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Coahuila

El odontólogo torero

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 años

Estoy cierto de que se han escrito infinidad de páginas de este excepcional personaje de nuestro espacio y tiempo, pero a mí me liga un sentimiento muy especial de orgullo y reconocimiento hacia el doctor Leoncio Saucedo, quien es protagonista de una historia digna de contar.

Él era un jovencito, yo un niño cuando lo conocí, con esa personalidad tan voluntariosa, llena de un impulso que lo llevó a ser famoso novillero, amigo de gobernadores, de políticos, de artistas y, por supuesto de toreros, con quienes llevo una límpida amistad, que él recuerda con nostalgia y vehemencia, un sentimiento de anhelo por situaciones del pasado, que a él le resultan gratas, importantes e inolvidables.

Cómo no voy a conocerlo, si el odontólogo torero era hijo de aquel famoso personaje de la barriada, don Leoncio Saucedo y de doña Dolores Saucedo de la Peña, él originario del Centro de Saltillo y ella del llamado poblado de La Aurora, comunidad dentro de la mancha urbana de la ciudad, pero separada por mucho tiempo por las pésimas condiciones de comunicación urbana.

Y la añoranza resulta de aquella especial panadería que tuvo dos nombres, La Muralla y La Antigua Muralla, que con grandes caracteres se anunciaba en la parte frontal de aquella casona de Hidalgo y Escobedo, donde principia el barrio del Ojo de Agua, cuyos tahoneros elaboraban tal vez el pan francés que jamás he probado después del cierre de este negocio, tostado, esponjadito por dentro y con el clásico olor de la panadería de antaño.

Don Leoncio, con límpido delantal, atendía a la clientela, pero tenía otra gran ocupación, era criador de vacas. Casi un centenar de estas pastaban en las orillas del Saltillo, por el rumbo del Asilo de Ancianos hacia al oriente de la calle Bolívar, donde no había casas aún. De 1920 hasta 1970 se mantuvo la panadería, que fue de gran prestigio por la calidad de sus productos y la leche fresquecita que cada mañana llegaba del establo a ese lugar.

Ahí se encontraba también la casona de los Saucedo, ubicada la entrada, por la calle de Escobedo No. 100, donde hace sombra permanente la cúpula de San Juan Nepomuceno, con vecinos como don Antonio, dueño de haciendas y padre de Robertito Guajardo, un destacado personaje de la ciudad, no sólo por su homosexualidad, sino por su arte, voluntarioso e impulsivo sujeto que también tiene su historia, lleno de una gran celebridad.

Otros vecinos fueron banqueros, empresarios, políticos, como Ricardo Villarreal, exalcalde de la ciudad; Raúl Ramos, Leonardo Arzuaga, Pepe Lobo, los sacerdotes de San Juan, y muchos más, que sería largo enumerar.

Desde niño Leoncio supo que iba a ser novillero y lo fue en serio, como lo muestran los carteles que posee en su casa, alternando con otras figuras de la tauromaquia en diferentes plazas de la República Mexicana y lo hacía a escondidillas, porque sus padres no se lo permitían.

¡75 años han pasado de torear y ver torear!, dice orgulloso el odontólogo torero, afable charlista y gran anfitrión, con una agradable voz, dulce, suave en la conversación y en el trato.

Me muestra objetos y cosas llenas de recuerdo, llenas de explicaciones que fue acumulando a lo largo de esos años. Como las 25 figuras de cera de algunos toreros, que donó al Museo Taurino de la ciudad ubicado en Ramos Ariz-

pe y Xicoténcatl. Posee trajes de luces, cabezas de toros y otros trofeos ganados en las lides en las que participó, pero además regalos de sus amigos los toreros, que es larga la lista, uno de ellos Eloy Cavazos.

Los hermanos Saucedo fueron María del Socorro, Ana María, María de Jesús, Dolores, Julieta, María Cristina y él. Sólo estos dos últimos viven, ella de 90 años y Leoncio, de 85.

El odontólogo torero casó con Olinda Martha González, ambos procrearon a Rosa Martha, Verónica, Olinda Rebeca y a Óscar.

 

Las anécdotas

Ahí en la casa de Escobedo No. 100, esquina con Hidalgo, estuvieron en una cena el maestro de maestros Fermín Espinosa “Armillita”, y el mimo mexicano de fama mundial, Mario Moreno “Cantinflas”, invitados por don Leoncio.

El 25 de abril de 2008 por poco pierden la vida el piloto de una avioneta de nombre Mario González, que se desplomó por el rumbo de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, así como Emilio Chapa Esquivel y el doctor Leoncio Saucedo, quien aún padece las secuelas físicas que le dejó aquel accidente, que pudo haber sido fatal.

La famosa levitación del padre Secondo de San Juan Nepomuceno es un mito. Muchos fieles aseguraban que el padre Secondo durante la misa se mantenía algunos segundos en el aire sin ningún apoyo. Lo cierto, dice el doctor Saucedo, es que el sacerdote oficiaba la misa de espaldas al público, sentado en un asiento de bicicleta, que con el atuendo le cubría hasta los pies, que mediante un mecanismo, que un sacristán accionaba escondido y levantaba lentamente al religioso algunos centímetros, quien además era  muy delgado y liviano, lógicamente.

 

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