Creó más de 100 fórmulas, entre ellas el sabor de la Fanta de naranja
Fue maestro de miles de alumnos en más de media docena de instituciones de educación superior, donde dio cátedra a lo largo de su vida de docencia por más de 40 años en Saltillo y en otras ciudades del país, el famoso químico Rafael Gamiz Izurieta, hombre bueno, que hoy asociamos a una numerosa familia, donde cada uno de sus hijos destacó en sus muy diversas actividades.
Don Rafael Gamiz Izurieta era nativo de Santiago Papasquiaro, Durango, donde nació el 5 de julio de 1902, a principios del siglo 20.
Tuvo una numerosa familia don Rafael, 12 hijos nada más, nada menos: Emilio, Norma Estela, Jorge, Marco Antonio, Rafael, Alfonso, María de la Luz, Martha, Luis Alfonso, María Cristina, Francisco Javier y Juan Gerardo.
Era ingeniero químico, y dedicó muchos años de su vida a hacer invenciones que en vano quiso poner en el comercio para obtener de ellas provechos económicos. Realizó cultivos hidropónicos, cuando en Saltillo nadie había oído hablar de esa intensiva técnica de producción agrícola.
He aquí algunos de sus inventos: Penol (penicilina en aceite), hidroponía, sulfato de magnesio, jabón de clorofila, pasta dental con clorofila, champú de amole, ácido oxálico, algodón pólvora, cerillos utilizados 50 veces; destilación de ácido sulfúrico para la obtención de ácido sulfúrico puro; la fórmula de la Fanta, ácido ribonucleico (a partir de la placenta); separación de los espermas mediante electroforesis, obtención del ácido tártico, frutas cristalizadas, carbonato de magnesio, harina de papa, fórmula para procesar alcohol sólido mediante el desperdicio de sebo de carne de res.
Su tesis profesional se basó en la investigación de la contaminación de plomo en las hojas de las plantas. (Tetra-etilo de plomo que contiene gasolina).
El laboratorio de alimentos de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de Coahuila lleva el nombre de Rafael Gamiz Izurieta.
Durante su vida laboral obtuvo infinidad de reconocimientos de las instituciones donde prestó sus servicios.
Era un hombre muy estimado por la sociedad en general y era dueño de increíbles anécdotas.
“El Químico” Gamiz no gustaba de dar la contra a nadie. En cierta ocasión, hablando de un tercero, le dijo alguien a don Rafael: –Mire, maestro, ahí viene fulano. ¿Verdad que es un buen hombre? –¡Uy, cómo no! –confirmó enfáticamente don Rafael–. Es el mejor hombre del mundo. –Pero, ¿no le parece, maestro, que es un poquitín chismoso? –Bueno, sí, es cierto. Los chismes le gustan, eso no se puede negar.
–¿Y verdad que es algo mentiroso? –También en eso acierta usted. De veras: tiene el defecto de mentir.
–¿Y verdad, maestro, que por eso mismo no se puede confiar en él?
Don Rafael dijo: –¡Tiene usted muchísima razón, compañero! ¡El ca… es un hijo de la chin!
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