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Coahuila

‘El Pana’ muere feliz

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 4 semanas

El remate de la columna pasada fue la pregunta que dejé en el aire, y que planteaba la interrogante, en referencia en cuanto a que ahora, esa tarde en Nuevo Laredo, ¿qué quería, o que busqué yo al volver a torear?

La semana anterior comentamos que después de que pasó la efervescencia del triunfo de “El Pana” en la México, este volvió a desear y a manifestar públicamente, que lo que él quería es que lo matara un toro, y también relatamos cómo fue que lo logró. Estaba muy clara y manifiesta su intención, y lo que él fervientemente anhelaba es que un toro lo matara en Madrid, en Sevilla o en la México, pero como lo asenté previamente, debido a su alcoholismo y a su falta de regularidad en las faenas, después de la efervescencia del triunfo en la México y la subsecuente falta de tardes exitosas en las plazas de toros de primera categoría, tuvo que ir buscando su muerte en las plazas más pequeñas y sin tanto lustre.

“El Pana” no era un torero de esfuerzos constantes, pero sí que lo era de genialidades, de desplantes, de detalles artísticos y sublimes, dentro del ruedo y extrataurinos. Por poner un ejemplo, en una ocasión alternamos en la plaza de toros de Mexicali, Baja California, “La Calafia”, con el matador Rafael Gil, “Rafaelillo”, -otro gran romántico de la fiesta brava-. “El Pana” había triunfado mucho en esa plaza, la afición lo quería y ese día de la corrida era su cumpleaños, así que le obsequiaron un gran pastel, y se hizo una ceremonia en el ruedo antes de que iniciara la corrida en la que “El Pana” recibiría y cortaría su pastel, que estaba en la parte trasera de una camioneta a mitad del ruedo, para el efecto traían un cuchillo grande con las dimensiones adecuadas para la susodicha labor, cuando le pasaron ese cuchillo al “Pana”, hizo un gesto de inconformidad, sin decir nada se fue hacia el lugar donde estaban sus herramientas de torear en el callejón de la plaza, y regresó con una espada en la mano, con la que con gran júbilo cortó en varios pedazos su pastel dándole certeras estocadas, la plaza entera aplaudió el gesto y “El Pana” recibió las primeras ovaciones de la tarde.

Así como llena de altibajos fue su vida personal, así lo eran también sus actuaciones en los ruedos, cuando salió su primer toro, lo recibió con el capote y la lidia continuó normalmente, sin embargo, después de darle solo una tanda de pases con la muleta, “El Pana” se dirigió hacia el centro del ruedo, todos supusimos que desde ahí citaría al toro para que le embistiera de largo y lograr un pase que cimbrara de emoción a la plaza, tal vez un pase cambiado o un péndulo, pero el asombro fue para todos mayúsculo, cuando “El Pana” atravesó caminando sereno y pausado el centro del ruedo, continuó hasta el otro extremo de la plaza, y sencillamente, sin hacer gestos ni decirle nada a nadie, se salió de ella. Ante estas sorpresivas circunstancias, yo tuve que prepararme rápidamente para salir a torear su toro, ya que el orden de la lidia así lo tiene contemplado, cuando el torero que antecede ha sido cornado por el toro, pero en este singular caso no sucedió así, “El Pana” simplemente se fue, que para el caso era lo mismo. Toree su toro y otros dos toros que me correspondían, y después de hacer las faenas, mi último toro me pegó una cornada al entrar a matar, razón por la cual me llevaron al hospital para operarme, y cual no sería mi sorpresa cuando salí de la operación, al encontrarme al “Pana” en la cama contigua hospitalizado debido a una congestión alcohólica. Lo paradójico y contradictorio de su personalidad era que “El Pana” había empezado a ingerir alcohol porque estaba muy contento de que iba a torear, pero debido a su estado etílico ya en la plaza no tuvo fuerzas para poder torear y se fue del ruedo, y de ahí se fue a una cantina a seguir tomando para olvidarse de la frustración y la vergüenza de haber abandonado la plaza por no poder torear, entonces siguió bebiendo hasta que le dio la congestión alcohólica y urgentemente lo trasladaron para ser atendido, coincidiendo conmigo en el mismo hospital y en el mismo cuarto.

“El Pana” y yo bromeábamos al respecto, pero el buen humor se le acabó cuando se enteró que el empresario que había organizado la corrida lo había demandado por incumplimiento de contrato, y exigía que devolviera el sueldo que le habían pagado. Así vivió “El Pana” y así murió. Años después, el 1 de mayo de 2016, en la plaza de Ciudad Lerdo, Durango, el toro “Pan Francés” lo dejó parapléjico, “El Pana” aguantó su agonía estoicamente poco más de un mes, ya que murió después de un complicado tratamiento hasta el 2 de junio, en todo ese tiempo, aunque no podía hablar -ya que estaba canalizado con tubos que le metían el oxígeno a los pulmones, puesto que por sí solo no podía respirar-, “El Pana” estuvo contento y feliz, cuentan los que lo visitaron en Guadalajara -a donde lo llevaron para ser atendido en las mejores condiciones por el doctor Francisco Preciado-, que todos los días leía complacido los periódicos que efusivamente daban cuenta de su estado de salud y de sus anécdotas y hazañas taurinas, él sabía que se iba a morir pronto, pero lo más grandioso y anecdótico es que él vio y vivió en vida propia como se convertía en una leyenda de los ruedos, si lo hubiera planeado no le habría salido tan perfectamente. Yo escribí para él este poema y se lo mandé a Guadalajara, me dicen que cuando lo leyó esbozo una gran sonrisa de satisfacción y gozo.

‘El Pana’ muere
Ahora que está en peligro de muerte, es este un homenaje en vida que me inspira brindar al torero, al compañero, a la figura, al personaje y a la personalidad, por lo que pasa hoy y por lo que depare el mañana: ¡Va por ti mi “Pana”!

¡“El Pana” se quedará por siempre!, como una llama que no se extingue, como un olé interminable.

Y aunque su cuerpo se vaya hoy, mañana, o pasado mañana, su espíritu rondará los ruedos, se paseará en los tendidos, cada tarde de toros hará su personal paseíllo.

Y aunque su cuerpo en la arena no se quedó tendido, como él así lo hubiera querido, su alma sí que quedó impregnada, en cada grano de arena, en la sangre derramada, en los triunfos y en los toros vivos, saliendo en hombros o con chiflidos, pero siempre con la frente en alto y el corazón erguido.

Y si es que su cuerpo se fuera hoy, mañana, o pasado mañana, su efigie se quedará en la plaza, en un lance, un trincherazo, un desplante, una sonrisa, una fumada al habano y en el par de Calafia.

Si su cuerpo se va por delante, en las tertulias quedará su chispa, en la anécdota, en un poema, un apodo, una ocurrencia, un chiste, un cachondeo o en su gran carcajada.
Las gentes mueren y se olvidan, pero los genios trascienden, y a través del tiempo permanecen, se inmortalizan, permean, por el espacio vuelan, flotan, planean, pero anclados con los pies en la arena, quietos, muy muy quietos se quedan.

En el recuerdo, en la memoria, en el añoro, en la alabanza, ¡“El Pana” se quedará por siempre!, ya no será tan solo el brujo de Apizaco, porque, aunque su cuerpo esté quieto, su espíritu inquieto toreará en todas las plazas por toda la eternidad, su arte y su embrujo estará vivo en el pasado, presente y futuro, pa’lante, pa’ siempre y pa’ todo el mundo.

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