Arte
Hace 5 años
En Blossom los días y noches desde el inicio del Apocalipsis eran todos iguales, la población se levantaba muy temprano para cumplir sus obligaciones asignadas, los mercaderes plantaban sus tendajos con el fin de enriquecerse a costa de la desgracia ajena, mientras que niños y jóvenes eran enviados a pequeños colegios improvisados donde pudieran mantener la mayor normalidad posible y prepararse para un futuro incierto; el modelo educativo se había modernizado por lo que, adicionalmente a matemáticas, historia y demás materias tradicionales, ahora enseñaban también tácticas de supervivencia, y diversos métodos para no ser detectados por las criaturas. Organizacionalmente las autoridades buscaban mantener a la máquina trabajando como antes, mientras que la guardia de seguridad y fuerzas policíacas realizaban sus rondas, con las que pretendían mantener el orden que, como se ha dicho antes, hasta ahora estaba de manifiesto.
La población general pasaba sus días con perpetuo temor hacia las criaturas que sabían estaban ahí afuera, y con la tranquilidad que la cotidianidad permite dar a cualquier situación sin importar cuán desesperada ésta sea. Lejos del conocimiento general estaban los sucesos que ocurrían bajo tierra, en la zona de mayor seguridad del campamento, una que no era del todo conocida por los pobladores más que por rumores; el sitio donde el verdadero gobierno se encontraba.
El complejo de construcciones, caminos e instalaciones que era conocido popularmente como Blossom, sólo era la superficie visible y pública de algo que se construyó con una finalidad algo menos altruista. Bajo tierra, a 300 metros profundidad y abarcando más de la totalidad del área visible que componía el campamento, existía un búnker con capacidad para controlar un país completo. En su interior se encontraban albergados líderes mundiales, dirigentes, militares y personal esencial para el correcto funcionamiento del campamento y de la táctica de defensa. Era un lugar con la más alta tecnología disponible hasta el momento en que el fin del mundo puso un alto a la industria, única parte en que el uso de la electricidad no se encontraba racionado; en su construcción, como en la del resto de los campamentos modernos, participaron todas las naciones aliadas por lo que el territorio era oficialmente considerado como neutral y no como parte del país que lo albergara. Aquellos que estaban seguros dentro del búnker eran quienes controlaban lo que sucedía no sólo en la superficie de Blossom sino en todo el mundo; eran ellos quienes pondrían en marcha las acciones que podrían llevar a la humanidad a su salvación o acelerarla a su exterminio.
Al interior del búnker, como se le llamaba a la base subterránea, en una de las muchas salas de juntas, amueblada lujosamente con sillones de piel y pisos de mármol, protegida con un impresionante cerco de seguridad, era donde algunos líderes mundiales aliados se habían reunido; el objetivo: planear una vez más una táctica de contraataque que lograse eliminar o hacer retroceder a las profundidades a las criaturas agresoras y mejorar las expectativas de supervivencia de la raza humana.
—Cinco que nuestras ciudades principales ya cayeron completamente en mi país, murieron más de diez millones de habitantes. —Comentó alterado uno de los hombres que se encontraba sentado ante la enorme mesa de juntas, bebiendo un fino café en una carísima taza
con decorados de oro, resguardado, al igual que el resto de aquellos privilegiados, por dos agentes connacionales, elegantemente vestidos. Aunque a estas alturas los títulos políticos servían de poco en el exterior, dentro del búnker a todos se les llamaba Señor Presidente; a pesar de su estatus de VIP, estos hombres y mujeres no eran diferentes de los que estaban arriba; igual que sus conciudadanos y el resto de los sobrevivientes, sin importar origen, raza o condición social, su semblante era triste, desencajado; y todos los participantes en la reunión tenían esa misma expresión de angustia, ninguno sabía realmente qué debía hacer o cómo era preciso reaccionar, sin embargo trataban de fingir una entereza que se veía falsa a cien metros de distancia.
—Tenemos a nuestras fuerzas armadas dispersas dentro del territorio nacional, enfocados en labores de rescate, estoy seguro que podemos reunir a la mayoría, si nos coordinamos podemos retomar las ciudades una por una. —Comentó otra persona que aunque por dentro no era muy diferente al primero, su actitud era agresiva y altanera, lo que hacía para tratar de esconder su gran miedo; después de todo, una apariencia fuerte era lo único que le quedaba y no sería él quien sería enviado a una muerte segura en combate. Sus palabras fueron secundadas por un buen número de sus iguales al mismo tiempo que observaba gloriosamente hacia la bandera de su nación, la cual adornaba la sala junto a la del resto de los países del mundo.
