Hay muchas personas que, al menos aparentemente, disfrutan estando mal. Suena fuerte, ¿verdad? Todas las personas sufrimos, tenemos traumas y heridas que pueden haberse producido en la infancia, en la relación primaria con quienes nos cuidaron, o que se pueden haber desarrollado en etapas posteriores de nuestras vidas. Incluso, para las personas que creen en la reencarnación, pueden ser heridas y traumas heredados de vidas anteriores o de nuestros antepasados.
El punto es que todas y todos tenemos alguna herida, trauma o algún tipo de dificultad (personal, familiar, social, física, emocional, cultural, política, económica, etc.) que potencialmente nos impide vivir con serenidad. Muchas personas experimentamos algún tipo de ansiedad o angustia en nuestra cotidianidad, que se apodera de nosotros y que, desafortunadamente, puede llegar a controlar tanto nuestro estado emocional que termina dirigiendo nuestros comportamientos. Digo “puede llegar a controlar” porque su fuerza e impacto en nuestras vidas dependen solo del poder que nosotras y nosotros podemos darle. Y, por consiguiente, también podemos quitárselo.
No soy sicóloga ni profesional de la salud mental. Estas consideraciones surgen más bien de la combinación de dos factores. El primero está representado por las observaciones cuidadosas de la realidad que nos rodea y de mis experiencias personales. El segundo se relaciona con mi rol institucional. Como titular de una entidad encargada no solo de la investigación y docencia de los derechos humanos, sino que también tengo bajo mi responsabilidad a más de 200 personas, entre colaboradores y estudiantes.
Con el tiempo y como resultado de un camino personal de progreso y crecimiento, me he tenido que encargar no solo del desarrollo profesional de las personas que trabajan conmigo, sino también de su bienestar personal y emocional. Es algo que considero fundamental que un líder haga: los buenos resultados laborales no provienen únicamente de un buen desempeño en el trabajo, sino que, como demuestran muchos estudios científicos, las personas más productivas son aquellas que disfrutan más de su propia vida en términos emocionales.
Pero también, como alguien que ha invertido en su propio crecimiento personal, soy afortunada de empatizar con muchas personas que han tenido la confianza de compartir sus historias, su pasado y sus heridas conmigo. Creo que estas personas se pueden dividir en dos grupos: aquellas que, a pesar de todo, deciden transformarse y cambiar para vivir mejor. Son personas valientes que enfrentan a sus monstruos internos y toman la decisión de sacar su mejor versión. Saben que el proceso no es sencillo, se van a enfrentar a muchas resistencias y momentos muy difíciles. Estos procesos son como montañas rusas, con mucha adrenalina y muchos miedos, una infinidad de subidas y bajadas. Sin embargo, estos procesos son fundamentales para poder sacar nuestra mejor versión.
Y existe otro grupo de personas que aún no están preparadas para comenzar este camino; aquellas que continúan creyendo que la causa de sus problemas reside en factores externos, y buscan soluciones en espacios ajenos y fuera de su control. Estas personas también son valientes, ya que enfrentar la vida cotidiana con angustia y miedos no es tarea fácil. Quizás uno de sus temores más grandes sea, precisamente, abandonar esa infelicidad que, de cierta forma, constituye su zona de confort, para adentrarse en un territorio completamente desconocido donde se corre el riesgo de alcanzar la felicidad.
Porque incluso la felicidad puede asustar, si no estamos acostumbrados a ella. Pero nadie está bien siendo infeliz. Y es que, cuando somos felices, comienza la magia…
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