preocupación por la realidad; un autócrata que no tolera las contradicciones; un populista incapaz de reconocer la existencia de otros.
La fuerza de las innumerables marchas para defender al INE fue vista desde Palacio Nacional no como un reclamo legítimo de la ciudadanía, sino como una provocación, una disputa intolerable de la calle, de los espacios públicos y del poder.
De ahí la necesidad de responder desde el Estado con cualquier pretexto. Cuando se gobierna desde la autocracia no hay espacios para la duda y la vacilación: la respuesta debe ser inmediata, eficaz, ejemplar.
El autócrata es incuestionable. Hay que obedecerlo, seguirlo, protegerlo, hacer lo que manda. Si otros salen a las calles y a las plazas a defender una idea distinta, hay que sacudirlos, acosarlos, descalificarlos, reducirlos a su máxima expresión.
De ahí la movilización y el impresionante acarreo de los cientos de miles; de ahí el monumental derroche de recursos para congregar en la Ciudad de México a innumerables contingentes de todos los rincones del país.
La marcha ha sido una manifestación de fuerza del populismo, un llamado a los núcleos duros del autócrata a no permitir las expresiones de las minorías ni de expresiones ciudadanas por más legítimas que sean. La verdad nacional es una y nada más.
En esa lógica ahora hay que ir más allá. Al fundamentalismo de AMLO ya no le basta un Movimiento de Regeneración ni el lopezobradorismo ni la cuarta transformación. Ahora su aportación al mundo es el “humanismo mexicano”.
Esa es su doctrina, su legado a la humanidad, la filosofía política que le permitirá trascender por los siglos de los siglos. En el país de la militarización, de los feminicidios, las masacres, la violencia irracional, la impunidad y la corrupción galopante se propone hoy el humanismo mexicano.
La marcha de ayer no fue otra cosa que una manifestación del autoritarismo presidencial; un ejercicio para institucionalizar la egolatría. Un monumento al narcisismo per saécula saeculórum.
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