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El misterioso Pico de la Vega

  Por Redacción

Publicado el miércoles, 10 de septiembre del 2014 a las 14:01


Desde hace décadas los pobladores de la zona creen que en alguna cueva hay un tesoro olvidado

Saltillo, Coah.- Las montañas que rodean al valle saltillense guardan fantásticas leyendas. El olvido y el paso del tiempo conspiraron para borrarlas, no obstante, hurgando por ahí en la tradición oral pudieron ser rescatados algunos secretos y detalles referentes esta vez al “Pico de la Vega” y sus alrededores.

Allá, atrás del Cerro del Pueblo, a unos 10 kilómetros del Centro de la ciudad, sobresale la silueta característica del “Pico de la Vega”. Según los cartógrafos del INEGI, dicha elevación está a unos 2 mil 380 metros sobre el nivel del mar. En sus alturas se localizan las torres de la estación de microondas. Las tierras del entorno del pico ahora son destinadas a la explotación del barro; sus vallecillos son poco accesibles, virtud por la cual se cree fue un terreno propicio para las correrías de irritilas y tobosos desde tiempos inmemorables.

El señor Hugo Pimentel, dueño de un banco de barro que se localiza por el rumbo, comenta que varias personas han encontrado a su paso puntas de flecha de piedra de esas parcialidades indígenas del sur coahuilense.

Cuando se visualiza de frente a la montaña se aprecia a su lado oriente, y casi en la altura superior, unos cantiles casi verticales y ubicados en ellos unas covachas de boca alargada de no mucha profundidad, pero que el desfiladero las hace inaccesibles, sin embargo, algunos campesinos ya muy ancianos afirman que al otro lado de la montaña, por el cañón de la Vega, han visto unas cuevas, de una profundidad que pareciera no tener fin y de una oscuridad lúgubre.

Pero dejemos los detalles topográficos a un lado y pasemos el relato que don Antonio Méndez refiriera en su calidad de antiguo propietario de un rancho ahí por Padres Santos, rumbo a la carretera a Torreón.

Menciona el señor Méndez que por tradición oral de sus antepasados se dio cuenta de que el “Pico de la Vega”, los vallecillos de su entorno y sobre todo sus cavernas, sirvieron de santuario y refugio a las partidas de salteadores de camino real de los siglos 18 y 19. Lo inaccesible de esas oquedades naturales fue precisamente una de las características aprovechadas por los bandidos para guardar el fruto de sus fechorías, consistente en áureas y argentinas monedas, campanas de metales finos, joyas y otras piezas de valor del valle saltillense. Desde ahí seguramente se organizaban los asaltos a diligencias y conductas que llegaban o salían, según el caso, de la villa de Saltillo, Santa María de las Parras o a la Villa de Patos (General Cepeda). Pero también desde esas prominencias, refiere el señor Méndez, se planeaban los asaltos a las haciendas y rancherías de los españoles ricos residentes en Saltillo.

Con el porfiriato empezó a declinar la delincuencia rural y con ello se cree que la actividad en el Pico casi desaparece en el siglo 19.

Algunos campesinos, por los años cincuenta (1950-60), afirmaban que en ciertas noches por los caminos cercanos al Pico parecía escucharse el paso en tropel de caballos sin rumbo fijo, pero los animales no eran visibles al ojo humano.

En fin, de este relato queda la interrogante:

¿Existirá algún tesoro oculto ahí en las profundidades de las cavernas?

Asimismo, conviene reflexionar sobre si en aquellos tiempos de los siglos 18 y 19 el famoso y legendario bandido Tomás del Razo se sirvió de las cuevas para refugiarse después de sus correrías por la comarca del sureste coahuilense.

Sobre el nombre de Vega, aplicado al Pico, es probable que se deba a que por esos lugares algún propietario destacado de aquellos tiempos llevara ese apellido y fuera el dueño de alguna ranchería cercana a la montaña.

Finalmente, amable lector, le invito a que uno de estos domingos acuda a visitar las cercanías del Pico y verá usted que hay un aire o sensación de misterio alrededor de esta elevación natural.

El ícono de Saltillo

Erguido al poniente de Saltillo yace uno de los emblemas más representativos de la ciudad, el cual, a pesar de su importancia a través de la historia, los escritores han olvidado y pocos han hablado de él o citado en sus anécdotas, quitándole importancia a esta insignia saltillense: el Cerro del Pueblo.

Su nacimiento en tierras coahuilenses data del Terciario, desde hace 65 millones de años, que ha estado vigilando el poniente de lo que es ahora la ciudad, mismo que ha sido testigo del renacimiento del pueblo de la Villa de Saltillo hasta la actualidad y es caracterizado por una cruz en su punto más alto.

LA CRUZ DEL APOSTOLADO

Esta cruz se debe a la Cruz del Mirador, la cual estaba en un domicilio de la colonia Zamora perteneciente a la familia Ovalle, mismos que tenían su recinto al pie del Cerro del Pueblo y que cada año hacían una celebración en honor a este símbolo del catolicismo.

