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Coahuila

El infierno de Valentina

Por Alejandro Irigoyen Ponce

Hace 4 años

Tal vez nunca, tal vez nadie, podrá determinar con cierto grado de certeza qué o quién orilló a la niña Valentina a tomar la decisión de acabar con su vida.

Podemos suponer que esa niña de solo 11 años estaba inmersa en un verdadero infierno, aunque en su entorno familiar y escolar se le ubicara como una persona tranquila, con buen desempeño y en un hogar sin mayores sobresaltos o conflictos.

Qué difícil resulta conciliar lo que dicen en la primaria Urbano Flores, de que era muy buena niña, tranquila, seria, con un excelente desempeño académico y que no era molestada por nadie.

Qué difícil resulta conciliar lo que dicen los vecinos de la calle Catedral de Santiago, que vivía en un entorno familiar que nunca exhibió ninguna señal de alerta, que se le veía como una niña sana y normal que vivía con sus tres hermanas mayores y su madre, mujer dedicada al trabajo y la familia.

Sí, qué difícil conciliar lo que se dice con lo que sucedió, una niña que cursaba el quinto grado de primaria que decide acabar con su vida.

Tal vez nunca, tal vez nadie, logre siquiera una aproximación a lo que pasaba por su cabeza, a lo que sufría, a lo que le dolía y a lo que le tenía miedo, tanto, que prefirió morir.

Queda como apunte suelto, pero pareciera que no existen mecanismos concretos y efectivos para prevenir el bullying, para detectar casos de ansiedad o depresión en las escuelas y que los maestros realmente no llegan a conocer a sus alumnos.

Y lo más grave, pareciera que los padres tampoco llegan a conocer a profundidad a sus hijos, a saber qué les duele, a qué le tienen miedo; pareciera que son incapaces de identificar esos cambios de conducta que podrían reflejar algún trauma, de esos que alimentan la insatisfacción de vida y que abren la puerta a verdaderas tragedias.

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