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Coahuila

El nieto del Gobernador

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 años

El divisionario villista Santiago Ramírez García, originario del ejido Hedionda Grande, del municipio de Saltillo, fue una del millón de víctimas que la Revolución Mexicana dejó en un periodo de 10 o más años (1910-1920) de una sangrienta lucha frontal y fraternal.

Jesús Mata Ramírez, vecino del Ojo de Agua, “Chuy Mata”, como le decíamos en el barrio, era un hombre de regular estatura, de color blanco, de fuerte carácter y gran pelotero. Buen lanzador, le decían “la tira piedras”, tenía velocidad y tácticas propias de un pitcher. Militó en la primera fuerza en la Liga Municipal, claro con el equipo de su barrio, Los Matachines del Ojo de Agua.

Los Mata Ramírez ocuparon una casa en la calle de los americanos, donde eran muy estimados.

Era nieto del general Santiago Ramírez García, quien no sé por qué circunstancia fue designado gobernador del estado de Coahuila, y comandante de la Plaza, por un corto periodo, y como no era partidario del nuevo presidente de la República, Venustiano Carranza, además de desobedecer sus instrucciones, fue sometido a juicio y llevado al paredón.

Independientemente de la penalidad que llevaba encima el general Ramírez, ferrocarrilero de profesión, por el hecho de ser soldado de Pancho Villa y desobedecer las órdenes de Carranza, recibió un cúmulo de acusaciones extraordinarias, un tanto raras, que se relacionaba con eventos, donde el general había abusado de mujeres –lo cual jamás se confirmó–, entre otras incriminaciones que no fueron comprobadas, el hecho es que tenía que ser fusilado, como sucedió con muchos personajes en la época revolucionaria de nuestro país. Las inculpaciones escandalizaron a los propios ejecutantes, quienes recibieron órdenes de llevarlo al paredón, dudando de tales infundios, pero la orden ya había sido dada y habría que cumplirla.

El juicio sumario que, para hacerlo más rápido eliminaron algunas formalidades, tuvo lugar el mismo día de su posterior muerte, en el antiguo Teatro Obrero de las calle Aldama, que luego se denominó Cine Saltillo y ahora es la tienda Coppel.

El general Ramírez García fue conducido rumbo al Panteón del Estado, donde sucedería el fusilamiento.

Don Santiago se caracterizó por ser hombre rudo y violento, como las circunstancias revolucionarias lo exigían. Era encomiable el valor del militar en aquellos aciagos momentos.

Un gran contingente lo acompañó hacia el panteón (Santiago).

Decían algunos contemporáneos que el nombre del Panteón del Estado cambió al del valeroso soldado Santiago (Ramírez García).

En Purcell y Aldama pidió a los soldados que le permitieran saludar a su amigo, el general Adolfo Huerta Vargas. Se abrazaron y charlaron un poco. Al despedirse el general Ramírez, socarronamente y sonriente le dijo a don Adolfo:

–¡Allá te espero en el cielo o en el infierno, según me toque!

Y a los pocos días el militar también falleció.

Lo mismo dijo al oficial que dirigiría el pelotón de su fusilamiento.

–Pronto nos veremos, amigo.

Y el militar falleció unos meses después, también fusilado por traición a la patria.

Ramírez García, antes había pedido que le permitieran comerse una orden de enchiladas “Saltillo” en el Merendero Los Álamos, frente al panteón, donde también saboreó una cerveza, a la cual le quitó la espuma, porque según dijo “hacía daño al hígado”.

Ya en el cementerio, colocado en una de las paredes del lado norte, evitó que lo vendaran de los ojos y él mismo dio las órdenes de ejecución.

–¡Preparen, apunten, fuego!

Dicen que las desgracias no vienen solas, e igual suerte corrió su yerno Tiburcio Mata, padre de Chuy Mata, quien fue asesinado de varios tiros, mientras en un mitin defendía a varios campesinos que solicitaban tierras al nuevo gobierno.

 

La anécdota

A pesar de ser un hombre rudo y violento, que imponía terror en quienes lo trataban, el general Ramírez García tenía gestos muy dignos de admiración.

Cuenta don Melchor Lobo en su libro evocaciones, que un grupo de saltillenses “de alta alcurnia” ofreció al general Ramírez un banquete en su honor en el Hotel Urdiñola.

Que en determinado momento llegó un campesino humilde, pues su ropa así lo denotaba: pantalón de mezclilla, zapatos de vaqueta, jorongo al hombro, con invitación en mano fue desdeñado por los lambiscones organizadores que hicieron un gesto de disgusto y desprecio hacia aquel hombre, sentándolo en un lugar apartado.

Dándose cuenta el gobernador Ramírez García se levantó de su silla y se dirigió a él y le dijo:

–Papá, véngase a ocupar mi lugar, aquí es la cabecera y es donde usted debe estar siempre, yo me quedo donde usted está.

Las personas que maltrataron a don Hexiquio Ramírez querían que se los “tragara la tierra”, pues ignoraban que el campesino era el padre del señor Gobernador.

Todos admiraron aquel gesto del general Ramírez, que pese a su ignorancia y su rudeza, rendía hacia su padre un homenaje de noble amor filial.

 

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