Decía el maestro, poeta y escritor Vicente Quirarte que Ray Bradbury comentaba que él no hacía otra cosa más que divertirse escribiendo. Vicente pasó años escribiendo y divirtiéndose. Curiosamente en las clases de literatura que nos impartía en el taller de Elena Poniatowska, siempre se veía muy serio; nunca lo vi echarse una carcajada, porque él mismo escribió en “Urgencia de la poesía”, en una frase recordada por Erika P. Bucio, reportera de nuestro periódico: “No hay poeta feliz, pero el poeta es el más feliz de los mortales”.
Me consta que hacía algún tiempo encontraba a Quirarte particularmente feliz. “Es que está enamorado”, me decía cuando lo veía en las comidas que organizaba su pareja, la historiadora Helena González López, en medio de muchos amigos, disfrutando de una comida deliciosa. No obstante, seguido llegué a advertir en su mirada cierta melancolía. Como si en ella guardara muchos recuerdos tristes. Y claro que los tenía: el suicidio de su padre, el historiador Martín Quirarte, quien se arrojara de un puente cuando tenía 56 años, y de su hermano mayor. “De esa herida nació una parte central de su literatura, en particular La invencible, obra dedicada a su padre (gracias a quien llegó a amar profundamente los libros, por eso Vicente escribía con todo su cuerpo), entre autobiografía y ensayo que consideraba su testamento literario. Era, decía, el libro más difícil que había escrito porque sintetizaba la relación entre existencia y escritura: la tarea del arponero que intenta vencer a la ballena era semejante a la del poeta que intenta ‘vencer el silencio de la página’” (Reforma).
Vicente se fue a su mundo de ángeles a los 72 años debido al cáncer, con muchas gratificaciones. Fue admitido unánimemente en el Colegio Nacional y en la Academia Mexicana de la Lengua. Fue profesor e investigador de la UNAM, asimismo fungió como director de la Biblioteca Nacional de México y fue integrante de la Junta de Gobierno de la Máxima Casa de Estudios. Pero eso no es todo, en el año 2025 recibió el Premio Nacional de Artes y Literatura, como reconocimiento a su riquísima trayectoria. No en balde el escritor mexicano Eduardo Casar lo definió como un escritor “nuclearmente poeta” y agregó que Vicente era “un pensador de la muerte”, rodeado de vampiros y fantasmas. Adoraba los fantasmas. Yo creo que platicaba con ellos, y en especial con Ahab, el capitán obsesionado por la venganza contra la ballena blanca Moby Dick. Le gustaban tanto las ballenas que empezó a hacer una colección: “Pero dejé de coleccionarlas cuando la gente me regalaba ballenas, porque pensaban que me gustaba, entonces dejé de coleccionarlas”, decía Vicente. Esta fascinación por las ballenas le surgió gracias a la sala del cine Ópera, cuando apenas iba en la secundaria: “Iba con mi hermano Ignacio porque allí exhibían la película Moby Dick de John Huston, entonces la vimos muchísimas veces. No existían entonces los DVDs, ni los discos, ni Netflix, entonces teníamos que ver la película ahí y memorizarla. Todo eso me hizo gran adorador de las ballenas”, contó en una entrevista con Reforma. En su biblioteca, Vicente llegó a tener seis mil volúmenes, casi todos encuadernados, una costumbre que adquirió de su padre.
Vicente Quirarte fue autor de más de 60 libros, entre ensayo, narrativa y poesía, por eso era tan solicitado en diversos conversatorios. Apenas en noviembre del año pasado, María Helena González (quiero pensar que fue el amor de su vida), exdirectora del Museo Morelense de Arte Contemporáneo, organizó un encuentro en el Colegio Nacional titulado “Percepción, arte y bienestar: miradas desde las ciencias cognitivas”, coordinado por el propio Quirarte. Entre los ponentes se encontraba Helena, quien se bebía las palabras de su poeta que tanto admiraba y de quien estaba tan enamorada.
Vicente ya no está entre nosotros, pero allí está su obra, su poesía y sus cuentos. Dejó, igualmente, muchos recuerdos entre sus amigos, alumnos y alumnas. Siempre recordaremos a Quirarte porque, como bien dice la canción de Gilbert Bécaud “Quand il est mort le poète”, y que se refiere a la muerte de un poeta: “Cuando murió el poeta, todos sus amigos lloraban. Cuando murió el poeta, el mundo entero lloraba. Enterremos su estrella, en un gran campo de trigo. Y es por eso que la encontramos, en este gran campo de flores”.
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