El 11 de septiembre de 1886, en Matamoros y De la Fuente, siendo gobernador del Estado Julio M. Cervantes, se inaugura el primer nosocomio con que contó la capital coahuilense, toda una hazaña de dos grandes médicos de aquel tiempo, José Figueroa y Ramón Dávila.
Era la primera asistencia médica formal que se otorgaba a la comunidad saltillense de 30 mil habitantes, ciudad aletargada que crecía lentamente, pocas calles empedradas y carentes los hogares de los servicios sanitarios que ahora poseemos. Unos cuantos coches tirados por caballos o mulas, propiedad de los riquillos de aquel tiempo, circulaban por la antigua mancha urbana.
Como diría el poeta José Lajous Madariaga, “la ciudad es triste como todo los días, cuatro coches y carruaje que venían de lejos que, resonando sus hierros, se quebraban de viejos, las casas eran enanas y la desolación solo era rota por siete parejas que humanizaban la escena, la inmensa alameda, y en los mustios hogares sobre sillas de Viena, las comadronas murmuraban”. Aún no llegaba la luz eléctrica y estaba en construcción la torre de Catedral.
La salud de la ciudad era atendida por una docena de médicos que curaban de todo, y tres rústicas boticas que se encargaban de elaborar a partir del mortero las soluciones o medicamentos que los facultativos dictaban. Algunas mujeres y los propios médicos servían de parteras y parteros en improvisados aposentos dentro de los mismos domicilios de las parturientas. Las operaciones igual de rústicas se hacían en el espacio más limpio de la casa, “ahí se instalaba la quirófano”, donde se intervenía al enfermo bajo los efectos del alcohol y, en el mejor de los casos, de la inhalación del éter, el anestésico recién descubierto por la ciencia médica de entonces.
La noticia del primer hospital civil de Saltillo fue publicada al día siguiente en el periódico oficial El Coahuilense, bajo la redacción del ilustre Jacobo M. Aguirre, poeta y periodista de la época, cuyo nombre lleva una de las calles del oriente de Saltillo.
Dentro de una pieza oratoria, Aguirre hace una perfecta descripción del acontecimiento, alabando hasta el infinito la bondad y dedicación de los dos profesionistas de la medicina, Figueroa y Dávila, que tuvieron la idea de instalar un nosocomio a la altura de las necesidades de la ciudad.
Hubo una ceremonia muy alusiva con la participación de poetas, cantantes y músicos, así como una corrida de toros.
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