Tengo más de 20 años dando conferencias sobre cómo vencer el miedo, y hasta hace unos momentos estaba completamente invadido y controlado por él.
Hoy domingo 2 de mayo del 2021, a las 6 de la tarde he de partir plaza para estoquear dos toros en el mano a mano que sostendré con el matador Alberto Galindo “El Geno”. Esto se llevará a cabo en la reapertura de la plaza de toros de Nuevo Laredo, Tamaulipas, llamada Lauro Luis Longoria.
Tengo ya varios años de no ponerme un traje de luces para torear, y mi viejo amigo y compañero no podía faltar, el miedo.
En el momento que empecé a pensar qué escribiría el día de hoy, el miedo se me acercó a susurrarme al oído, y me dijo: “Escribe de mí, escribe qué sientes cuando me acerco para envenenarte; diles que soy amargo y desagradable, que me inflo, que me maximizo, que me meto por tus venas y llego a todos tus órganos, tus músculos, tu piel y todas las neuronas de tu cerebro que activan las alarmas para que te arrepientas de tus deseos y te rindas, para que te olvides de tus metas y objetivos, y prefieras evadir cualquier riesgo para lograr mantenerte a salvo”.
¿Entonces, el cerebro es nuestro enemigo? se podrían preguntar algunos de ustedes. Y la respuesta es que no. Simplemente nuestro cerebro tiene el mismo diseño de hace decenas, cientos o miles de años y su misión sigue siendo la misma: hacer todo lo que sea necesario para que sobrevivamos, simple y sencillamente eso. Y el miedo es una de sus principales y más efectivas herramientas, acompañándose del dolor y haciendo sinergia con él: mientras más dolor, más miedo, y viceversa.
En mis conferencias hago énfasis en que sentir dolor y miedo es natural, es bueno, es normal, lo malo es dejarse poseer y controlar por ellos, lo malo no es sentirlos sino ser incapaz de vencerlos y someterlos.
Eso es lo que yo predico y enseño en mis conferencias, y de una manera más amplia y eficiente en los cursos en los que enseño las técnicas de confrontación y supresión del miedo, el dolor y el sufrimiento, que he desarrollado y conforman El Proceso de Transmutación Emocional.
Para poder contener los nervios que tenía, y que me imposibilitaban pensar y actuar claramente a medida que se acercaba la hora de empezar a vestirme de luces para ir a la plaza, tuve que llevar directamente a la práctica conmigo mismo la teoría de la cual soy pregonero: hice un intenso y extenso “proceso de transmutación” y por fin pude transmutar el miedo en valor y emoción, y mis deseos de huir y evadir, en ansias de confrontar y triunfar. Cuando hube terminado y tomado posesión de mi nueva, positiva y poderosa actitud, arreglé mis capotes y muletas, desayuné y ahorita, a las 4.30 pm, estoy terminando de escribir esta columna. La corrida empieza a las 6, y lógicamente voy retrasado, esto se debe a que mi computadora portátil no funcionó bien y tuve que buscar en el hotel solución al predicamento. Lo hago en posesión de mis emociones y consciente de que tengo poco tiempo, pero no estoy nervioso ni angustiado, gracias al “proceso de transmutación” tengo el control de mi ser y de la situación.
Acaban de llegar a saludarme mis compañeros toreros de hace muchos años, los matadores de toros Alfredo Ferriño y Joselito Ruiz; les comenté sobre lo que estaba escribiendo, y los dos al unísono contestaron sonriendo: “Pregúntanos a nosotros, que sabemos mucho de eso”, luego los tres nos reímos de nosotros mismos.
En la próxima columna les relataré qué sucedió el día de hoy, mientras tanto les comparto este poema que escribí hace muchos años, cuando empecé a conocer de manera muy personal, a mi viejo amigo y compañero “El Miedo”.
¿Dónde está el miedo?
Y el miedo, ¿dónde está el miedo?
¿Tal vez está tocando a la puerta de mis sentidos?
¿O tal vez se encuentra dentro de mí y no me doy cuenta?
¿O será que ya me ha atravesado completamente y salió
por la puerta de atrás sin hacer ruido ni dejar huella?
No lo sé, estoy tan ocupado pensando sin pensar
en lo que pronto va a suceder,
que no tengo tiempo para averiguar
dónde está el miedo.
Mis manos no sudan ni tiemblan,
mi boca, en lugar de estar seca
y con sabor a centavo,
esboza una sonrisa,
y yo estoy ahí,
tranquilo, platicando, siendo amable,
firmando autógrafos automáticos
y sacándome fotos anónimas;
yo estoy ahí, pero como si no estuviera.
¿Y el miedo?
¿dónde está el miedo?
No lo sé.
¿Dónde se debe sentir el miedo?
¿En las piernas, que deberían flaquear?
¿O en el corazón, que debería de latir más aprisa de lo normal?
¿O en la mente, que debería de gritarme al oído que yo estaba
loco y ordenarme salir corriendo de ahí?
¿Dónde está el miedo?
¿Está en mí y en mis compañeros toreros
que siempre al darnos la mano
y suerte desearnos, parece como si embarcáramos en buques distintos,
y aunque en el mismo mar navegamos,
no sabemos si nos encontraremos
al final del camino?
¿Dónde está el miedo?
¿miedo a qué?
¿miedo a morir?
Si hay algo cierto en la vida
es precisamente eso,
la certeza de que hay que morir.
¿Y para qué vivir sin ser torero?
Cuando de esto un poco se ha probado,
todo lo demás pierde significado.
¿Dónde está el miedo?
¿miedo a ser mutilado,
a sufrir horribles dolores
y a quedar marcado?
Las piernas sanan,
o por otras hechas de palo se reemplazan,
los dolores y la pena de quedar marcado,
no es pena, sino orgullo,
que así no te ha dejado un perro, sino un toro bravo.
¿Dónde está el miedo?
¿miedo al fracaso, a la burla, al agravio?
Los romanos con sus dedos inclinados
arriba se han quedado,
¿y tú? tú estás aquí abajo,
y solo aquí se puede saber
qué es lo que está pasando.
¿Los de arriba?
Los de arriba solo están observando.
¿Dónde está el miedo?
¿Dónde se sienta el miedo?
A veces en barrera de primera fila
y grita y se hace notar;
otras, callado y discreto en la gradería,
y en ocasiones
en algún palco oscuro se oculta,
como queriendo disimular;
pero siempre está ahí,
no puede faltar,
es el primer invitado,
ya que, sin él, todo el toreo no tendría significado;
el reto estriba en tenerlo, sentirlo y vencerlo.
Ya solo quiero agregar, que,
aunque parezcan cosas distintas,
la vida del ruedo, y el ruedo de la vida,
vienen siendo las mismas,
y las mismas leyes
en ambas, hay que saber aplicar.
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