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El precio de la adaptación

Por Columnista Invitado

Hace 3 meses

Por: Horacio Marchand

 

 

Hay que decirlo: queremos ser normales y ser aceptados, como todos; y para lograrlo, el precio que se paga es la cesión de nuestra esencia personal y de nuestros talentos únicos. Pero hay otro tipo de personas: los irreverentes; los creativos que se atreven a imaginar y emprender, los artistas que nos muestran lo que no queremos ver.

A este tipo de personajes se les considera medios locos, pero cuando aciertan les llaman visionarios; a los tercos, cuando les pegan, les llaman tenaces; a los exitosos que se dan permiso de ser, les llaman excéntricos.

Son un número pequeño de irreverentes, que van contra-corriente, que frecuentemente se dan de baja de la universidad y siguen su compulsión de crear algo que la mayoría ni siquiera visualizamos.

Algunos de los nombres del momento: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Amancio Ortega, Michael Dell, entre otros. Todos rompieron el molde sin preocuparse por ser normales o sensatos. La mayoría de sus emprendimientos fueron bombardeados con “eso no se puede hacer” o “es una tontería”.

Y esto me hace recordar cuando le pregunté a Michael Dell (en un panel que me tocó coordinar) que si le llamaron loco al pretender vender computadoras sin el canal de distribución tradicional y me contestó: “Yes, of course, but I didn’t listen”.

Famoso el caso de Henry Ford cuando le preguntaron si había considerado lo que el mercado pensaba antes de su Modelo T, y contestó “si le hubiera preguntado a la gente lo que quería, me habrían dicho que carrozas más rápidas”.

A Elon Musk, otro de los excepcionales, el Consejo de Administración de Tesla le propuso una compensación de un trillón de dólares (1,000,000,000,000 métricas estadunidenses), un dineral. La compensación sería a través del tiempo y con metas ambiciosas, pero el tema es que el consejo considera que sólo Musk tiene la posibilidad de transformar a Tesla en una potencia de la Inteligencia Artificial y la robótica.

Las grandes valuaciones de empresas tecnológicas de mayor crecimiento tienen en común que el fundador sigue ahí ejecutando su visión. Es clave que el espíritu del emprendedor viva todos los días en la organización. De lo contrario, las empresas gravitan hacia la administración más que a la innovación.

Es que las organizaciones, independientemente de su tamaño, tienen usualmente activado, de manera inconsciente, un sistema de exclusión que se las ingenia para eliminar lo extraordinario. Se quedan los que se parecen, los que piensan similar o se “domestican”. La nómina quincenal tiene una forma peculiar de exigir obediencia.

Una vez que se desvanece el espíritu irreverente del fundador, desaparecen con él la audacia y la innovación. Cada vez es más común que las grandes organizaciones compren empresas en lugar de invertir en investigación y desarrollo.

Hasta los punteros en la era digital y de inteligencia artificial, que nacieron con modelos de negocio disruptivos, terminan recurriendo a la misma estrategia de adquirir a otras empresas.

Ya sea para fortalecer su posición en el mercado, incorporar talento o acelerar su entrada a nuevas industrias, la compra de compañías se convierte en un paso inevitable para sostener el crecimiento y ampliar su ecosistema. Según Tracxn, Nvidia ha adquirido cerca de 28 empresas, Microsoft más de 200, Google alrededor de 260 y Amazon más de 110 desde su fundación hasta 2025.

Nótese que todas las compañías adquiridas son de su misma especie: “Irreverentes, descompuestos, ovejas negras y descabellados” para los estándares normales.

La realidad es que, en el fondo, todos somos especiales y únicos. El tema es el darnos el permiso, soltarnos la rienda y buscar entornos que nos habiliten el florecimiento. Conviene recordar que lo normal está peleado con lo excepcional.

En cuanto a innovaciones o revoluciones, a veces una cabeza piensa mejor que muchas y vale oro, a veces hasta un “trillón de dólares.

 

 

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