Feligreses, peregrinos y danzantes caminaban por la calle De la Cruz, hoy División del Norte, en la colonia mencionada, para participar en la fiesta anual de la Santa Cruz, la cual se celebra el 3 de mayo desde 1920 hasta la actualidad en la colonia Mirador.

Según cuenta la historia, la Cruz del Apostolado, como se le conoce a la cruz ubicada en la cumbre del Cerro del Pueblo, fue inspiración de los misioneros del Espíritu Santo, debido a las celebridades que se llevaban a cabo en la falda del cerro por la fiesta de la Santa Cruz.

En ese entonces se hicieron colectas y se dieron aportaciones para lograr edificar esta cruz, y en caravanas de burros se trasladaba el cemento, varilla, alambrón, arena, agua y piedra, para levantar la insignia en lo más alto del Cerro del Pueblo.

Desde entonces se hace una misa cada 3 de mayo, además, se han organizado peregrinaciones hasta ese lugar.

Debido a su importancia, el ex gobernador Óscar Flores Tapia hizo un intento por construir una carretera hasta la cúspide durante su mandato gubernamental, el cual pretendía atraer el turismo a la ciudad, pero el proyecto no tuvo éxito.

PUNTO DE REFERENCIA

El Cerro del Pueblo ha sido víctima de vandalismo y prestador de servicio para publicidad gratuita, esta montaña se ha convertido en uno de los símbolos más importantes de la ciudad, el cual se puede observar desde cualquier punto de la región saltillense, y ha sido un punto de referencia para ubicar las colonias del poniente.

Su nombre viene desde los primeros pobladores de la Región Sureste del estado, cuando fue fundado el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, el cual difería de la Villa de Saltillo, donde vivían los apoderados de la ciudad en aquel entonces.

Según el historiador coahuilense Javier Villarreal Lozano, desde esa época fue bautizado como Cerro del Pueblo, nombre que hasta la fecha es conocido no sólo por los saltillenses, sino en todo el estado de Coahuila y de los estados vecinos del norte del país.

“Todo lo que estaba de Allende al poniente era el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, para allá todo se llamaba del pueblo, la Villa de Saltillo estaba al oriente, el nombre viene por ahí, porque era del pueblo de San Esteban de la Nueva de Tlaxcala, diferente a la Villa de Saltillo”, comentó el historiador.

Desde entonces esta montaña emblemática de la ciudad fue bautizada con ese nombre, el cual ha quedado en la memoria de todos los saltillenses y pasó de los primeros pobladores a través del tiempo hasta el presente.

A raíz de esto vino el nombre de la colonia ubicada cerca de ese sector, la muy conocida Cerro del Pueblo, ubicada en la falda del cerro, además del Arroyo del Pueblo, el cual atraviesa la ciudad de sur a norte.

LLEGA EL ESCUADRÓN 201

Comenta también que después de la Segunda Guerra Mundial, el Cerro del Pueblo fue testigo de un hecho histórico a nivel nacional, cuando el Escuadrón 201 que había participado en esa batalla llegó a la ciudad para hacer unas representaciones bélicas en el poniente de la ciudad.

“Me acuerdo haber visto después de la Segunda Guerra Mundial, una práctica del Escuadrón 201 que participó en la guerra, que mandaba el ingeniero Antonio Cárdenas Rodríguez, e hizo un simulacro de ataque: pasaban los aviones y tiraban bolsas con cal o no sé que era, en la parte alta del cerro”, manifestó.

Otro de los pocos hechos simbólicos de este cerro se presentó durante la campaña a la gubernatura de Óscar Flores Tapia, el cual mandó colocar luces para pedir el voto a los ciudadanos saltillenses, lo cual causó polémica en los medios de comunicación de aquella época.

“Óscar Flores Tapia, cuando fue candidato a la gubernatura pintó el cerro para darse publicidad política, pusieron ahí ‘Candidato Óscar Flores Tapia’, con luces y se veía en toda la ciudad”, recordó el historiador.

“Recuerdo que había una persona muy folklórica que se llamaba Adrián Rodríguez, y un día encara a don Óscar y dice: ‘¿Por qué pusiste ese letrero en mi cerro?’, y le dice don Óscar ‘es tuyo’, y le contesta: ‘Sí, es mío’, entonces le dice: ‘Pues réntamelo’, y le responde ‘Sí, sí te lo rento, son 500 pesos mensuales’, y don Óscar ordenó a su tesorero, Miguel Ángel Morales pagar esa cantidad cada mes”, recordó Javier Villarreal.

Es el cerro emblemático de Saltillo, no se compara con otras insignias como el Cerro de la Silla, en Monterrey, o el de la Bufa, en Zacatecas, pero para los habitantes de la región ha sido tan importante como los otros mencionados.

A pesar de esto, el Cerro del Pueblo ha sido olvidado, son pocos los que se han inspirado en él para escribir historias, como don Óscar Flores Tapia, en su libro “La Casa de Mi Abuela”, o como la pintura de González Camarena en la Presidencia Municipal de la ciudad, por lo que a pesar de ser un emblema, la historia lo ha puesto en el olvido.

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