La ciudad nos sigue contando su historia
Plasmado en la pared del primer tramo de la escalinata del lado sur del edificio, es una pintura que en la imaginaria registra para el pintor, cómo los españoles y portugueses encontraron en su travesía por el desierto, procedentes del sur, el Ojo de Agua, primer lugar con líquido abundante, por lo que decidieron establecerse aquí para fundar lo que ahora conocemos como Saltillo, capital del estado de Coahuila.
La obra, lograda por el español Salvador Tarazona en 1933 en la pared interior sur del Ateneo Fuente, capta un paisaje llenó de follaje y árboles, al fondo las montañas de la sierra Madre y el tramo conocido como sierra de Zapalinamé, en homenaje al jefe indio que defendió su terreno. El panorama está bañado por un amanecer rosado.
“La representación del acto de la fundación de nuestra ciudad -dice la arquitecta Leticia Sifuentes Cavazos, sobre la misma emblemática pintura-, solemniza el momento enfatizado a través de una atmósfera, en la que se percibe un limpio ambiente que responde a la exuberante vegetación, que nos invita a respirar la frescura del viento.
Se hace sentir un silencio ceremonial, en el que pareciera escucharse el sonido de las aves y la caída del agua, la cual es interrumpida por la resonancia provocada por el nerviosismo de los caballos”.
Es el que los colonizadores denominaron El Saltillo, que sigue brotando del ojito de agua en el barrio del mismo nombre, al sur de la ciudad, fenómeno natural que dio origen al nombre de la capital coahuilense.
Aparece la figura, todo parece indicar del español Francisco de Urdiñola, y la del portugués Alberto do Canto y Díaz Vieira, este último primer Alcalde del Saltillo, de quien no existe ni un monumento, ni ninguna recordación oficial.
Hay otra pintura de Salvador Tarazona en una de las paredes que conducían anteriormente al segundo piso de Palacio de Gobierno, donde el artista recrea una de las fiestas pagano religiosas de la iglesia del Ojo de Agua, que se celebra cada segundo domingo del mes de septiembre, donde se observa el original edificio de la parroquia, al fondo de la Catedral de Saltillo, la iglesia de San Juan Nepomuceno y otras edificaciones de la época (1928-1929), y al frente un grupo de danzantes con llamativos listones de colores que penden de un palo alto, que le dan una singular belleza y originalidad al cuadro.
La ciudad nos sigue contando su historia, es cuestión de seguirle “rascando” en cualquier, rincón, edificio o calle.
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