—¿Aún tenemos todos los aquí presentes la capacidad de respuesta suficiente para una empresa como la que usted propone? —Preguntó quién, para niveles prácticos, fungía como el Primer Ministro de Blossom. Se trataba del Presidente del país donde el refugio se encontraba, hecho que inconscientemente le daba una cierta autoridad por sobre los demás; por su parte él trataba de ser cauto con sus palabras; una guerra interna por no llegar a un acuerdo entre todos los dirigentes sería más peligrosa que los monstruos de afuera y se convertiría en el puntapié final a la existencia humana. Este hombre había sido el hombre más poderoso del mundo antes del Apocalipsis y hoy en día mantenía algo de aquella autoridad al ser su nación, su gente, la encargada del mantenimiento y control del más importante sistema de defensa en el mundo. Pese a que el búnker y todo Blossom fuese considerado como un área neutral, en realidad la última palabra iba a ser la suya, por lo que, además de ser lo más cercano a considerarse líder en el lugar, también el peso del destino de la humanidad recaía sobre su espalda. El hombre, sin embargo, era inteligente y sabía mucho más de lo que decía, cuidándose siempre de dar a conocer información antes de tiempo o de formularse una decisión sin conocer la totalidad de los detalles; era la persona indicada para el puesto.
Apenas terminó de formular su pregunta uno de sus contrapartes, de amplia trayectoria militar, se apresuró a contestar con la energía característica de los hombres de armas. —Señor Presidente, puede usted estar seguro que tenemos las armas y los hombres suficientes para una ofensiva, si todos nosotros unimos nuestras fuerzas armadas podemos sin duda ganar esta guerra; las criaturas ahí afuera pueden morir tal y como cualquier otra, lo hemos visto, su mismo capitán Cyrus ha matado ya a varios de ellos y con suficiente poder de ataque nosotros…
—… ¡NO SERVIRÍA DE NADA!
Un desconocido impertinente interrumpió el monólogo de una de las personas más
poderosas y, antiguamente, más peligrosas del mundo, una acción a la que sólo Cyrus, el propio Presidente local y, al parecer, esta persona desconocida, se atreverían a realizar. El desconocido impertinente se había mantenido en silencio desde el inicio de la reunión; no era líder de ningún país, su complexión débil y modales finos, aunque indiscretos, permitían notar que tampoco era militar, se podía percibir por su voz y forma de hablar que era ciudadano del país anfitrión, hecho que se constataba por su acento sureño.
—No serviría de nada. —Repitió a menor volumen sin dejar de observar a su Presidente. Sus ojos casi no parpadeaban, sus manos las tenía en completa calma y no se le veía ni una gota de sudor en la frente, en otras palabras el individuo estaba en completo control de sus emociones, ausente en apariencia de miedo, hecho que hacía que todos le prestasen la máxima atención. Fuera del capitán Cyrus nadie había visto en meses a una persona que no mostrase temor en sus ojos o cuya voz se quebrase al hablar, una persona como esta se sabría hacer escuchar en una situación como la que se estaba viviendo. —Nuestro país está actualmente como mucho a un 60% de potencia militar y esa cifra cae a cada momento, sabemos que a sus países les va mucho peor.
La información referente a la mala condición militar en otras naciones era cierta, cada integrante de la reunión creía ser el único con datos precisos acerca de sus fuerzas armadas y todos habían optado por guardar su debilidad nacional en secreto; esperando que sus contrapartes cubrieran sin darse cuenta sus deficiencias, no obstante durante el Apocalipsis los secretos no tardan mucho en revelarse; tras algunos instantes de incómodo silencio, sólo el tiempo necesario para recuperarse de la impresión de que sus datos, antiguamente confidenciales, fueran conocidos por un extraño, otro de los “poderosos” participantes añadió:
—Podríamos mandar a las armas a la población de los refugios, tenemos a millones de personas capaces en todo el mundo. Todo aquel que pueda sostener un arma será enviado inmediatamente a combatir, todos tendrán que…
Un fuerte golpe sobre la fina mesa de caoba sirvió para interrumpir nuevamente el soliloquio, su causante fue el mismo desconocido impertinente de hace unos instantes. Pese a que la mayor parte de la concurrencia no tenía idea de quién se trataba, todos reconocían que habría de ser alguien de gran importancia para tener permitida la entrada a una reunión como la que se estaba produciendo en esos momentos. Este sujeto que aún no daba a conocer su nombre (hecho que estaría próximo a llegar) fue quien había interrumpido al predicador en la superficie de Blossom, sólo unas pocas horas antes del comienzo de esta tertulia; aparentemente a esta persona no le gustaba escuchar hablar a los demás.
