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Coahuila

El mercado de artículos religiosos

Por Federico Muller

Hace 3 años

Con la anuencia de los autores de las teorías económicas responsables de explicar qué es el mercado, y sus diversas configuraciones, particularmente plasmadas en los manuales de enseñanza universitarios; ente abstracto y escurridizo, que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes en la consecución de sus relaciones económicas. El mercado por ende es muy anterior al advenimiento de la ciencia económica (siglo 18). Ya con el silente e imaginario permiso de los especialistas. Una forma sencilla de aproximarse a él, ha sido definirlo: como un conjunto de individuos, movidos por un interés común, el de satisfacer necesidades por supuesto mutuas, generalmente de orden material, a través de la compra y venta de bienes y servicios.

Bajo la guianza imprescindible de la “mano invisible”, la cual capitaliza la inclinación natural del hombre hacia la ganancia, y los tutela, para lograr que oferentes y demandantes maximicen sus beneficios. En la economía monetaria, comparadores y vendedores acuerdan los precios que mediarán en sus transacciones comerciales. La mundialización de los mercados ha acelerado la estandarización de los bienes tasados todos con precios, sin distinguir entre públicos y no materiales. No obstante, la sociedad mexicana todavía se resiste, de manera significativa, aquel reducto que por convicción mantiene una frontera ideológica entre lo espiritual y terrenal, a que el mercado penetre en las estructuras de las creencias en un ser supremo y absoluto, las mercantilice, manipule y lucre con ellas. Le cuesta trabajo aceptar que a los bienes no materiales de orden superior, se les pretenda tasar con precios y tarifas, de manera semejante a lo que se hace con las mercancías, que se ofrecen en un mercado de cualquier barrio, itinerante de frutas y verduras.

Lamentablemente, para este sector, el proceso de desacralización que se vive de manera global inhibe cualquier esfuerzo que quieran emprender los sectores más ortodoxos del país; este proceso secularizador, también se ha visto revitalizado en virtud de que las instituciones religiosas y los responsables de su cuidado, se han visto envueltos en escándalos éticos y morales, que nutren las fibras más sensibles de los descreídos. Una de las ramas lucrativas del comercio “espiritual”, ha sido la compra-venta de artículos religiosos en cualquiera de sus expresiones, imágenes, litografías, etcétera, que logran persuadir, por las ansias de materializar el objeto de su fe, a los consumidores creyentes para que transfieran, el anhelado poder salvífico sobrenatural del representado (referente “divino”) al representante, esculpido en cualquiera de sus representaciones, cuyas imágenes se caracterizan y ofrecen a la carta, es decir gama de colores, precios, materiales y flexibilidad en el tamaño para manejarlas, que se puedan llevar, en la cartera de bolsillo, o colocarse en el tablero del automóvil o bien en las paredes de la vivienda.

Generalmente la época y la cultura religiosa de cada pueblo han determinado las formas de comercializar bienes religiosos. Aunque la religión judía es monoteísta y proscribe cualquier imagen, susceptible a idolatrarse. Había surgido un mercado paralelo, de corte mercachifle. Cuando el pueblo era subyugado por el imperio romano. Aparecen escritos que dan fe de esa economía subterránea; muy pocos años antes de que surgiera la doctrina cristiana, en Palestina, aparecían en al atrio del templo de Jerusalén comerciantes que compraban y vendían monedas y aves para los adoradores judíos.

En México, de acuerdo con información oficial reciente, se registran y contabilizan 4 mil 532 establecimientos comerciales de artículos religiosos, de los cuales 99% corresponde a microempresas diseminadas a lo largo de la república. Aunque la generación de empleos no sobrepasa los 100 trabajadores, su mercado asciende a 2 mil millones de pesos en ventas anuales. Cifra nada despreciable en una sociedad cada vez más descreída y desesperanzada.

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