“¡Qué puta tragedia!”, dijo entre lágrimas el cineasta multigalardonado Alejandro González Iñárritu, refiriéndose en su discurso de ingreso al Colegio Nacional a los miles de desaparecidos en nuestro país. “¡Qué puta tragedia! Ese terror es el mío, es el terror de todos los que amamos a este país. Las sombras son aquí la verdadera premonición. Estos muros (del edificio del Colegio Nacional) han sido testigos de 500 años de violencia, de mucha sangre y dolor…”. Mencionó asimismo que era el primer diploma que recibía y que había sido expulsado de varios colegios. “Me resistí por un tiempo a formar parte del honorable Colegio Nacional, porque el solo nombre me asusta. Por un par de años Juan Villoro me propuso y aún hoy no estoy convencido de poseer los méritos necesarios”.
Qué orgulloso se hubiera sentido el padre de Iñárritu. Si algo le admiraba a don Héctor González Gama era su enorme voluntad para levantarse de golpes durísimos como el que lo llevó a la bancarrota cuando era empresario bancario y padre de cinco hijos. Entonces “El Negro”, como le dicen de cariño a Alejandro (en homenaje al futbolista chileno Roberto “Negro” Hodge, ídolo del club América), tendría seis años. A esa edad veía cómo salía su padre al mercado para vender frutas y verduras. Siempre vio en él su fuerza de voluntad y recuerda que siempre conservó su buen carácter. Por esa admiración y por ese amor, “El Negro” le dedicó la película “Biutiful”, candidata a la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2010 y ganadora del premio a la mejor interpretación masculina (Javier Bardem) en ese certamen. También recibió la nominación al Óscar como mejor película en lengua extranjera.
Siempre he dicho que lo mejor de este gran rockero, guionista, ex locutor y egresado de la Ibero de 62 años —aparte de sus cinco Óscares, su doctorado honoris causa de la UNAM y muchos otros premios y distinciones, como la Orden de las Artes y las Letras de Francia—, son y han sido sus suegros, padres de su bellísima esposa, María Eladia Hagerman. Tengo la fortuna de ser amiga y colega de la suegra de “El Negro”. “No sabes lo bien educados que están mis nietos, claro que mientras filmaba la película de ‘Babel’, Alejandro sólo comía, respiraba y soñaba con esta filmación”, me decía la escritora Eladia González. Lalis, como la llaman de cariño, es una novelista muy exitosa autora de obras como “Quién como Dios” y “Mi nombre es Eva”. Ella tomó clases de literatura con el gran Germán Dehesa, era su mejor alumna. Lalis y Ricardo, su marido (qepd), se ocupaban de sus dos nietos, Eladia y Eliseo, que vivían en Los Ángeles y les hablaban mucho de México, país que adora su padre y que no deja de mencionar cada vez que puede en sus discursos.
El del pasado miércoles en el Colegio Nacional fue espléndido. Tras el evento se refirió a su familia: “Siempre ha habido una gran relación y son los que les ha tocado ir de un lado a otro. Hemos vivido fuera de México, pero no estamos ajenos, venimos por meses, de vacaciones. Siempre ha sido un refugio temporal en todos los días. Mis hijos son muy mexicanos”. Por otro lado, criticó el Mundial de Futbol: “No siento el ambiente mundialero. Haber integrado a tres países en el Mundial me parece avaricia de la FIFA, cobrar tres veces. El costo de los boletos me parece una grosería. Le quitaron al mundo un gusto popular… una decisión terrible de los que manejan el mundo de los corporativos y los marketeros”. También se refirió a su infancia en la colonia Narvarte y a la inteligencia artificial: “El arte no es el resultado, es la transmisión de una experiencia humana. Una película es el viaje, no el resultado. Si un chico hace una película en dos días… ¿qué le queda?, ¿cuál fue el viaje interno y cuál el aprendizaje?, por más hermosa que sea. Si alguien ve esa película sabrá que ese alguien detrás no tuvo más que apretar un botón” (Reforma).
Inútil decir que la trayectoria y los resultados tan exitosos de Alejandro González Iñárritu son un ejemplo para muchos mexicanos que no perseveran en sus sueños. “El Negro” es un ejemplo vivo de que sí se puede. No es cuestión de suerte, es cuestión de trabajo y de creer en uno mismo. Por mi parte, desde hace muchos años, he estado muy orgullosa del yerno de mi amiga Lalis.
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