El sonido resultante de las acciones del desconocido impertinente ocasionó un gran malestar en casi todos los “poderosos” hombres, malestar que era notorio en las miradas hostiles de quienes veían sobrepasada su maltrecha autoridad. De entre todos los asistentes, había, además del Presidente local, uno más que no se inmutó, sentado con timidez al lado del desconocido impertinente, de avanzada edad, mirada gacha y facciones bonachonas. Sólo éste y el Presidente parecían conocer la identidad del desconocido.
—Únicamente lograría extinguir nuestra especie mucho más rápido de lo que ya lo están haciendo. —Comentó sin mostrar ningún tipo de nerviosismo ante tan retadora respuesta. —¿O ya olvidó el Gran Error? Según recuerdo señor Presidente, fue usted uno de los principales
impulsores de la primera medida de represalia… Caballeros, —dijo sin permitir al iracundo mandatario responder aquella acusación y cambiando a un sarcástico tono conciliador, —entiendan que reinstaurar la Leva no serviría de nada, la gente en los refugios no sabe pelear, no importa qué armas llevaran, no durarían tres días ahí afuera, no ante esas criaturas. —Sus palabras, dichas con gran seguridad, además de un marcado y visible menosprecio por su interlocutor, fueron suficiente para dejar en silencio al resto de los “poderosos” hombres que integraban la junta.
Como nadie se atrevía a discutir abiertamente los comentarios del desconocido, éste decidió continuar su diálogo. —Mi equipo y yo hemos hecho algunos cálculos que creemos son bastante precisos; basándonos en las muertes de soldados en todo el mundo que diariamente nos son reportadas al búnker, y que he de añadir son obviamente falseadas por ustedes, en aproximadamente dieciocho meses ya no tendremos en todo el planeta a un sólo soldado más para combatir… Mis señores, ese es el tiempo que nos queda antes de perder completamente nuestra capacidad de respuesta y perdiéndola no podremos retomar nuestra antigua vida; no habrá más por hacer que esperar que los sheitans nos encuentren y… bueno, ustedes saben bien que sucede después.
La frase “sólo dieciocho meses” tuvo el efecto de un explosivo en la moral de los presentes, el semblante de muchos de ellos se oscureció aún más, a otros les hirvió la sangre; aquel Presidente que fuese peligroso en sus días antes del apocalipsis (ese al que primero interrumpió), sumamente enardecido, levantó la voz, apretó los puños y escupió indiscriminadamente mientras pronunciaba cada palabra. —¡Dieciocho meses es tiempo suficiente para entrenar a los sobrevivientes, CARAJO, podríamos entrenarlos en tres meses nada más!
Una oleada de comentarios se abalanzó contra el desconocido impertinente, la gran mayoría de los participantes concordaba con el iracundo Presidente, tres meses serían suficientes para adiestrar a los sobrevivientes en cada campo de refugiados, ni se diga lo que se podría lograr en dieciocho. Los líderes mundiales y altos mandos de los varios ejércitos presentes en la reunión comenzaban a tomar parte en contra del solitario desconocido que perdía credibilidad con cada alarido rumiante. Eran sólo el Presidente local y el otro sujeto misterioso, los únicos en guardar silencio mientras el desconocido impertinente simplemente sonreía y, cosa poco usual, escuchaba atentamente los argumentos de sus opositores.
El Presidente local tomó la palabra en busca de tranquilizar los ánimos, el control comenzaba a perderse y las ansias de venganza contra las criaturas nublaban la mente de los, ya vengativos por naturaleza, participantes. Tras calmar la situación decidió guardar silencio al ver que el desconocido impertinente estaba por responder.
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